Sunday, April 30, 2006

Aladino y la aventura de decidir


Algo más sobre el orden moral. Sobre decisiones y libertad. Acudo a la Historia de Aladino o La Lámpara maravillosa. Ésta, que el orientalista francés Jean-Antoine Galland (1646-1715) oyó contar en París a un cristiano maronita de Alepo cuyo nombre era Hanna Diap, se añadió a las descubiertas y recogidas durante su estancia en tierras otomanas. Y así, por último, forma con todas ellas en los relatos orientales de tradición oral agrupados como Las Mil y una noches. El lector podrá deleitarla en edición de Siruela (Madrid, 2005, 134 pp.), prologada y traducida por Luis Alberto de Cuenca.
Creo que interesa releer el pasaje donde el Genio, tras liberarse de su cautiverio en el interior de la humilde lámpara de aceite, premia al joven protagonista de la historia. Sin embargo, esa recompensa resulta en realidad una prueba. Será Aladino quien tenga que decidir por sí lo que quiera, y al hacerlo concretar no tanto tres deseos como elegir entre un mundo de posibildades.
Para contumaces en explorar otras interpretaciones, sugiero: Emily W. Salus, “Aladdin and the Law”, en J. Ralph Lindgren-Jay Knaal (eds.), Ritual and Semiotics, Peter Lang Publishing, New York, 1997, pp. 89-105.
José Calvo González

Narratio. More Aphoristico

En terminando, para que el cuento no se desperdigue conviene aperdizarlo

J.C.G.

Ius. More Aphoristico

La norma es para los hechos un código Morse

J.C.G.

Friday, April 28, 2006

Todo está en los cuentos... Lecturas jurídico-políticas de Pinocchio


La imagen fue compuesta por Enrico Mazzanti (1852-1910) para la primera edición (1883) de Le avventure di Pinocchio. Storia di un burattino, de Carlo Collodi (1826-1890).
Ahora, muchos años después..., perdida la inocencia, podemos reconstruir nuestros recuerdos infantiles a través de algunas sugerentes lecturas en Derecho.
Así, con Vittorio Frosini, La filosofia politica di Pinocchio, Edizioni Lavoro, Roma. 1990, 77 pp. Y también Mariangela Ripoli, “Pinocchio e l’oblico scolastico”, en Materiali per una Storia della Cultura Giuridica, XXX, 2, 2000, pp. 511-524.
Igualmente, en el libro del Presidente di Sezioni del Tribunale di Genova, Michele Marchesiello, Pinocchio e l'immagine della legge. In principio era il legno, De Ferrari & Devega Editore, Genova, 2002, 124 pp.
José Calvo González

Derecho y Literatura. Lecciones de un maestro. Rudolf Stammler


Para abordar la diferenciación entre el orden físico y el orden moral no sintió Rudolf STAMMLER (1856-1938) pudor en acudir a una cita literaria; la cita del Derecho con la Literatura. Utilizaba un fragmento de la novela de Carl Theodor Victor Kurd Laßwitz (1848÷1910) titulada Aspira. Der Roman einer Wolke (Verlag Von B. Elischer Nachfolger, Leipzig, 1905) [Aspira, o la novela de una nube]. Allí se leía: “las nubes, que a gran altura deambulaban por el espacio, se ciernen sobre las vivencias de los hombres y miran de vez en cuando, desdeñosa y burlonamente, las múltiples cuestiones y preocupaciones de los habitantes de la tierra Mas he ahí que una de las nubes -llamada Aspira- acertó a ver que los hombres tenían un poder especial: hacían una cosa y después acontecían otras que ya habían previsto. La nube Aspira no llegó a comprender el sentido de lo observado, y suplicó al Todopoderoso que la convirtiese en una criatura humana. Conseguido el divino beneplácito, Aspira descendió a la tierra y pudo comprender el sentido de aquello tan sorprendente, que no había podido descifrar antes: conoció la esencia del querer humano y apreció que el hombre puede proponerse fines, y además cuenta con medios para alcanzarlos. Entre confusa y admirada, ascendió Aspira a las altas regiones atmosféricas donde contó a sus compañeras lo que había visto durante su estancia entre los hombres. Mas todo fue en vano: riéndose de ella, la abandonaban las otras nubes diciendo: ¿Querer?, ¿voluntad?, ¿fines?, ¿medios? No acertamos a entender que quiere significar todo eso. ¿Es que los montes quieren algo?, ¿existe algún fin o representa algún medio el deslizarse del arroyo? Aspira sumergióse entonces en profunda tristeza; percibió lo mezquino de la Naturaleza y la estrechez de sus horizontes; ya no veía en torno suyo el querer, el deseo, la acción, los fines y los medios, sino meramente causas y efectos desenvolviéndose en ritmo fatal”.
El texto figura en Rudolf STAMMLER, Tratado de Filosofía del Derecho, trad. de W. Roces, Madrid, 1930, p. 74. También lo reprodujo Agustín DE ASÍS GARROTE (1930-1984), Manual de Derecho Natural. I, Imprenta Urania, Granada, 1963, pp. 76-77.
José Calvo González



