Wednesday, May 31, 2006

Ortega, la Edad de Plata y una acordanza de Málaga

Con motivo del cincuenta aniversario del fallecimiento de José Ortega y Gasset, la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC) y la Comunidad de Madrid, organizan en colaboración con la Fundación José Ortega y Gasset y la Residencia de Estudiantes la exposición El Madrid de José Ortega y Gasset, en homenaje a la figura de este protagonista de la historia de la filosofía contemporánea. La muestra (del 22 de mayo al 23 de julio) recupera desde una rica selección de documentos y obra plástica, la trayectoria vital y profesional de este filósofo español, así como el contexto cultural durante el primer tercio del siglo XX español.
La comisaría es de José Lasaga Medina. El catálogo de la misma (El Madrid de José Ortega y Gasset, ed. de José Lasaga, Residencia de Estudiantes, Madrid, 2006, 480 pp) se une al Monográfico de Revista de Occidente (núm. 300).
A todo ello, la memoria orteguiana de sus años escolares en el Colegio de Jesuitas San Estanislao de El Palo, en Málaga. En acordanza de las playas y huertas de ese barrio malagueño, Ortega escribiría: "Hay un lugar que el Mediterráneo halaga, donde la tierra pierde su valor elemental, donde el agua desciende al menester de esclava y convierte su líquida amplitud en un espejo reverberante, que refleja lo único que allí es real: la luz".
Un testimonio gráfico de esa época se presenta al comienzo del libro que Ruth Schmidt dedicó a la novelística de José Ortega Munilla (Ortega Munilla y sus novelas, trad. de J. Valera Ortega, Eds. RdO, Madrid, 1973) en una foto de aquél en 1884, junto a sus tres hijos varones (Eduardo, Manuel y José) y el corresponsal del diario El Imparcial en Málaga.
Abajo, en la grupo, fechada a 1923, aparece un malagueño vinculado a la Generación del 27. Así, de izquierda a derecha, de pie, Enrique Diez Canedo. José Bergamín, Antonio Marichalar, Alfonso Reyes y Mauricio Bacarisse; sentados, Eugenio D´Ors, José Moreno Villa (Málaga 1887-México 1955) y el propio Ortega.
(La caricatura es de Bagaria en 1931)
José Calvo gonzález

Auster, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006


Paul Auster, Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
A veces, aunque pocas, las afinidades electivas...

Monday, May 29, 2006

Alergia racional. More aphoristico.

Inspiró profundamente. Expulsó toda duda. Su argumento fue un estornudo.

J.C.G.


Inmigración y Derechos humanos



La edición del diario EL PAIS de 29 de mayo de 2006, publica en “Cartas al director” esta que firma Luis Eduardo de Thayer, y a continuación reproducimos:
“Ante la consternación local provocada por la llamada "oleada de inmigrantes", cabe preguntarse si dentro del paquete de políticas que el Estado español pretende implementar en conjunto con los Estados de los países emisores de flujos migratorios se considera la violación en estos países de los artículos 13 y 14 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas. El primero de estos artículos garantiza que "toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país", mientras que en el segundo se plantea que, "en caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país".
Es esto ¿o acaso está pensando el Estado español presionar a sus homólogos africanos para que no reconozcan a sus ciudadanos el derecho que el artículo 19 de la Constitución Española reconoce a los ciudadanos de este país, garantizando la posibilidad de entrar y salir libremente de España (salvo expresa indicación judicial)?

Si estas son las intenciones, el instrumento legal más eficiente para complementar la política de vigilancia policial en las costas africanas es introducir un artículo en las constituciones de estos países que prohíba a sus ciudadanos abandonar el país libremente (salvo expresa indicación judicial). O, de modo más preciso, que prohíba el abandono del país de origen siempre y cuando exista una clara y explícita intención de entrar a España u otro país europeo.
Sería un instrumento eficaz pero violaría los derechos humanos de millones de personas. Para decirlo con toda claridad, España puede ejercer su derecho de admisión, lo que no puede hacer es violar el derecho de emisión de terceros países. Por lo menos no, sin con ello, violar los derechos humanos y abandonar sus propios principios constitutivos”.

Sunday, May 28, 2006

Paul Auster. Narrativas de la enfermedad



Feria del Libro en mi ciudad.

Pocas novedades sensu stricto.


Mi elección será continuar en la metáfora de la enfermidad que Paul Auster (1947) ya inauguró con Sidney Orr en Oracle Nigth, y que ahora nos llega por Brooklyn Follies con la intensidad del dolor de Nathan Glass.



Mi primera lectura de Auster fue en El cuaderno rojo. Sobre el azar como hilo de tanza, como invisible hilazón en las causalidades de la existencisa.

Vengo obserbando que las ediciones de Anagrama siguen demasiado de cerca la imagen elegida por Faber&Faber.




También ha de ser el libro un objeto de diseño. Las portadas newyorkinas de Picador me seducen más.
José Calvo González
Foto: Paul Auster, por Donata Wenders

Friday, May 26, 2006

Great Ape Project. Derechos de los Animales

Mucho se ha estado hablando en España durante las pasadas semanas del Proyecto “Gran Simio”. Les supondré en el suficiente conocimiento de ello. Caso contrario, animo a acudir al libro que bajo el título de El proyecto "Gran Simio" : la igualdad más allá de la humanidad (Editorial Trotta, Madrid, 1998), coordinaron Peter Singer (Melbourne, 1946) y la pensadora italiana Paula Cavalieri (directora de la revista Etica&Animali), quienes junto a un grupo de intelectuales y científicos (entre otros Yves Coppens, paleoantropólogo del Collège de France, Hilde Vervaeke primatologista en la University of Antwerpen, y la filósofa y sexóloga Suzan Block) han venido auspiciando desde 1993 la plataforma animalista conocida Great Ape Project. Singer es entre los filósofos del Derecho bien conocido, y sobre sus tesis acerca de los derechos de los animales, aparte algunos artículos dispersos, basta con acudir a su obra Liberación animal (1975), también publicada en nuestro país por Trotta (Madrid, 1999). Para un aporte reflexivo de valor dentro de nuestra propia bibliografía recomiendo la obra de Pablo de Lora Deltoro Justicia para los animales : la ética más allá de la humanidad, publicada por Alianza Editorial (Madrid, 2003).
En lo demás, me permitiré reproducir aquí un fragmento que extraigo del Bouvard et Pécuchet, de Gustav Flaubert (1821-1880):
“El viejo caballo, asustado por los pavos, rompió de una coz una de las cuerdas, se enredó las patas con ella y, galopando por tres corrales, arrastraba tras él la colada.
A los gritos furiosos de la señora Bordin acudió Mariana. El tío Gouy insultaba al caballo: “¡Pedazo de caballejo!, ¡rocín!, ¡ladrón!, le daba patadas en el vientre, le pegaba en las orejas con el mango de su látigo.
Bouvard se indignó viendo pegar a un animal.
El paisano respondió:
- Tengo derecho a hacerlo. ¡Es mío!
- Ésa no es una razón.
Y apareciendo de improviso, Pécuchet añadió que los animales tambien tenían sus derechos, pues tienen un alma, como nosotros, ¡si es que la nuestra existe!
- ¡Es usted un impío! –exclamó la señora Bordin".

