Wednesday, August 30, 2006

La memoria no olvida, por Philippe Gaillard

Durante las tres últimas décadas, centenares de miles de personas —en su mayoría civiles— han desaparecido o, para ser más precisos, han sido desaparecidas como consecuencia de situaciones de conflicto armado o de violencia interna.
Millones de personas en el mundo desconocen el paradero de sus familiares y seres queridos. En América Latina, por ejemplo, no han sido pocos los países afectados por esa dramática realidad, a excepción, podría decirse, de Costa Rica.
Esta difícil circunstancia hizo que, entre comienzos de la década de los ochenta y principios del nuevo siglo, los gobiernos de Argentina, Chile, Guatemala y Perú diseñaran mecanismos oficiales con el fin de esclarecer, de forma fidedigna y detallada, los hechos de violencia que tuvieron lugar en su territorio, y que ocasionaron el trágico saldo de miles de muertos y desaparecidos.
Sin duda, la problemática de las personas desaparecidas siempre ha sido central en estos procesos de investigación que forman parte de un complejo y difícil, pero necesario, camino hacia la reconciliación nacional.
En efecto, es muy difícil desarrollar un proceso de reconciliación en una sociedad, cuando las aguas turbias del pasado recorren aún el presente de miles de personas, cuyas vidas se ven atormentadas a diario por la violencia, los horrores y los crímenes vividos por ellos y sus familiares en el pasado.
En otras palabras, es ilusorio hablar de reconciliación sin tomar en cuenta la sensibilidad y el sufrimiento de las personas cuya memoria se congeló en algún momento a partir de los años setenta en tantas partes de América Latina.
La suspensión de las hostilidades por la fuerza o por el inteligente pero precario camino de la diplomacia y de la negociación no significa obligatoriamente la paz. En todo caso no para los que han perdido a sus familiares, que han visto su casa destruida, que han sufrido la tortura o la terrible humillación de la violación sexual.
Por ello, parece urgente y necesario que paralelamente a la creación de instrumentos jurídicos —como el Estatuto de Roma para la Corte Penal Internacional— los Estados se aboquen a la implementación del derecho ya existente y lo hagan respetar.
El derecho, antes de ser un objeto de estudio para los círculos académicos, tiene que ser instrumento de aplicación efectiva en el terreno, en tanto su razón de ser, eficacia y credibilidad se encuentran en su impacto político y en sus efectos protectores.
Así, el derecho a saber la verdad, el derecho a dar una sepultura digna a los seres amados que permita llevar adelante el proceso de duelo, es un derecho inalienable de los familiares de las personas desaparecidas. Ellos además tienen derecho a que se haga justicia y que los responsables sean detenidos y sancionados.
Durante un conflicto armado siempre hay muertos, heridos y desaparecidos. Siempre los ha habido y siempre los habrá. Con la rabia de las armas uno puede matar a cuanta gente pueda o quiera. Hay sin embargo, una cosa que uno no logra matar nunca: la memoria.
La memoria es el material más invisible y más resistente que haya en la tierra. No se puede cortar como el diamante, no se le puede disparar porque no se ve. Sin embargo, se encuentra por todas partes, alrededor de cada uno de nosotros, llena de silencio, de sufrimiento callado, de miradas ausentes y de susurros.
A veces uno la puede oler y entonces la memoria llega a nuestros oídos como el susurro del silencio. A veces el olor se torna insoportable, aún cuando las cosas han sido olvidadas durante décadas. Los muertos gritan y los desaparecidos gritan más fuerte aún. Parece que no hay tumba que los pueda callar y es que ni siquiera la tienen. Los gritos salen directamente al aire.
Por ello, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) invierte toda su energía en prevenir violaciones al derecho humanitario durante los conflictos armados. No obstante, lamentablemente y frecuentemente, el CICR está reducido a heredar los traumas y a tratar con las terribles consecuencias de la guerra, lo que es sumamente frustrante.
Los familiares de los desaparecidos son parte de esa memoria. Algunos logran perdonar, ninguno logra olvidar. El Comité Internacional de la Cruz Roja, tampoco.