Rudolf Stamler (1856-1938)

Sunday, April 23, 2006

Acerca de la guitarra y el gladiolo. Recuerdos de una conversación sobre Pintura, Música y Derecho

Le había pedido al pintor y buen amigo Eugenio Chicano alguna sugerencia para ilustrar los temas de un artículo que andaba queriendo titular “Harmonías jurídicas. Algunas notas (musicales) sobre Derecho y Justicia”. Nos reunidos una tarde en su estudio y, conversándonos varios cafés y una cajetilla de cigarrillos, anduvimos departiendo en torno a la iconografía de la Justicia y sobre Mitología. Hablamos de la Carta a los Corintios donde Pablo escribe per arma iustitia a dextris, et a sinistris (2 Cor. 6:6). Y de ahí, rememoramos la espada de la diosa Diké y el ius gladii del Derecho Romano. Con éste adentramos la etimología, reparando en la forma de gladiolo de la espada corta que los gladiadores empleaban en sus cruentas batallas circenses. La espada también como símbolo de la coerción jurídica, de la imperatividad, como decisión simbólica, ejecutiva. Recordamos juntos al discípulo de Aristóteles, el Emperador Alejandro, cuando con su espada corta el nudo gordiano. Y a continuación la tertulia derivó hacia lo musical, evocando al tracio Orfeo, “padre de los cantos melódicos” y tocador de lira. Yo traje a colación el relato de Ovidio en su Metamorfosis y la idea de amor perdurable, más allá de la muerte, hacia la bella ninfa Eurídice. Referí también las óperas de Monteverde y Gluk, y Chicano el film Orfeo negro, de Marcel Camus, y las músicas bossa nova de Antonio Carlos Jobim y las letras del poeta Vinicius de Moraes, y asimismo puntualizó que Orfeo había reformado aquel instrumento de siete cuerdas, y añadiéndole dos más inventó la cítara. Entre ambos esforzamos la filología hasta concluir de la pronunciación llana de la palabra griega cítara en la romanceada guitarra. Fue entonces cuando me dio el imaginar que los cantos que en el Hades conmovieron a Perséfona, la Proserpina romana, quizás sonaran a soleás. Afirmé: “Orfeo tal vez sea un precursor del flamenco”.
Y otra vez surgió la complicidad. A los dos nos apasiona el cante jondo. La generosidad de Eugenio Chicano ya propició las ilustraciones que embellecen muchas páginas de mi libro El Cante por Derecho. Las “Carceleras” y el krausofloclorismo andaluz. (Un estudio de Etnología jurídica y Filosofía Penal), Ayuntamiento de Málaga, Área de Cultura, Málaga, 2003.
Aquella tarde Chicano me regaló el dibujo de una guitarra rodeada de gladiolos rojos, que luego he utilizado al publicar mi pequeño artículo “Harmonías jurídicas. Algunas notas (musicales) sobre Derecho y Justicia”, aparecido en Miramar. Revista del Ilustre Colegio de Abogados de Málaga. Noviembre/Diciembre, 2005, núm. 156, pp. 50-53, y que puede también consultarse, aunque sin mostrar esa preciosa imagen, en Mundo Jurídico 15/10/2005 (Brasil), pp. 1-8 (http://www.mundojuridico.adv.br/sis-artigos/artigos.asp?codigo=705).
Eugenio Chicano Navarro (Málaga, 1935), ha sido Director de la Fundación Pablo Ruiz Picasso. Museo Casa Natal, de Málaga.