Gustav Flaubert, Bouvard y Pécuchet, ed. y trad. de G. Palacios, Eds. Cátedra, Madrid, 1999, pp. 300-301.
José Calvo González

Tuesday, May 23, 2006

Los poetas y los legisladores, por Claudio Magris


Desde los orígenes de nuestra civilización, al derecho codificado -es decir, a la ley- se contrapone la universalidad de valores humanos que ninguna norma positiva puede negar. A la inicua ley de un Estado promulgada por Creonte, que niega sentimientos universales y valores humanos, Antígona contrapone las "leyes no escritas de los dioses", los mandamientos y los principios absolutos que ninguna autoridad puede violar. La obra maestra de Sófocles es, sin duda, una expresión trágica del conflicto entre lo humano y la ley, que es también el conflicto entre el derecho y la ley. El inicuo decreto de Creonte es una ley positiva, con su contenido específico. A ella, Antígona contrapone un derecho no codificado, podríamos decir consuetudinario, heredado de la pietas y la auctoritas de la tradición, que se presenta como depositario mismo de lo universal. Un derecho por encima de la ley positiva. En este caso, corresponde a imperativos categóricos absolutos; Antígona es el símbolo inextinguible de la resistencia a las leyes injustas, a la tiranía, al mal: veneramos como héroes y mártires a los hermanos Scholl o al teólogo Bonhoeffer que, como Antígona, se revelaron ante la ley de un Estado -el nazi- que pisoteaba a la humanidad, sacrificando en esta rebelión su propia vida.
Una tragedia que impone una culpa
Pero Antígona es una tragedia, es decir, no es sólo una nítida contraposición de inocencia pura y culpa atroz, sino un conflicto en el que no es posible asumir una postura que no comporte inevitablemente, para todos los contendientes, incluso para los más nobles, también una culpa. Sófocles, genialmente, no representa a Creonte como un monstruoso tirano; él no es un Hitler, sino un gobernante cuya responsabilidad de gobierno, de tutela de la ciudad, puede exigir que se tengan en cuenta -en nombre de la ética de la responsabilidad, por citar a Max Weber- las consecuencias, sobre la vida de todos, de una desobediencia a las leyes positivas y del posible caos que venga después. Según cuál sea la constelación históricosocial, la libertad y la democracia se defienden apelando al derecho no escrito depositario de toda una tradición cultural, o a la ley positiva. Durante la República de Weimar, los demócratas apelaban a las leyes positivas que castigaban las crecientes violencias antisemitas, mientras que juristas e intelectuales filonazis sostenían que esas mismas leyes no correspondían al sentir arraigado en el pueblo alemán y, por lo tanto, a su derecho profundo, y que por eso eran abstractas. Durante el nazismo, los que apelaban a las "leyes no escritas de los dioses" contra las positivas leyes raciales y liberticidas del régimen eran los opositores al nazismo.
Leyes no escritas de los dioses
Las "leyes no escritas de los dioses" de Antígona son ciertamente mucho más que un antiguo derecho heredado; se presentan no como elementos históricos, sino como elementos absolutos, como los dos postulados de la ética kantiana, el Sermón de la Montaña o el Sermón de Benarés. De forma análoga en la Ifigenia en Táuride, de Goethe -el abogado Goethe-, Ifigenia, figura de purísima humanidad, obedece, también ella, a un "mandamiento más antiguo" que a la bárbara ley positiva que exige acciones inhumanas. En la pietas de Antígona, que entierra a su hermano violando la ley que lo impide, Hegel ve no sólo un mandamiento universal, sino también un arcaico culto tribal a la familia y a las subterráneas ataduras de sangre que el Estado debe someter a la claridad de las leyes iguales para todos. Ifigenia se opone a los sacrificios humanos porque, dice, un dios, un valor universal habla así a su corazón, pero cuando esto sucede, ¿cómo es posible saber si quien habla es un dios universal o un ídolo de las oscuras madejas interiores que hacen que se confunda un retazo atávico con lo universal? La ley es trágica porque -como la religiosa en San Pablo- pone en marcha mecanismos que pueden ser necesarios para representar un correctivo al mal, pero que son siempre un mal menor y nunca un bien. Entre el bien y el derecho se abre a menudo un ataúd: en la Judía de Toledo de Grillparzer, los nobles españoles que por razones de Estado han suprimido a la bellísima amante que convertía en inútil al rey Alfonso de Castilla no se arrepienten del delito cometido, pero se sienten y se declaran culpables, pecadores y listos para la expiación; han actuado -dicen- queriendo el bien, pero no el derecho. Ley y derecho sancionan por lo tanto este pecado original, esta imposibilidad de la inocencia y del existir. Y es esto lo que, aunque contrapone poesía y derecho, también los acerca porque -escribe Salvatore Satta en su Día del juicio- "el derecho es terrible como la vida" y la literatura, llamada a contar la verdad desnuda de la vida sin rémoras moralistas, no puede no darse cuenta de la peligrosa cercanía de esa terribilidad y de esa melancolía. También la poesía es hija y expresión del mundo perdido -de la barbarie, diría Novalis- aunque, a diferencia del derecho, conservador por naturaleza (los juristas son reaccionarios, decía Lenin), la poesía no es sólo un viaje en las tinieblas sino, tal vez, también espera o anticipación de la aurora, de una inocencia reconquistada y ya no necesitada de leyes. Como revela la Historia de la columna infame de Manzoni, la literatura es también abogada de vida contra la violencia persecutoria y legalista que a menudo se ejerce injustamente contra acusados privados de garantías de defensa.
Alianza entre poesía y derecho
Es sobre todo en Alemania donde se ha verificado, especialmente en el Romanticismo, una singular alianza, casi una simbiosis entre poesía y derecho -entendido como derecho consuetudinario y no como "lex positiva"-. Los hermanos Grimm, grandes filólogos y literatos, eran juristas. Recogiendo sus célebres fábulas pretendían salvar el gran patrimonio del "buen y viejo derecho", es decir, de las costumbres, tradiciones, usos locales del pueblo alemán en su coralidad; patrimonio que, a través de los siglos, había sido conservado por la literatura popular. En la misma época estalla en Alemania una interesantísima polémica jurídica entre Thibaut, que propugna para Alemania, sobre el modelo napoleónico, un código civil unitario y unificador, apto para hacer a todos los ciudadanos iguales ante la ley y para barrer los privilegios feudales, y Savigny, que quiere, en cambio, defender la variedad, las diversidades locales, las diferencias y desigualdades del antiguo derecho común consuetudinario, expresión del Sacro Imperio Romano, porque ve en el código único un instrumento de nivelación autoritaria. Naturalmente, según las circunstancias, es una u otra posición la que defiende en concreto la libertad de los hombres; el modelo unificador podrá ser un aplastamiento tiránico y estalinista de las diversidades, pero también la tutela democrática de los derechos de todos los hombres, como la sentencia que hace más de 40 años impuso a una Universidad del sur de los Estados Unidos que acogiera a un estudiante negro, haciendo justa violencia a la "diversidad" de la cultura blanca, a su racismo estratificado a lo largo de los siglos. También Lope de Vega con su El mejor alcalde, el rey muestra el carácter progresivo de una razón central, que tutela la justicia rompiendo el poder particular feudal, la prepotencia de los Don Tello. Hoy en Europa, políticamente, el peligro está representado por la fiebre identitaria y centrífuga de los micronacionalismos regionalistas y particularistas [...].
El derecho ya no es tradición
Y es el mismo Nietzsche quien -en el aforismo 449 de Humano, demasiado humano analizado bajo esta perspectiva por Irtis- constata que "el derecho ya no es tradición y por lo tanto, dada su necesidad en la vida social, puede y debe ser sólo impuesto, obligatorio y arbitrario, y no fundado sobre nada". Ya Fóscolo, en su discurso en la Universidad de Pavía, en 1809, Sobre el origen y los límites de la justicia, había constatado melancólicamente la imposibilidad de la existencia de un criterio normativo superior a los hechos. En la Edad Contemporánea, cada fundamento, según Nietzsche, se ha disuelto; el derecho se ha liberado de cualquier tradición fundacional, religiosa o cultural, y se apoya sobre la nada, como el arte, la filosofía, como el hombre mismo. Es un derecho que no reclama ni verdad, ni sabiduría, ni justicia, y que produce leyes que se justifican sólo con la fuerza que obliga a inclinarse ante ellas. El derecho comparte con todas las demás cosas el nihilismo, convertido en esencia y destino de Occidente; la norma se apoya sobre la nada como la lírica del gran Gottfried Benn "palabras para fascinar, estrofas sobre catástrofes". A pesar de todo esto, el sentir común contrapone a menudo la pasión de la poesía a la racionalidad no tanto del derecho, sino de la ley. Y es, sobre todo, el formalismo de esta última el que aparece pensativo, árido, negador de la cálida humanidad. Pero Shakespeare, en El mercader de Venecia, nos muestra de forma genial cómo la humanidad, la justicia, la pasión, la vida son salvadas por Porcia disfrazada de sutilísimo y capcioso abogado, gracias al formalismo jurídico más sofisticado que autoriza, sí, a Shylock a tomar una libra de carne del cuerpo de Antonio, pero sin verter una sola gota de sangre. No es la cálida apelación a la humanidad, a los sentimientos, a la justicia, lo que salva la vida de Antonio, sino el frío reclamo abogadesco a la letra formal de la ley. Esta frialdad lógica salva los valores cálidos: no sólo la vida de Antonio, sino también la amistad de Bassanio y Antonio y, sobre todo, el amor de Porcia y Bassanio, antes turbado por la angustia de este último por la suerte de su amigo: "No yaceréis junto a Porcia con el ánimo inquieto", dice la mujer a su amado, decidiendo entonces liberarlo de esa inquietud que ofusca el Eros y de salvar, por lo tanto, con sus cavilaciones legales, a Antonio. Mucha literatura ha mirado con hastío al derecho, considerándolo árido y prosaico con respecto a la poesía y a la moral. Democracia, lógica y derecho son, a menudo, despreciados por los rétores vitalistas como valores "fríos" en favor de los valores "cálidos" del sentimiento. Pero esos valores fríos son necesarios para establecer las reglas y las garantías de tutela del ciudadano, sin las cuales los individuos no serían libres y no podrían vivir su "cálida vida", como la llamaba Saba. Son los valores fríos -el ejercicio del voto, las garantías jurídicas formales, la observancia de las leyes y de las reglas, los principios lógicos- los que permiten a los hombres de carne y hueso cultivar personalmente sus propios valores, y sentimientos cálidos, los afectos, el amor, la amistad, las pasiones y las predilecciones de todo tipo. A diferencia de quien declama las profundas razones del corazón pensando, en realidad, que sólo existe su propio corazón, la ley parte de un conocimiento más profundo del corazón humano, porque sabe que existen muchos corazones, cada uno con sus misterios insondables y sus apasionadas tinieblas, y que, precisamente por eso, sólo unas normas precisas, que tutelen a cada uno, permiten al individuo singular vivir su vida irrepetible, cultivar sus dioses y sus demonios, sin estar impedido ni oprimido por la violencia de otros individuos, igual que él mismo presa de inextricables complicaciones del corazón, pero más fuertes que él, como los galeotes liberados por Don Quijote son más fuertes que Don Quijote y lo golpean brutalmente.
Norma versus sentimientos
Cierto, ninguna norma general puede entender -y por lo tanto juzgar- los sentimientos, las pulsiones, las contradicciones que están en la base de cada gesto criminal. Incluso el más inhumano y bestial. La razón no conoce a fondo las razones del corazón que empujan al torturador del Lager (campo de concentración) a destrozar a sus víctimas, sino que sencillamente sabe que también esas víctimas poseen un corazón que tiene derecho de vivir y que, por lo tanto, es necesario impedir y castigar, con una norma general, el gesto de ese torturador. La razón y la ley tienen a menudo más fantasía que el corazón capaz sólo de sentir las propias e inextricables complicaciones e incapaz de imaginar que existan también las de los demás. El corazón, decía Manzoni, sabe bien poco, apenas un poco de lo que le ha sido contado; a menudo todo es una gran confusión, escribe Stefano Jacomuzzi. Calificar el homicidio o el hurto como delitos no basta para entender los diversos motivos por los cuales diversas personas los cometen, pero quien apela a motivaciones inefables del ánimo para desenfocar la gravedad de esos delitos entiende aún menos a las personas que los cometen.El legislador que castiga la corrupción en las concesiones públicas es un artista que sabe imaginar la realidad, porque en esa corrupción no sólo ve la abstracta violación de una norma sino, por ejemplo, los equipamientos defectuosos con los que -a causa de esa corrupción- se ha dotado a un hospital, en lugar de los más eficaces que el hospital habría tenido gracias a unas concesiones correctas. Detrás de ese crimen hay enfermos peor curados, individuos concretos que sufren. Los antiguos, que habían comprendido casi todo, sabían que puede existir poesía en el acto de legislar; no por casualidad muchos mitos dicen que los poetas fueron, también, los primeros legisladores.
Claudio Magris
Publicado en La Nación (Buenos Aires) 12 de marzo, 2006.

El silencio de las conchas



"El pie que da la vuelta a la concha deja al descubierto el vacío de su valva y su silencio."



Claudio Magris, Otro mar (1991), trad. de J. Jordá, Anagrama, Barcelona, 1992, p. 81.

Sunday, May 21, 2006

La esperanza de lo inmediato. Friedrich Hölderlin

“… abiertas las ventanas del cielo
y libre el genio de la noche
el celeste asaltante que ha engañado
en tantas lenguas prosaicas nuestra terra
y removió los restos
hasta ahora.
Mas llegará aquello que yo quiero.”



Friedrich Hölderlin, “Lo más inmediato”, en Poemas, ed. bilingüe, Introd. y ver. de Luis Cernuda (en colaboración con Hans Gebser), Pról. de Jenaro Talens, Visor Libros, Madrid, 1985, pp. 50-51 (vol. XLIV Col. Visor de Poesía)


Identidad moral como heteronomía. Tú, mi identidad


“Soy tú cuando soy yo”

Paul Celan, “Alabanza de la lejanía”, en Amapola y memoria, trad. de J. Munárriz Peralta, Ediciones Hiperión, Madrid, 1996, pp. 66 y 67.

Bajo la quilla del cayuco, tal vez. Refugee Blues


Refugee Blues

Dicen que esta ciudad llegó a los diez millones
unos en agujeros y otros en mansiones;
pero no tiene sitio, mi amor, para nosotros.

Tuvimos una patria que creíamos bella:
todavía en el atlas te encontrarás con ella,
pero ir no podemos, mi amor, ya no podemos.

Allá en el cementerio del pueblo sigue el tejo
dando flor cada año aunque sea muy viejo.
No hacen igual, mi amor, los viejos
pasaportes.

El cónsul golpeó la mesa de repente:
“Sin pasaporte, están muertos civilmente”.
Pero estamos aún vivos, mi amor, estamos vivos.

Los de aquel comité me atendieron corteses
y me dijeron: vuelva dentro de doce meses.
¿Pero hoy dónde iremos, mi amor,
hoy dónde iremos?.

En el mitin oí al orador gritar:
“Nos quietarán el pan si consiguen entrar”;
hablaba de nosotros, mi amor, sí,
de nosotros.

Me pareció que el cielo retumbaba muy fuerte;
era, en Europa, Hitler pidiendo nuestra muerte;
nos tenía en la cabeza, mi amor, en la cabeza.

Vi un caniche con ropa que un broche sujetaba,
vi una puerta entreabierta por la que un gato entraba;
pero no eran, mi amor, judíos alemanes.

Bajé al puerto, en el muelle me puse a contemplar
que nadaban los peces en libertad,
solamente a tres metros, mi amor, sólo a tres metros.

Vi, en el bosque, a los pájaros posados en las ramas;
no tenían políticos y a sus anchas cantaban:
no eran la humanidad, mi amor,
la humanidad.

He soñado con casas que tenían mil pisos:
mil ventanas, mil puertas tenía un edificio.
pero ninguna nuestra, mi amor, ninguna nuestra.

Bajo la nieve estaba de pie yo en un gran llano
que miles de soldados andaban rastreando:
iban a por nosotros, mi amor, a por nosotros.

W.H. Auden, Otro tiempo (1940), ver. de A. García, Pre-Texctos, Valencia, 2002, pp. 195-197

Tuesday, May 16, 2006

Benjamin Constand. Un hallazgo. Una lejana pérdida


Rescato entre el provocado desorden de mis lecturas algunos textos de Benjamin Constand (1767–1830) que Emma Calatayud tradujo para la Editorial Bruguera en una edición ya hace años inencontrable.

(¡Qué desventura el hundimiento de aquella colección de “Libro amigo”! La vorágine de su naufragio se tragó miles de títulos que sólo de cuando en cuando la resaca de las librerías de viejo y la playa de los libros de lance devuelve como dispersión).


El volumen recoge además de la novela Adolphe (1816), expresión del primer romanticismo y del aborrecimiento hacia el dogmatismo y la lógica de los tópicos gastados, también El cuaderno rojo, donde se contienen fragmentos autobiográficos que reconstruyen las turbulencias espirituales de la pasión amorosa en la encrucijada existencial dos relaciones dispares; la impositiva y torrencial de Mme. De Stäel y la ingenua y calma de Charlotte de Hardenberg. Una elección entre amores de naturaleza tan absolutamente diversa sólo podía desembocar en la desintegración emocional. Por último, incluye asimismo dos Poemas inéditos.