José Calvo González

Friday, April 21, 2006

De la palabra ley y las palabras de la ley

Hablamos del hombre que tiene palabra de “buena ley” como de aquél para quien la palabra es algo valioso, del todo distinto a un mero flatus vocis. Este comportamiento alcanza en Derecho un explícito reconocimiento; v. gr.: verba sum servanda. Y así, guardar palabra comprometida y estar a la palabra dada confiere a esa palabra valor de ley, y porque esa palabra es como la ley, merece y exige tanto respeto como el que pueda concederse a las palabras de la ley.
Pues bien, jurista es el hombre que siente un especial respeto por la palabra ley, por la palabra que es ley. En el Derecho las palabras son muy valiosas; el Derecho es un tesoro de palabras de gran valor, de buena ley. El respecto del jurista hacia la palabra se explica, además, porque sabe a qué obliga la palabra ley y cada una de las palabras de la ley. Conoce bien las extraordinarias consecuencias que de esa enorme potencia nominativa de la que el Derecho es capaz pueden seguirse a través de la palabra ley y en cada una de las palabras de la ley.
Guardar fidelidad a la palabra ley y a las palabras de la ley concita asimismo la fe en el valor del Derecho, haciendo de éste una palabra que inspire la confianza de su triunfo. Esa confianza de su triunfo hizo del Derecho romano, como escribió Ihering en Der Geist des römischen Rechts, objeto de la más alta estimación, del más riguroso respeto. Fidelidad, fe y confianza son por tanto los atributos espirituales del Derecho, cualidades que revelan la valía de esa palabra que nombra lo que es Derecho. A un Derecho sin atributos, falto -como el hombre de Musil- de cualidades, se lo identifica -igual que aquél- por su pobreza de espíritu, por la “falsa ley” de sus palabras. En un Derecho así, ni la palabra ley ni cualquiera de las palabras de la ley poseerían valor alguno.
Puede que al principio –por emular Cien años de soledad- el mundo jurídico fuera tan reciente que las palabras escasearan y para nombrar las cosas hubiera que señalarlas con el dedo. Quizás fue así. No obstante, el mundo jurídico ha tiempo que es mayor de edad y ese uso de la nominación ostensiva va para mucho que se abandonó. Lo ha sustituido el empleo de palabras que, junto a nombrar la realidad, tan compleja, sirven asimismo para expresar “las distintas relaciones en las que las leyes pueden estar con distintas cosas”, que es a lo que en De l´esprit des lois Montesquieu justamente también llamaba espíritu.
Significa esto, a mi parecer, que no toda palabra se muestra bastante útil ni todas convenientes para satisfacer el fin que ese espíritu comporta. Lo que el respeto a la palabra ley así como a las palabras de la ley exige se mide igualmente por la exigencia de respeto al espíritu de la palabra ley y de las palabras de la ley. La palabra ley nunca ha de ser una palabra vana de espíritu, como tampoco han de ser superfluas las palabras de la ley. La confianza en el triunfo del Derecho asienta en el respeto a la fidelidad designativa de la palabra, que es también fe en la idoneidad expresiva del espíritu.