De éstos elijo “Canto de las sombras”, y entre sus versos el que revela la nostálgica imagen de una pérdida sin ya posible devolución: “la sombra reidora de los bosques”.

Vid. Benjamín Constand, Adolphe, trad. de E. Calatayud, Edit. Bruguera, Barcelona, 1982, p. 187.

José Calvo González.

Monday, May 15, 2006

Freud, Auden y el Estado





Es año de aniversario del nacimiento de Sigmund Freud (1856-1939). Vaya aquí mi pequeño aporte. Aprovecho un fragmento del poema “En Memoria de Sigmund Freud” (sept. 1939), de Wyistan H. Auden, incluido en Otro tiempo (1940), ver. de A. García, Pre-Texctos, Valencia, 2002, pp. 213 y ss.
"(...) Si él tenía éxito, ay, el mundo/
se volvía imposible; se rompía/
el monolito del Estado,/
la asociación de vengadores"
(W. H. Auden. Cecil Beaton photograph, by courtesy of Sotheby's Picture Library, London)

Sunday, May 14, 2006

Realidad nacional, por Francisco J. Laporta

Mucha gente ignora que en las llamadas tumbas del soldado desconocido no hay restos humanos de tipo alguno. No es que haya allí unos huesos anónimos de un soldado cuya identidad se desconoce y puede por ello representar a todos y cada uno de los soldados que han sido enviados a morir por la patria; es que, en rigor, no hay huesos, la tumba está vacía. De forma que los actos de homenaje que le son rendidos se tornan en una liturgia que consiste simplemente en proyectar sentimientos colectivos hacia una realidad inexistente.
Pues bien, a la nación le pasa lo mismo que al soldado desconocido: no tiene huesos, no tiene realidad. Así que esa de "realidad nacional" es una expresión que trata de fundir dos conceptos incompatibles y que acaba así por significar algo así como realidad irreal, es decir, lo que se llama culteranamente un oxímoron. Lo mismo que lo sería la afirmación de que hay una nacionalidad real, de verdad, como algo diferenciable de la mera ciudadanía jurídica. Uno podría afirmar, por ejemplo, que es un español real y no un español postizo de esos a los que el Gobierno concede la nacionalidad porque juegan bien al ping-pong o porque invierten en la Costa del Sol. Sin embargo, todas las indagaciones que se han emprendido para tratar de dotar de algún referente real al concepto de nación más allá de las normas jurídicas han fracasado estrepitosamente, y se ha acabado ya por aceptar que la nación es algo inventado o imaginado que consiste simplemente en la emoción colectiva que experimentan aquellos que la inventan o la imaginan.
Creo haber leído en Borges que ser argentino no era más que un acto de fe. Pues bien, lo mismo puede decirse de eso de ser español, francés, alemán, catalán o vasco. Lo que sucede es que tendemos a aferrarnos a nuestra fe, sea la que sea, y no paramos de insistir una y otra vez en que nuestras creencias tienen como objeto una auténtica realidad que está ahí fuera, a la vista de todos, y esa realidad es la nación, realidad nacional. Para unos se manifiesta en la lengua y así afirman que son una nación porque hablan una lengua, aunque ya estemos hartos de saber que las lenguas acostumbran a ser multinacionales y las naciones acostumbran a ser plurilingües, con lo que el argumento que une ambas cosas resulta claramente inconcluyente. Para otros es la sangre, la raza, o, en términos más de moda, la etnia. No es necesario decir que esto es simplemente tratar de explicar un concepto oscuro haciendo uso de conceptos todavía más oscuros, algunos de los cuales pugnan, además, con todo nuestro saber científico. Muchos apelan a la historia, pero ya se ha dicho una y otra vez que esa historia o esa tradición es un puro apaño, una invención, un ejercicio sistemático de olvido mucho más que un tributo a la memoria.
Y no faltan tampoco los que apelan nada menos que a la religión, a la que también pervierten y manosean para hacerla decir lo que nunca dijo. No es infrecuente que entre ellos se propague la singular patraña de que su nación sea predilecta de profetas y dioses. Cuando yo era niño los curas nacionalistas españoles aseguraban que Cristo había manifestado que "reinaría" en España con más predilección que en ningún otro lugar. Así mismo. La estupidez nacional no conoce de límites.
Y como quiera que todos los argumentos que se han esgrimido para configurar la nación mediante algún rasgo detectable se han visto refutados siempre por la realidad, la estratagema que se ha acabado por imponer es la que afirma que una colectividad es una nación cuando tiene "voluntad de ser". Esto es, sin duda, sorprendente, porque parece confundir el deseo con la realidad, o sustituir la realidad por el deseo. O quizá se trata de una expresión metafísica: se trataría de la voluntad de tener un "ser" que la mera agregación de conductas individuales y relaciones humanas se entiende que no acaba de parir del todo. Y así, en todos estos movimientos emocionales se acaba por proceder a una entificación de comportamientos colectivos hasta tornarlos en un "ser" que vive y actúa: Francia, España, Cataluña, Alemania, y, ahora, Andalucía.
Tal ser tiene rasgos reconocibles, como una voluntad y una personalidad; incluso tiene delicados sentimientos morales: puede ser ofendido o humillado, y puede sobre todo tomar la conducción de la historia. Pero todo esto no es más que un modo de hablar. A la hora de la verdad, quien se humilla y se ofende son sólo los sujetos individuales que tienen esas particulares creencias y susceptibilidades. Y quien pretende conducir la historia suelen ser unos pocos avisados de entre ellos.
Más allá de un conjunto de normas jurídicas, la nación es, pues, irreal. Por supuesto que no trato de negar lo evidente. Todos habitamos complejas prácticas sociales compartidas que nos enriquecen y configuran, y a través de las que desarrollamos nuestra vida y nuestra personalidad: la lengua, la cultura, la familia, la ciencia, la religión. Son, además, extremadamente importantes y, al menos algunas de ellas, muy dignas de ser protegidas. Lo que me propongo negar con toda firmeza es que tales prácticas alumbren una especie de sujeto colectivo real que esté por encima de los ciudadanos que participan en ellas, y sobre todo que ese sujeto colectivo así fabulado disfrute de legitimidad política alguna para demandar nada o de ciertos supuestos derechos históricos a alguna posición de poder. No hay nada de eso. Eso es un mero extravío argumental que sólo conduce a una percepción distorsionada de la vida política y a la instalación en las mentes de una fuente de perpetua insatisfacción. Cuando se lleva demasiado lejos tiende a generar una suerte de alucinación colectiva de extraordinario peligro tanto para sus integrantes como para sus vecinos. Ya lo hemos visto demasiadas veces en la historia como para que sea necesario recordarlo de nuevo.
Ahora vuelve a aparecer entre nosotros precisamente a la hora de replantear el problema de la distribución de competencias en el Estado constitucional. Reconozcamos que es un poco infantil. Como, desde la Revolución Francesa, el concepto de nación lleva consigo la fascinación de la soberanía, es decir, de la competencia jurídica máxima, es sencillo autoproclamarse nación para exhibir un título a mayores competencias. Nación, nacionalidad histórica o realidad nacional. Lo que sea con tal de alardear de un supuesto derecho a más. Lo que sucede es que esto es poner la carreta delante de los bueyes. No se prueba con ello que hayan de ejercerse mayores competencias aquí o allá; simplemente, se presupone. Y con una argumentación cuyas premisas fundamentales están viciadas en origen. Se nos hurta así una vez más una discusión madura sobre la racionalización del ejercicio del poder en un Estado complejo, y se hace además mediante una exaltación mitómana y vacía de la psicología de los ciudadanos, empujándolos unos contra otros en el despeñadero de las identidades colectivas, españolistas, catalanistas y, ahora, inopinadamente, andalucistas. Y no acabará aquí. Seguro que, dado el éxito del invento, vendrán después algunas otras "realidades nacionales" más.
Tenemos por ello el deber de rehusar entrar en ese juego trucado. Urge que tomemos en serio lo que nos dejó dicho un andaluz por los cuatro costados, Francisco Murillo Ferrol, en su melancólica reflexión sobre este renacer insensato del particularismo nacionalista: "Sólo nos cabe tratar de desmitificar en lo posible esa fuente inagotable de fanatismo".
Francisco J. Laporta es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid.
Publicado en El País, Opinión, 14 de mayo de 2006.

Friday, May 12, 2006

Presente


Somos, todavía, supervivientes del futuro

J.C.G.


(Merlyn Oliver Evans (1910-1973) The Conquest of Time 1934. Tate Colection)

Ficción, Libertad y Alternativa



Leo en El País de 9 de mayo de 2006 (Cultura, p. 47, recuadro a firma de Fietta Jarque. Estocolmo) que organizado por el Instituto Cervantes y la Universidad de Lund se celebró la semana pasada en la capital sueca, durante tres días, un congreso dedicado a la obra de Mario Vargas Llosa. En el Auditorio del Kulturhuset tuvo lugar, además, una conversación entre el autor hispano-peruano –Arequipa, Perú 1936, nacionalizado español en 1993- y su traductor al sueco, Peter Landelius, donde aquél subrayó como fundamental el que la ficción estimula el deseo de libertad. “Al terminar de leer un gran libro volvemos a nuestra realidad común y descubrimos qué poca cosa somos. Nos hace sentirnos inconformes e insatisfechos y ése es el gran motor del progreso humano. Somos otra cosa cuando volvemos a la realidad”, afirmó.
En Cartas a un joven novelista, Ariel /Planeta, Barcelona, 1997, hallaremos un mayor desarrollo de esta idea. La narrativa de ficción es portadora de una “entraña sediciosa”, de una “rebeldía” que, incluso si “muy relativa” y “bastante pacífica”, produce un resultado no inocuo: “quien se abandona a la elucubración de vidas distintas de aquella que vive en la realidad manifiesta de esa indirecta manera su rechazo y crítica de la vida tal como es, del mundo real, y su deseo de sustituirlos por aquellos que fabrica con su imaginación y sus deseos. ¿Por qué dedicaría su tiempo a algo tan evanescente y quimérico –la creación de realidades ficticias- quien está íntimamente satisfecho con la realidad real, con la vida tal como la vive? (pp. 11-12). Y añade: “esa disidencia con la vida real, con el mundo tal como es [… ] sería la recóndita razón que empuja a una mujer o a un hombre a desafiar al mundo real mediante la simbólica operación de sustituirlo con ficciones [… ] reemplazando aquél en sus ficciones por otro construido a imagen y semejanza del que su disidencia hubiera preferido” (pp. 26-27).

Pero aún es posible ir más adelante. Emplear la ficción para explorar la capacidad de remover la realidad, para dar cuenta de que nada es irremovible. Susan Sontag (New York, 1933-2004) lo entendió así al escribir: “¿Qué sentido tiene convertir acontecimientos reales en historias si no se puede cambiar todo, en especial el final? ¿Y qué sentido tiene contar historias, sin no es remover el anhelo que todo el mundo cobija por una vida alternativa? (In America, Farrar Straus Girioux, New York, 2000, p. 171).
José Calvo González

Tuesday, May 09, 2006

Otro paso de tuerca... Entre sordos anda el juego

Tragicómica situación de inaudita parte.
Se produce durante el interrogatorio al sordo Quasimodo por Florian Barbedinne, auditor del Embas del Châtelet de París, y también sordo, en Nuestra Señora de París (1831), de Victor Hugo, trad. de C. Dampierre, Alianza Edit., Madrid, 1980, T. I, en esp. pp. 222-229 (Lib. VI: ‘Ojeada imparcial sobre la antigua Magistratura’).