Pero, ¿sucede realmente así? Como jurista me inquieta sobremanera la devaluación de la palabra ley y de las palabras de la ley. Hoy tienen paupérrimo valor, se presentan cada vez con menor contraste en garantía de fidelidad, de “buena ley”, y de ahí la creciente endeblez del espíritu de fe y confianza en el triunfo del Derecho. Creo que de este estado son responsables no sus destinatarios, y naturalmente no desde luego quienes de entre ellos puedan ser sus infractores. El ultraje a la palabra de la ley por incumplimiento del dictum de sus palabras siempre existió. Pienso, por el contrario, que el peligroso desprestigio causado a la palabra ley y a las palabras de la ley trae origen principalmente en quienes tienen como delicada función a su cargo la facultad de elaborarla, porque al desatender aquella fidelidad y fe que son índole propia del respeto debido, incluido el gramatical y el sintáctico, relegan su espíritu ocasionando el mayor quebranto a la confianza en el Derecho. Con todo, no es sólo que la exactitud y seguridad se hayan convertido con demasiada frecuencia en virtudes gramaticales y semánticas parece que de escaso interés o relevancia. En España, reconocía el ilustre jurista D. Antonio Hernández Gil que aunque a la Comisión General de Codificación le incumbía, entre otras funciones, “la corrección de estilo de las disposiciones y leyes que le sean encomendadas”, nunca la Comisión de Estilo de las Leyes había llegado a realizar tal función. Aún con ser ya esto grave, el fenómeno todavía presenta un nivel añadido de preocupación si alimenta falsas esperanzas. En concreto, sucede así cuando la palabra ley, frivolizada, se nos ofrece convertida en una especie palabra todopoderosa; porque, ni la palabra ley ni las palabras de la ley lo pueden todo, por sí mismas y sin más. Es engañoso inducir a creer posible la obtención automática de cualquier resultado deseado. El rendimiento a obtener dependerá siempre de “las distintas relaciones en las que las leyes pueden estar con distintas cosas”, esto es, del espíritu de las leyes, que en ningún caso es un espíritu asistido de potestad taumatúrgica. Pensar lo contrario reporta un coste que a ninguna política legislativa le cabe asumir frente a los ciudadanos, si no es a riesgo de generar, más temprano que tarde, un paulatino escepticismo hacia que la palabra ley y las palabras de la ley sirvan para algo. Quedará así entonces seriamente comprometido el respeto hacia ellas, como también la estimación hacia los órganos que las producen o las pronuncian.
¿Cómo corregir estos equívocos? El desengaño de la candidez no es tarea fácil, e ignoro si le corresponde al jurista. De lo que sin embargo estoy convencido es que no excede a su quehacer contribuir a superar las muchas insuficiencias de cultura jurídica e imperfecciones técnicas que usualmente dificultan la correcta recepción del mensaje de organización social contenido en la palabra ley y en las palabras de la ley. No dispongo de fórmulas milagrosas, pero sí de una recomendación que me parece prudente: que nuestros legisladores vuelvan a la lectura de los clásicos. A Gaetano Filangieri en La scienza della legislazione (1784) y su empeño por regular el uso del lenguaje legislativo para que su significado fuera transparente y abriera a la comprensión del ciudadano común. A Jonh Austin en El objeto de la Jurisprudencia (1832) como reflexión sobre la necesidad de una Ciencia de la Legislación que se propusiera conocer cómo deben elaborarse las leyes. Y, sobre todos, a Jeremy Bentham en su Nomografía o El arte de redactar leyes, quien ya en la primera mitad del s. XIX la definió como "el arte y la ciencia mediante los cuales se puede dar expresión al contenido de la ley, de tal forma que conduzca en el máximo grado posible a la obtención de los fines, cualesquiera que fueren, que el legislador, quien quiera que fuere, pueda tener en mente".
Nuestras leyes ganarían calidad. Nuestras sociedades serían directas beneficiadas.