Luego de una descripción del lugar -una sala “pequeña, baja y abovedada”, donde se alzaba una mesa “con emblema de la flor de lis”, correspondiente al preboste, ausente, y un escabel a la izquierda que ocupa el auditor, letrado Florián-... Pero no conviene resumir. Mejor leemos:
“En efecto, figuraos sentado ante la mesa del preboste, entre dos legajos de procesos, apoyado en sus codo, un pie pisando la cola de la toga de paño marrón liso, el rostro hundido en las pieles de borrego blanco, de las que parecían destacarse sus cejas, rojo, malhumorado, guiñando un ojo, luciendo majestuosamente la grasa de sus mejillas que se juntaban con el mentón., al licenciado Florián Barbedienne, auditor del Châtelet.
Pero el auditor era sordo. Ligero defecto para un auditor. El letrado Florián no por eso dejaba de juzgar sin apelación y con gran sensatez. Cierto es que basta con que un juez tenga aspecto de escuchar; y el venerable auditor llenaba aún mejor esa condición, la única esencial para una buena justicia, ya que su atención no podía ser distraída por ningún ruido […]”. En varis de los juicios aún demuestra tener “menos vista que oído”, mezclando unos con otros pleitos. Entre tanto, esa mañana trae encausado a Quasimodo, “atado, liado, agarrotado y vigilado”. Florián ojea “con atención el expediente de la denuncia presentada contra Quasimodo, que le fue entregada por el escribano, y una vez ojeado, pareció recogerse a meditar un momento. Gracias a esta precaución que siempre tenía antes de proceder al interrogatorio, sabía de antemano los nombres, cualidades y delitos del detenido, tenia réplicas previstas a unas preguntas previstas, y conseguía salir con bien de todas las sinuosidades del interrogatorio, sin dejar traslucir su sordera. El expediente del proceso era para él lo que el perro para el ciego. Si sucedía por casualidad que su defecto transpareciese aquí y allá por alguna frase incoherente o alguna pregunta ininteligible, era tenida por profundidad por unos o por imbecilidad oír otros. En ambos casos el honor de la magistratura quedaba incólume; pues más vale que un juez sea reputado de imbécil o de profundo que de sordo. Ponía pues mucho cuidado en disimular su sordera a los ojos de todos, consiguiéndolo por lo general tan bien que había llegado a hacerse la ilusión de que no lo era […] Por lo que a él respecta, creía, todo lo más, que era un poco duro de oído. Esta era la única concesión que hacía sobre este punto a la opinión pública, en su momentos de flaqueza y de examen de conciencia”. Con este preparativo comenzó el interrogatorio de Quasimodo:
- ¿Vuestro nombre?
Pero he aquí un caso que no había sido previsto por la ley, el que un sordo tuviese que interrogar a otro sordo.
Quasimodo, al que nada le advertía de la pregunta que se le había hecho, siguió mirando fijamente al juez y no contestó. El juez, sordo y al que nada avisaba de la sordera del acusado, creyó que había respondido, como hacía por lo general todos los acusados, y prosiguió con su aplomo mecánico y estúpido.
- Bien. ¿Vuestra edad?.
Quasimodo tampoco respondió a esta pregunta. El juez la juzgó satisfactoria y continuó:
- Y ahora, ¿vuestro estado?.
Siempre el mismo silencio, El auditorio, sin embargo, comenzaba a murmurar y a mirarse unos a otros.
- Está bien –prosiguió imperturbable el auditor, cuando calculó que le acusado había recitado su tercera respuesta- Se os acusa ante nosotros: primo: de desorden nocturno; secundo: de vías de hecho deshonestas en la persona de una mujer loca, in praejudicium meretrices; tertio: de rebelión y deslealtad para con los arqueros de la ordenanza del rey nuestro señor. Explicaos sobre los tres puntos. Escribano ¿habéis escrito lo que ha dicho el acusado hasta ahora?
Esta pregunta desafortunada provocó un estallido de risas, desde la escribanía al público, tan locas, tan contagiosas, tan universales que preciso fue que se diesen cuenta ambos sordos. Quasimodo se volvió, alzando desdeñosamente su joroba, mientras que el licenciado Florián, tan asombrado como él y suponiendo que las risas de los espectadores habían sido provocadas por alguna réplica irrespetuosa del acusado, hecha visible para él por aquel alzamiento de hombros, le apostrofó con indignación:
- ¡Pícaro! Habéis dado una respuesta digna de la horca. ¿Os dais cuenta de a quién habláis?
Esta salida no era la más adecuada para contener la explosión de hilaridad general. Pareció a todos tan incongruente y disparatada, que la risa se contagió incluso a los sargentos del Parloir-aux-Bourgeois, una especie de sotas de bastos en los que la estupidez era uniforme. Sólo Quasimodo conservó su seriedad por la razón natural de que no comprendía nada de lo que pasaba a su alrededor. El juez, cada vez más irritado, creyó conveniente proseguir en el mismo tono, esperando conseguir así que el acusado se llenase de un terror que repercutiera sobre el público haciéndole volverse otra vez respetuoso.
- Es decir, hombre perverso y rapaz, que os atrevéis a faltar el respeto al auditor del Châtelet, al magistrado comisionado para administrar la justicia popular de París, encargado de investigar los crímenes, delitos y malos comportamientos, de controlar todos los oficios y prohibir su monopolio, de conservar el empedrado, de impedir la reventa de aves y caza, de hacer medir la leña y demás clases de madera, de purgar a la ciudad de fango y al aire de enfermedades contagiosas, de ocuparse continuamente del bien público, en una palabra, sin gajes ni esperanza de salario. ¿Sabéis que me llamo Florián Barbedienne, lugarteniente en título del señor preboste, y además comisario, cuestor, contralor y examinador con igual poder en prebostería, bailaje, conservación y presidial…?
No hay razón para que un sordo que habla a otro sordo sed detenga. Dios sabe dónde y cuándo habría aterrizado el letrado Florián, lanzado así por todas las ramas de la elocuencia de altura, si la puerta baja del fondo no se hubiese abierto de pronto dando paso a Monsieur el preboste en persona.
El licenciado Florián no se turbó por la entrada del preboste sino que volviéndose hacia él y apuntando bruscamente hacia el preboste la arenga con que estaba fulminando a Quasimodo un momento antes:
Señor –dijo- requiero cualquier pena que gustéis dictar contra el acusado aquí presente, por grave y mirífico agravio a la justicia.
Y se sentó jadeante, enjugándose las gruesas gotas de sudor que caían por su frente y mojaban como lágrimas los pergaminos extendidos ante él. Micer Robert d´Estouteville [nombre del preboste] frunció el entrecejo y clavó en Quasimodo una mirada tan imperiosa y significativa que el sordo comprendido en parte.
El preboste le dirigió la palabra con severidad:
- ¿Qué has hecho para estar aquí, truhán?
El pobre diablo, suponiendo que le preboste l4e preguntaba su nombre, rompió el silencio que guardaba habitualmente, y respondido con voz ronca y gutural:
- Quasimodo.
La respuesta coincidía tan poco con la pregunta que la risa volvió a circular, por lo que micer Robert gritó, rojo de ira:
- ¿Te burlas de mí, pícaro?
- Campanero de Nuestra Señora –respondió Quasimodo, creyendo que se trataba de explicar al juez lo que era.
- ¡Campanero! –replicó el preboste, que se había despertado aquella mañana con tan mal humor, como hemos dicho, que su ira no necesitaba ser atizada por tan raras respuestas-. ¡Campanero! ¡Ya haré yo que te toquen un carillón de vergajos en las espaldas por las calles de París! ¿Me oyes, truhán?
- Si es mi edad lo que queréis saber –dijo Quasimodo- creo que cumpliré veinte años el día de San Martín.
Aquello era demasiado fuerte y el preboste no pudo contenerse.
- ¡Ah, te burlas del preboste, miserable! ¡Sargento de vara, llevadme a este pícaro a la picota de la Grève, azotadle y volvedle a traer dentro de una hora. ¡Me las pagará, vive Dios! ¡Y ordeno que se pregone esta sentencia, con la concurrencia de cuatro trompetas jurados, en las siete capellanías del vizcondado de París!
El escribano se puso a redactar al momento la sentencia
- ¡Vientre de Dios! Esto está bien juzgado –gritó desde su rincón el pequeño estudiante Jehan Frollo du Moulin.
El preboste se volvió y clavó otra vez fijamente en Quasimodo sus ojos brillantes.
- Creo que el rufián ha dicho vientre de Dios. Escribano, agregad doce denarios parisienses de multa por blasfemia y que la obra de Saint-Eustaque perciba la mitad. Es cosa sabida que tengo una especial devoción por Saint-Eustaque.
La sentencia quedó escrita en pocos minutos. El texto era simple y breve. La costumbre de la prebostería y el vizcondado de París aún no había sido viciada por el presidente Thibaut Bailletr y por Roger Barmne, el abogado del rey. No era obstruida entonces por esa espesa selva de embrollos y tramites que esos dos jurisconsultos implantaron eb los comienzos del siglo XVI. Todo era claro, expeditivo, explícito. Se iba derecho al bulto, y se veía en seguida el final de cada sendero, sin ramajes ni recovecos, la ruela, la horca o la picota. Se sabía por lo menos a dónde se iba.
El escribano presentó la sentencia al preboste que puso en ella su sello y Salió para continuar su ronda por los auditorios, en un estado de espíritu que debió aquel día llenar todos los calabozos de París. Jehan Frollo du Moulin y Robin Poussepain reían para sus adentros. Quasimodo miraba todo aquello con gesto indiferente y asombrado.
Pero el escribano, en el momento en que el licenciado Florián Barbedienne leía a su vez la sentencia para firmarla, se sintió lleno de piedad por el pobre diablo de condenado y, con la esperanza de conseguir alguna disminución de la pena, se acercó todo lo que pudo a la oreja del auditor y le dijo, señalándole a Quasimodo:
- ¡Ese hombre es sordo!
Esperaba que ese achaque común despertaría el interés del licenciado Florián e favor del condenado. Pero, en primer lugar ya hemos hecho observar que Florián no deseaba que nadie se diera cuenta de su sordera. En segundo lugar era tan duro de oído que no oyó ni una palabra de lo que le dijo el escribano; pero quiso hacer creer que había oído y contestó:
- ¡Ah! Eso es diferente. No lo sabía. Una hora más de picota, en tal caso.
Y firmó la sentencia con aquella modificación”

Addenda: Vid. sobre testifical de sordomudos e intervención de interpretes arts. 442 LECr. vs. 361 LECv.
(La imagen corresponde a un fotograma de la película de William Dierterle The Hunchback of Notre Dame, 1939. Charles Laughton interpreta a Quasimodo)

Inaudita parte. Justicia ciega & Jueces sordos



“Su Señoría tomó un fajo de papeles, llamó al ayudante y le apuntó con el dedo a una de las páginas. El ayudante pasó su vista cuidadosamente sobre ella y acercándose a Su Señoría el susurró unas palabras al oído izquierdo, no tanto porque fuera un secreto como porque era totalmente sordo del derecho”. José Ferrater Mora, El juego de la verdad, Destino, Barcelona, 1988, p. 83.

Esta limitación sensorial puede ser en juicio mucho más clamorosa. Lo testimonia Piero Calamandrei en L´Elogio dei giudici scritto da un avvocato (1ª ed. Le Monnier, Firenze 1935), Elogio de los jueces escrito por un abogado, trad. de S. Sentís Melendo e I. J. Medina, con pról. de D. Medina, Imp. Góngora, Madrid, 1936, Existe una ed. argentina, con Est. Prel. Marcelo Bazán Lazcano, en trad. de A. Redín, S. Sentís Melendo y C. Finzi, Lib. “El Foro”, Buenos Aires, 1997, que incorpora a las pp. 241-242 la referencia a una apelación en causa civil donde el autor actuaba como letrado, y hallándose enfermo el magistrado ponente, se le sustituyó por otro que era sordo:
“Antes de que la audiencia comenzara, me llamó el presidente a su despacho y me dijo amablemente:
- Lamento, abogado, pero se tiene que postergar el debate
- Excelencia, he viajado expresamente….
- Comprendo, y lo lamento, pero el relator, que había estudiado la causa, se enfermó precisamente ayer y he tenido que reemplazarlo con otro. Y el nuevo relator no ha tenido tiempo todavía para estudiarla.
- No me parece que eso haga necesaria la postergación; trataremos los abogados de hablar en la forma más simple y precisa, de modo que el nuevo relator, si tiene la amabilidad de escucharnos, comenzará así a informarse de las cuestiones y hallará después mucho más fácil el estudio del expediente.
El presidente se echó a reír:
- El nuevo relator no está en condiciones. Desgraciadamente, de escuchar a los abogados: es completamente sordo.
Quedé estupefacto; y é, sonriéndome, añadió:
- Lo lamento de veras; pero es necesario dar tiempo a que el relator pueda leer los expedientes, y postergar el debate para dentro de quince días.
- Está bien, excelencia; pero ¿dentro de quince días no estará igualmente sordo?
- Claro que sí. Pero cuando dentro de quince días se haya enterado de la causa a través de la lectura del proceso, podrá asistir al debate con algún provecho; porque sus gesticulaciones y el movimiento de sus labios lo ayudarán a captar, con cierta aproximación, y ayudándose de la referencia a los informes escritos, sus argumentaciones orales. Y si o las capta, los del colegio, que las habremos oído bien, se las referiremos en la Cámara del consejo.
- Volví puntual al cabo de quince días; y en el debate oral traté de hacer entender con gestos al relator, que me miraba con ojos fuera de las órbitas, la diferencia que existe entre prescripción y decadencia [caducidad]. Es un tanto difícil expresar esta diferenta con gestos; y en verdad, la circunstancia de que la sentencia, que salió seis meses después, no me diera la razón, me demostró que no lo conseguí”.

A renglón seguido comenta recordando otras anteriores comparecencias ante aquella misma Sala, y la circunstancia de la apariencia “severa” que dicho magistrado mostraba durante las sesiones. Había observado Calamandrei que mientras se dirigía al tribunal ese siempre lo miraba “continuamente, fijo e impasible, sin que un movimiento o una crispación de su rostro dejara traslucir sus impresiones”. De tal manera que si, como toscazo, acaso introducía en su alegato alguna broma capaz de producir una leve sonrisa entre quienes le escuchaban, “con él, no había manera; toda broma caía en el vacío; los demás se reían, y él me miraba con la misma cara ceñuda que me helaba. Se había convertido para mí en la imagen viviente de la austeridad de la justicia, que no admite chistes o divagaciones”. Años después, aquel mismo juzgador, una vez jubilado, ejercería de abogado. Fue entonces cuando les confesó padecer “un antiguo defecto de oído”, por el que “a más de un metro de distancia no alcanzo a escuchar la palabra de mi interlocutor”. Calamadrei concluye: “Me di cuenta entonces por qué, cuando ejercía la magistratura, no se reía jamás; jueces y abogados están en la audiencia a unos diez metros aproximadamente de distancia. Parecía austero, pero lo que ocurría es que era sordo”

Sunday, May 07, 2006

"Descerrar". Sobre la idea de "Nueva Hispanidad emergente".

Hace tiempo que escribí sobre algo que guarda relación con las últimas entradas. Fue un artículo de prensa, aparecido en la sección “Tribuna” del diario Málaga Hoy en edición de 11/10/2004. Lo titulé “12-O: Nueva Hispanidad emergente”. Decía entonces:
“Según parece, la celebración que el calendario reserva al Día de la Hispanidad da oportunidad para que la ingeniería del ocio erija otro año más un enorme puente vacacional. Sin embargo, el disfrute de esta fiesta no debería distraernos del sentido de la conmemoración, ni su posible actualidad más deseable. Atrás, definitivamente, el resabio imperialista de otro tiempo, y los estirados desfiles y la seriedad de las solemnidades que lo exaltaban, de tanta semejanza muchas veces a las exequias de un cadáver histórico, verdaderamente rígido, hoy la voluntad de honrar la idea de la Hispanidad ha de proponerse en una dimensión y un entusiasmo bien diferente.
Si no estoy en un error, la recordación en este día trae memoria de la España que tuvo el arresto de entregarse con brío a la apertura al mundo, cuando lo conocido de éste mostraba extraordinaria pequeñez y mezquindad. Fue un enérgico abrirse al mundo, donde consumió fuerzas de enteras generaciones. A su presencia y al balance de esa empresa secular, con capítulos no todos acertados y en episodios a veces del todo errados, el mundo se descerró.
Hoy, no obstante, el mundo se ha llenado de cerrojos, de accesos cada día más difíciles de franquear. Los signos de clausura son inconfundibles y alarmantes. Y en él, también España los muestra y los produce. Se me objetará aduciendo que son muy diversas las formas en que igualmente ahora nos hacemos presentes en el mundo. No negaré ninguna, pero en la mayoría de ellas está poco clara, cuando no ausente, la voluntad por recoger y aprovechar la autenticidad del antecedente. Y es que nosotros deberíamos ser los primeros, por pura coherencia, en incorporar e integrar la tradicional idea de Hispanidad en una nueva Hispanidad, y favorecerla antes que en cualquier otra parte, en la parcela misma del espacio mundial que directamente habitamos: el propio territorio.
Los regueros de inmigración que de todo el planeta confluyen en nuestro suelo actúan hoy ampliando y refundando el valor de la Hispanidad. Así, la Hispanidad del futuro se está ya configurando entre nosotros, sin todavía comprender ni el verdadero alcance del fenómeno, ni tampoco su profundo significado. Porque no es sólo que el “viejo solar de la Madre Patria” reciba y acoja, como en un efecto bumerán, de ida y vuelta, la diáspora hispanoamericana. Es mucho más que eso. Tomar conciencia de la nueva Hispanidad emergente es borrar las lindes entre razas y naciones, superar la banal miniatura de una globalización meramente económica y sobreponerse a los miserables temores de una identidad amenazada, esa torva sospecha que tanto tensiona nuestras ciudades contemporáneas.
De ese modo, la Hispanidad del siglo XXI volvería a ser el renovado afán y el ejercicio de abrir el mundo que se cierra, abriendo la anchura del mundo en nosotros mismos. El mérito de la tradición, su fulgor, está en la capacidad de sobrevenir el futuro. De lo contrario, cualquier herencia recibida acaba siendo sólo una secuencia sin continuidad, una melancolía, y más pronto que tarde muere, como muere un animal cansado y ciego. Para actualizar el espíritu universalista de la Hispanidad tradicional desde esa emergente Hispanidad se hará necesario mucho respeto cultural, abundantes dosis de tolerancia cívica y fraternidad social sincera. Sólo sobre ellas descansará, firme, la base de la Hispanidad cosmopolítica. En ello puede estar y consistir nuestro aporte fundamental a la construcción de un porvenir más abierto en lo nacional, en lo europeo y a escala mundial. Ese es el Nuevo Mundo de convivencia -los múltiples mundos que están en el nuestro- que aún permanece apenas explorado.
La nueva Hispanidad emergente puede suministrar una positiva y fértil respuesta de integración en la diversidad a las transformaciones sociológicas planteadas de presente por los procesos de cambio, y asimismo a la aparición de conflictos derivados de la incorporación de diferentes colectivos de población y costumbres heterogéneas. No implicará una renuncia a la entraña histórica del hispanismo, sino la dinamización de su imagen y estilo a través de la inserción de los entornos humanos e idiosincrasias que a diario, efectivamente, lo está vitalizando y enriqueciendo. Es pertinente, además de justo, insistir sobre esta dimensión. El ambicioso proyecto de la Hispanidad cuyo generoso empeño el 12-O recuerda y festeja merece, como ofrenda de mejor homenaje, renovar el compromiso de actitudes y sensibilidades que en otro tiempo buscó hacer del Mundo un lugar más abierto. Diseñar y contribuir a desplegar el ensanche del actual representa hoy la tarea crucial y más valiosa en la deseable trayectoria de la Hispanidad del siglo XXI. José Calvo González”.

A View from the Bridge. Atardeciendo




¿Cuánta claridad necesitamos para ver?
También en esto la respuesta es, según parece: "Ahora nos conformamos con la mitad"
Arthur Miller, A View from Bridge (1955).

Niebla a mitad de Brooklyn Bridge, New York City. Arthur Miller y los "sin papeles"

Niebla a mitad del puente. ¿Qué dirección nos señala el sentido ético ante los inmigrantes "sin papeles", ilegales?