José Calvo González
Profesor de Teoría y Filosofía del Derecho. Universidad de Málaga (España)
Magistrado Suplente de la Audiencia Provincial de Málaga

Justicia de la Memoria

El inconsútil anhelo de la Humanidad presenta al Tiempo como forma perfecta de justicia distributiva; el Tiempo acaba poniendo las cosas en su lugar, reubicándolas con justeza. Pero yo, que soy algo más escéptico en todo lo que se refiere a asuntos de justicia humana, por otra parte la única Justicia que naturalmente –como hombres y entre iguales- nos compete, me inclino por concebir al Tiempo respecto de esa fiada manera de hacer Justicia, antes que a modo de gran redistribuidor, como una especie enorme forceps que separa las cosas, que abre espacio entre ellas y hace luz en su interior, permitiendo adoptar una posición de distancia desde la que, discriminando lo que en el vértigo del tiempo de a diario difícilmente es posible, venir al cabo a “dar a cada uno lo que es suyo”.
Sin embargo, a veces el tiempo es también impuntual, moroso y no logra traer a tiempo, en el momento oportuno, cuando aún no es tarde, ese ansiado día de Justicia. Ante un retardatario y perezoso “andando el tiempo”, de paso tan flemático y premioso, se termina por desesperar. En particular, ese tiempo de ritmo infinitamente lánguido y parsimonioso conspira fatalmente contra la justicia moral y legal de la memoria. Porque, en efecto, la memoria es materia de tiempo, y al final “el tiempo –como decía Virgilio- se lo lleva todo, incluso la memoria”.
El Congreso de los Diputados, con los votos de PSOE, PP, CiU y CC-NC, rechazó a finales de febrero pasado dos proposiciones de ley de ERC e IU-ICV para recuperación de la Memoria Histórica, comprometiéndose allí el Gobierno a la tramitación parlamentaria durante el actual periodo de sesiones de una Ley por la Recuperación de la Memoria Histórica. Asimismo, según éste aseguró, la promoverá con el mayor grado posible de consenso. No obstante, dentro y desde fuera del Parlamento se han suscitado ya diversas reacciones discrepantes; así, en lo fundamental, acerca de su oportunidad, pues ahora vendría a malbaratar el patrimonio político acumulado en la ejemplar transición que cerró el franquismo y abrió la vía de entrada a la Democracia, y se habla de nueva cesura en el corazón de los españoles, de fracaso constitucional, incluso de vuelta al espíritu de revancha, de cainismo nacional. Todo esto, desde luego, exige algunas puntualizaciones, que podría ordenar como sigue:
La transición resultó de la reforma política y no, en efecto, de la ruptura. No se hizo de las urnas, por tanto, instrumento para hurgar en las viejas heridas de la guerra civil ni en las muchas aún sangrantes de la dictadura. En la sociedad española se instaló desde entonces algo semejante a lo que en la población de Atenas el verano del 403 a. C. se conoció como “ley del olvido”; esto es, que «Por las cosas pasadas nadie podría vengarse de nadie, excepto de los Treinta, de los Diez, de los Once, y de los que mandaron en el Pireo; y ni de éstos si rendían cuentas» (Aristóteles, Constitución de los Atenienses 39,6; Jenofonte, Helénicas II, 4, 38). He escrito “semejante”, no igual; porque tal renuncia sin rendición de cuentas, desnuda de todo “responsabilismo”, ciertamente terminó en equivalente a impunidad. Han transcurrido ya más de 25 años: los términos del dilema son ahora no si mantener o enmendar aquella situación, sino si es necesario recuperar la memoria o seguir ignorando el pasado. Yo me inclino por la justicia de la memoria. Mis motivos son éstos:
Ella concierne a una exigencia de calidad democrática, pues en la recuperación de la memoria histórica andan comprometidos derechos humanos básicos, y ante todo el deber de restituir dignidad a las víctimas. Ellas han de resultar merecedoras de especial atención en una sociedad que de verdad se pretenda libre y justa. Ignorarlas, restarles importancia, impedir u obstruir acciones que conduzcan a rehacer su buen nombre, consolar y reparar a sus familiares forjará una sociedad política sobre bases democráticas débiles. No hay Democracia de calidad sin profundo respeto por las personas. Abandonar las víctimas a la desmemoria significa irrespetarlas.
Porque ese comprometimiento comporta, además, una exigencia moral y legal, derivada en la necesidad ética y jurídica de reconocer y garantizar el derecho de las víctimas a obtener público reconocimiento de que el crimen perpetrado o castigo recibido fue ilegal, además de inmoral, y porque un proceso de recuperación de la memoria histórica ofrece valiosa oportunidad para la educación cívica, y no sólo a fin de prevenir la repetición ignominiosa de la historia, sino también en disipar cualquier tentación de afrenta al Estado de derecho como la que luego posibilitó la terrible política de burdo autoritarismo, miedo y represión
Pero toda efectiva reparación histórica implica y exige, por último, previsión técnico-jurídica adecuada en respuesta concreta a la satisfacción de derechos y legítimas expectativas por parte familiares más cercanos y descendientes de las víctimas. Por ejemplo, en la vía de acceso al reexamen de expedientes gubernativos de fallecimiento por ausencia legal, en el efectivo reconocimiento de derechos prestacionales de viudedad y orfandad acumulados, o en facilitar la reclamación si fuera caso de alguna eventual responsabilidad patrimonial del Estado por la actuación de ciertos cuerpos funcionariales o, más en general, a razón del irregular funcionamiento de su aparato administrativo.
Lo demás, me parece a mí, será o quedar muy por debajo de la memoria recuperada, sólo procurando trabajo a canteros e instaladores de placas, o excederla en una idea de justicia de memorial que en la práctica mucho recordaría al concepto teológico de culpa y retribución.
José Calvo González
Prof. de Teoría y Filosofía del Derecho. UMA