“¿Qué parte del término ilegal no entiendéis?”, corearon los 150 seguidores de “Minutemen”, grupo patriota de voluntarios que patrullan la frontera de EE.UU. con México a la caza de ilegales, reunidos en Washington el primero de mayo en contramanifestación a las marchas convocadas para esa misma jornada por varias organizaciones hispanas en defensa de los derechos de los inmigrantes. Los manifestantes, calculados en cientos de miles, secundaron el llamamiento al Día sin inmigrantes recorriendo las calles de las grandes ciudades en al menos 40 Estados de la Unión. Fueron en Los Ángeles 600.000; en Chicago 400.000. Se oponían al proyecto de ley de inmigración aprobado en diciembre pasado por el Congreso, de mayoría republicana pero que estuvo consensuado con los demócratas. Denunciaban en él la “criminalización” de los indocumentados, el castigo por auxilio y la construcción de un muro a lo largo de gran parte de la frontera con México. Su discusión en el Senado, prevista para este mismo mes, ha permanecido estancada desde entonces. Este es un año electoral. El senador Edwuard Kennedy, demócrata por Massachussets, se mostró de acuerdo en varias de las vías con que el Presidente G. W. Bush pretende regular el acceso a la ciudadanía. La protesta, en cambio, demanda una “legalización total” de los “sin papeles”, cifrados por el Pew Hispanic Center entre 11 y 12 millones, y ha presionado con una jornada de paro y boicot (“no trabajar, no comprar y no vender”) que en Washington ha incidido extraordinariamente sobre la actividad comercial y el funcionamiento de otros servicios como restaurantes, o en la asistencia a centros escolares. La opinión mayoritaria de los ciudadanos estadounidenses no ha sido favorable a entender como respuesta “más adecuada” esa demostración "de fuerza" por una importante parte de la comunidad hispana; faltar a la escuela o al trabajo es “equivocado”. Tampoco todas las organizaciones hispanas apoyaron tales acciones. En España, un periódico “gratuito” ha consultado desde su página digital (http://www.20minutos.es/encuesta/515/) sobre la hipótesis de un día sin inmigrantes. De entre algo menos de 2200 respuestas, el 44% (957 votos) consideró que “no se notaría”, el 38% (837 votos) que “todo sería un caos”. El resto, 18% (398 votos), “no sabe”. El desconocido método y campo de la encuesta cuestiona la fiabilidad de los resultados. Algunos de los comentarios que se insertan me han producido verdadero estupor intelectual.
He pensado que sería más confiable sondearme a mí mismo. Así, acude a mi memoria A View from Bridge (1955), de Arthur Miller (Nueva York, 1915- Connecticut 2005), representante de la “tragedia contemporánea”, quien fue Premio Principe de Asturias del 2002.
Trata sobre la inmigración europea hacia Estados Unidos. Eran allí italianos. Se estrenó en España a finales de diciembre de 2000 en adaptación de Eduardo Mendoza y bajo dirección y montaje de Miguel Narros, que con ella obtuvo seis premios Premios Max de las Artes Escénicas. Del texto hay edición en la colección Marginales de Tusquets (Arthur Miller, Panorama desde el puente, trad. y pról. de E. Mendoza, Barcelona, 2003, 119 pp.). No haré público el resultado de mi autoconsulta, aunque creo que ya es adivinable. Expresaré, sí, desde luego, una viva recomendación a la lectura de ese texto. Son varias las interrogantes de sentido ético que el mismo suscita; solidaridad, intolerancia, ley, y delación. Me quedo con la voz coral del abogado Alfieri: “Ahora nos conformamos con la mitad”.

José Calvo González

Thursday, May 04, 2006

Del arte de contar historias. Otra vez regresando a Benjamin.

“Como he dicho más de una vez, se está acabando el arte de relatar... Comprendí también que quien no se aburre no sabe narrar. Pero el aburrimiento ya no tiene cabida en nuestro mundo. Han caído en desuso aquellas actividades secretas e íntimamente unidas a él. Ésta y no otra es la razón de que desaparezca el don de contar historias, porque mientras se escuchan, ya no se teje ni se hila, se rasca o se trenza. En una palabra, pues, para que florezcan las historias tiene que darse el orden, la subordinación y el trabajo. Narrar no es sólo un arte, es además un mérito, y en Oriente hasta un oficio. Acaba en sabiduría, como a menudo e inversamente la sabiduría nos llega bajo la forma del cuento. El narrador es, por tanto, alguien que sabe dar consejos, y para hacerlo hay que saber relatarlos. Nosotros nos quejamos y lamentamos de nuestros problemas, pero jamás los contamos”. Walter Benjamin, “El pañuelo”, en Historias y relatos, trad. de G. Hernández Ortega, Península, Barcelona, 1997, pp. 43.

El cuento de la buena pipa. De una fábula de fumadores y sobre el talismán del narrador

Todos hemos oído alguna vez El Cuento de la buena pipa, que es una entre las muchas vaviantes de los "Cuentos de nunca acabar".


El cervantólogo y folclorista sevillano Francisco Rodríguez Marín (1855-1943) hace referencia al "cuento de la buena pipa, o pipita" en sus Cantos Populares Españoles recogidos, ordenados e ilustarados por.... (1882-1883), Francisco Alvarez y Cía, Sevilla, 5 t. (Hay ed. facsímil de Eds. Atlas, Madrid, 1981), al t I n. 20 pp. 129-130, presentándolo como aquél que con el fin de entretener y burlar la extremada curiosidad de los niños contiene el siguiente diálogo madre e hijo: “¿Quieres que te cuente el cuento de la buena pipita? -Sí. -Yo no digo que digas sí, sino que si quieres que te cuente..., etc. -No. -Yo no digo que digas no, sino que si quieres..., etc.”. Y a continuación menciona otros semejantes en Italia, colectados por el garibaldista Giussepe Pitré (+ 1841), e incluidos en sus Canti Popolari Siciliani, Pedone Lauriel, Palermo, 1870-1871, 2 vols., al vol. II, p. 32; así, por ejemplo, en el lago de Como (“Gli era ôna vôlta ôn om/ Ch’ el stava appôr al dom/Cônt ônt schioppett in spala: /Ho de cüntála?”), y en el Veneto (“La storia de sior Intento,/Che dura multo tempo,/Che mai no se destriga:/Vole’ che ve la diga?”).
Al hilo de lo anterior yo voy a permitirme sugerir otra interpretación. Prefiero entender que El cuento de la buena pipa es, en realidad, una fabula de fumadores que sirve de ilustración a la pedagogía narrativa: “El cuento de la buena pipa” narra acerca del aceduado ritmo del que hay que dotar al relato oral, aludiendo para ello a la gestualidad de los fumadores de pipa. La enseñanza es que el cuento se ha de contar con parsimonia semejante a la del lento ceremonial en el que un fumador de pipa prepara su fumada. Introducir en la cazoleta de la pipa la carga de hebras de tabaco, en pequeña proporción, con tres aportes sucesivos, y utilizando el atacador para prensar, y en adelante someter la primera de ellas a una presión ligera, de fuerza similar a la que ejerciera el dedo de un niño, de un abuelo para la segunda, de un hombre en la última. Seguidamente se enciende el fósforo de madera que produce la ignición, y en la aspiración inicial, muy pausada, da comienzo la combustión del nivel de tabaco que fue puesto más arriba, trasladándose al que está debajo y llegando al que quedó en el fondo. Sucede entonces la delectación de la fumada, con los ojos entrecerrados, y poco más tarde el ligero y moroso abandono de la pipa entre los dedos… Todo ese pautado ritmo y el precioso cuidado con el que el proceso se desevuelve me recuerda al narrador que administra la respiración del relato mientras va consumiendo la anécdota y contando la historia… Unas pocas hebras de tabaco, creciente intensidad de la fumada, profundización en la historia que se cuenta, momentánea deriva y vuelta retomar el hilo del relato cuando éste ya parece estar casi apagado…
Un texto de Walter Benjamín (1892-1940) completa esta intuición: “Pensé en la pipa del capitán, aquella pipa que vaciaba golpeándola cada vez que empezaba una historia y volvía a sacudir cuando callaba, pero que entretanto dejaba que se consumiera apaciblemente. Tenía la embocadura de ámbar, pero su cabeza era de cuerno engastado en plata. Había pertenecido a su abuelo y creo que era el talismán del narrador. Hoy en día estas cosas ya no existen, porque todos esos chismes no duran ahora lo que debieran. Quien usa un cinturón de piel hasta que termina cayéndose a pedazos, siempre encontrará que con el correr del tiempo alguna historia ha quedado prendida en él. La pipa del capitán debía conocer muchas.” Walter Benjamin, “El pañuelo”, en Historias y relatos, trad. de G. Hernández Ortega, Península, Barcelona, 1997, pp. 43-44.
José Calvo González
( Las imágenes corresponden a "Chico con pipa" [Picasso 1905], y al dibujo que Vincent van Gohg tituló como "Head of Fisherman with a Son´wester")