¿Alta velocidad del desamor civil?

Parece que en el amor y el desamor es la velocidad lo que inquieta. La intensidad de la pasión o de la indiferencia, algo menos. Leo que la ley que permite el divorcio express, vigente desde el 10 de julio de 2005, ha aumentado en un 76´9% el porcentaje de las parejas que en nuestra provincia optaron por evitarse la separación acudiendo directamente a interponer demanda de divorcio. Igualmente que ella es líder en toda Andalucía por número de nulidades civiles matrimoniales; en el año pasado 47 parejas consiguieron disolver su enlace, esto es, un 27% más que en 2004, y 16 de ellas eran de Málaga. También oigo hablar del reencuentro con la soltería, a toda velocidad, demasiado aprisa. Pero, ¿es esto cierto? No, desde luego, en cuanto a nulidades, donde el proceso es largo, complejas las causas y muy ardua la prueba. Anular un matrimonio civil es, en realidad, si no imposible ciertamente difícil. Y además, de tanta o más lentitud que la anulación de un matrimonio religioso, y no pocas veces la de éste mucho más pronta. Bien que acerca de ello se comenta con inquietud, asimismo, algo menor.
Pero, en cualquier caso, lo que inquieta es ahora, únicamente, la supuesta celeridad en el remedio jurídico al desamor civil. Basta hoy ya con aguardar tres meses -sólo- para atribuir plenitud de efectos jurídicos -sin separación ni excusa previa- a la libre voluntad individual que resuelva variar la decisión de convivencia matrimonial que antes también libremente adoptó. En 2005 los divorcios aumentaron un 80% en España y un 89% en Andalucía, convirtiendo a Málaga, según la cifra ya señalada y especialmente a partir del tercer trimestre de ese año, en primera de toda la comunidad andaluza por número de divorcios y separaciones amistosas, y segunda, después de Sevilla, en causas contenciosas. Son cifras del Consejo General del Poder Judicial. El ruido estadístico actúa como el rebufo al paso de un tren divorcista lanzado a toda máquina. Yo, sin embargo, me pregunto si es mucha la rapidez, excesivo el apresuramiento, desmedida la urgencia. Mi respuesta es no, y más aún diré que todo requisito de un tiempo mínimo de subsistencia del vínculo matrimonial para posibilitar la interposición de una demanda amistosa de separación o divorcio debería haberse suprimido. ¿Por qué? ¿Es que acaso quiero incrementar aún más velocidad?
Lo que yo quiera es indiferente ya que, desde siempre, cuando la demanda de separación se solicitaba por uno de los cónyuges, vía contenciosa, no estaba sujeta a plazo alguno (art. 81.2 CCv), de donde a sensu contrario el intentar hoy una separación de mutuo acuerdo antes del primer año de matrimonio (art. 82.1 CCv) de hecho impele a la vía contenciosa, más traumática, y hasta la estimula. Por otra parte, el establecimiento de un límite temporal, o sea, el poner freno el acceso a los Tribunales por al menos durante los tres primeros meses de matrimonio hace que, aparte el chirrido en las vías constitucionales del derecho de acceso a la tutela judicial efectiva (art. 24 CE), convierta en superexpress la disolución del vínculo tratándose de matrimonios contraídos en forma religiosa, pues el Derecho Canónico no establece plazo alguno para instar la separación (CIC cc. 1151 y ss.) o la disolución del vínculo por efecto de la dispensa del matrimonio rato y no consumado (CIC c. 1142) y del mismo modo, por juego de los privilegios paulino y petrino (CIC cc 1143 a 1150), en el matrimonio natural -no sacramental- legítimo y consumado, quedando ipso facto disuelto el primer vínculo al contraer nuevo matrimonio. Por añadidura, como quiera que el c. 1142 (El matrimonio no consumado entre bautizados, o entre parte bautizada y parte no bautizada, puede ser disuelto con causa justa por decisión papal a solicitud de ambas partes, o de una de ellas, aunque la otra se oponga) genera efectos en el orden civil, conforme al art. 80 CCv., ello significa que en la práctica los casados en forma religiosa canónica podrían instar la disolución de su vínculo desde el primer día, obteniendo subsiguiente eficacia civil, en tanto que a los casados en forma civil no les cabría oportunidad a similar disolución sino después de trascurridos tres meses. Aquí el tren “divorcista” claramente descarrila –siendo todavía mayoría en España el matrimonio religioso comparativamente a quienes lo celebran únicamente civil- en la peligrosa curva de la discriminación por razón de religión (art. 14 CE). Pero tampoco de ello habla casi nadie, siendo muchos a lo que parece que tanto inquieta la velocidad jurídica (civil) del desamor.
Está claro, pues, que de rupturas matrimoniales en pasos a nivel con o sin barreras se habla muy precipitadamente. Quizás no siempre falla el guardagujas jurídico. ¿Será entonces la locomotora? Por si acaso, conviene recordar el aviso: “pasajeros, no alongarse por la ventanilla”.

José Calvo González. Profesor de Teoría y Filosofía del Derecho. UMA

Monday, April 17, 2006

Libros y Librerías, Niteroi, Rio de Janeiro Fallecimiento de Miguel Reale

Prof. Dr. Paulo Ferreira da Cunha

Universidade do Porto
Portugal

Querido amigo Paulo,

Entre los días 13 al 15 he tenido la fortuna de conocer la Republica Federativa del Brasil, visitando la ciudad de Niteroi y Río de Janeiro. La premura y brevedad del viaje me ha impedido, por tratarse fechas feriadas, contactar con colegas de la Universidade Cándido Mendes, como tú conoces que era mi deseo. Los compromisos que me llevaron hasta allí permitieron no obstante disponer de algún tiempo para compras de libros. En la livraria Imperial, situada en los adelaños de la Plaza 15, tuve ocasión de adquirir algunas curiosidades. Una obra, editada en 1943 en Buenos Aires, de Joan Merli, sobre la creación de Picasso, además de un ejemplar de Legalismo e ciencia do directo, del admirado profesor Saldaña, a quien tuve el placer de conocer en Porto, durante la reunión del IJI el pasado mes de noviembre. También la Introduçao ao Conheimento jurídico, de Julio C. Raffo, discípulo de Carlos Cossio y José Vilanova, y luego integrado en la vida académica brasileira como profesor de la Pontificia Universidade Católica de Río de Janeiro y de la Facultade de Directo de la Cándido Mendes. La fortuna de mis hallazgos la completó esa mañana del 14 una traducción portuguesa (Lisboa, 1939), de un capítulo del Manual de Derecho Constitucional de Duguit, que aquí hemos reeditado en este mismo año el prof. Monereo Pérez y yo mismo con un estudio introductorio sobre su teoría jurídica. El traductor es Eduardo Salgeiro y lleva por título Os elementos do Estado. Quedaron para otra ocasión dos tentadores compendios de Derecho civil, en buen estado, de Paniol y H. Capitan, pues excedían en mucho mis cálculos de gasto. Divagué luego por la librería Saravia, de donde traigo como edición reciente la Interpretaçao constitucional no pos-positivismo, de David Diniz Dantas, que entre otras cuestiones presenta un muy buen tratamiento de las posiciones doctrinales en España sobre “reglas y principios” Atienza & Ruiz Manero, y Prieto Sanchís)
En la tarde hubo más compras; salieron a mi encuentro dos librerías de lance en la calle Andrede de Neves, de Niteroi. En la primera de ellas localicé una pequeña biografía sobre Picasso (ya sabes que es una de mis devociones bibliográficas), en brasileiro, además de la edición mexicana de los Principios de Sociología criminal y Derecho Penal de Raul Carrancá y Rivas, en muy buena encuadernación. Adquirí igualmente el Curso de introduçao a Ciencia do Directo, de Paulino Jaques, prof. de la Universidades do Estado do Guanabara, cuya sistemática es excelente. Y asimismo un ejemplar de Face oculta de Euclides da Cunha, a firma de Miguel Reale, sobre temas de crítica literaria.
En la mañana del 15 emprendí vuelo de regreso y al despegue elegí entre la prensa O Estado de S. Paulo. En primera página una noticia impactante: “Morre aos 95 anos o jurista Miguel Reale”. No sabré explicarte mi pesar como filósofo del derecho y amigo de los libros. Leí con atención las necrólógicas y colaboraciones que sobre su vida y obra eran contenido especial a lo largo de dos páginas del tabloide. También su último artículo; la primera entrega de un texto sobre historia constitucional del Brasil, que ahora, lamentablemente no tendrá continuación. Pero en el desconsuelo por su pérdida, sentí asimismo una emoción mi especial. Pensé que tal vez haya podido ser el último comprador de una de sus tantas publicaciones, de su ingente producción intelectual., en momentos en que el maestro agonizaba. Me da el imaginar que aquella tarde del 14, apunto de cerrar el comercio, es difícil que alguien más adquiriera una de sus obras. El hombre desaparece, pero nos queda la inteligencia de su trabajo. Este pensamiento, tan común y acaso tan gastado, me acompañó durante las horas de vuelo hasta Madrid. Recordé su análisis dialéctico de la fenomenología husserliana, y la brillante conclusión trasladada a la teoría del Derecho, donde la experiencia jurídica aparece al propio tiempo como norma y realidad social consagrada por el Derecho; el hecho valorado por el Derecho origina la norma, que su vez se transforma tras la valorización de la realidad ya juridificada en nuevo hecho producto de la norma modificadora..
Cuando abrí el equipaje a mi llegada a Málaga su libro estaba allí. Lo tengo a mi lado mientras escribo estas líneas., junto a la edición española de su Teoría Tridimensional del Derecho.
Ahora percibo a Reale en una proximidad especial, en una cercanía reconfortante. Soy afortunado.

Tu amigo,

J.C.G.