Philippe Gaillard es Jefe de la Delegación Reguonal para Bolivia, Ecuador y Perú del Comité Internacional de la Cruz Roja
(Publicado en el diario nicaraguense La Prensa, edición digital de 31 de agosto de 2006)

Monday, August 28, 2006

De la verdad y de la verdad judicial, por César Hornero Méndez

El pasado 31 de julio la Audiencia Provincial de Sevilla dictó sentencia absolviendo a los cuatro acusados en el conocido como caso Ollero. Habían sido ya condenados por la misma Audiencia Provincial en 1999, por diversos delitos (cohecho y tráfico de influencias, entre otros), todos ellos relacionados con el supuesto pago de comisiones ilegales para la adjudicación de la construcción de un tramo de carretera entre Málaga y Granada. Ha sido, por tanto, la segunda vez en la que el tribunal sevillano ha tenido que pronunciarse sobre este asunto que se remonta nada más y nada menos que a 1992. Esta segunda resolución tiene su origen inmediato en la sentencia del Tribunal Constitucional de 29 de octubre de 2003 en la que, tras declarar inconstitucionales las escuchas telefónicas realizadas a los acusados, se ordenaba la remisión del caso a la Audiencia Provincial. La consecuencia ha sido la absolución del entonces director general de carreteras de la Junta de Andalucía, su hermano y dos directivos de la empresa constructora implicada.
En la sentencia –en la que se reconoce que algunos extremos del caso pueden extrañar y rechinar "al ciudadano medio"–, la absolución se fundamenta en dos razones: primero, en que la prueba de cargo se basaba en las escuchas telefónicas declaradas ilegales por el TC; y segundo, en que se sustentase también dicha prueba en las declaraciones realizadas en el sumario por los acusados, declaraciones no corroboradas posteriormente por ellos mismos en el juicio al acogerse a su derecho a no declarar. Con estos "mimbres probatorios", concluye el tribunal, "no han quedado probados los hechos que constituían el sustento fáctico de la acusación".
Esta resolución judicial, además de a algunas evocaciones de nuestro pasado inmediato, una parte de éste desde luego no muy edificante, ha dado lugar a las lógicas reacciones de satisfacción mostradas por algunos de los acusados y sus letrados defensores. Entre ellas, en general poco originales, ha abundado la invocación al triunfo del Estado de Derecho y a la confianza final en la Justicia. Pura palabrería de circunstancias, si exceptuamos las manifestaciones de uno de dichos abogados, un brillante y conocido penalista sevillano, sin duda el más pertinaz de todos ellos, artífice del recurso ante el Tribunal Constitucional desencadenante de la nueva resolución: "No se puede alcanzar la verdad a cualquier precio", ha dicho. Esta única y rotunda frase, en la que alude al que califica como "tortuoso camino de pruebas ilegales", lo que en su opinión ha caracterizado a este proceso, nos ofrece uno de los perfiles más interesantes de esta sentencia. Y es que la afirmación no tiene desperdicio. Nos permite, de un lado, descubrir la relación y la diferencia que puede existir entre la verdad y la llamada verdad judicial o procesal, para entendernos, la verdad que se establece en un proceso judicial, la verdad que se extrae de los hechos que deben probarse en éste. Estas dos verdades pueden no coincidir. A muchos sorprenderá que se hable de dos verdades, como si la verdad no fuese única, o como si pudiese graduarse o clasificarse. Precisamente en relación con esto último, la manifestación del letrado hace posible, de otro lado, el estupor de muchos, que pensarán que la verdad es la verdad y que siempre ha de imponerse, sea donde sea, incluso en un proceso judicial. Esta sentencia nos demuestra que la evidencia de los hechos puede no ser bastante. En este caso, por ejemplo, no ha sido suficiente que el hermano de quien era director general de carreteras de la Junta de Andalucía fuese sorprendido con un maletín con veintidós millones de pesetas o que la empresa implicada guardase extrañamente en su sede grandes cantidades de dinero en metálico para pagos ordinarios.
La verdad en el proceso no puede alcanzarse de cualquier modo y lo que puede ser suficiente en otros ámbitos no lo es en éste. El coste, el precio de la verdad judicial quizá lo constituya el propio proceso. Es bueno que así sea. La aspiración del proceso judicial debe ser, como ha señalado Taruffo, obtener decisiones verdaderas y justas; esto es, decisiones basadas en la verdad, que hagan posible la realización de justicia. Lo que cuesta entender es que sean justas decisiones en las que la verdad parece estar ahí pero no se alcanza. Y es que las reglas del proceso, las reglas que deben servir para determinar la verdad, pueden llegar a ser igual de importantes, si no más, que la propia verdad.
Pero una sentencia como ésta nos deja también el regusto de las oportunidades perdidas, de tantas ocasiones desperdiciadas en nuestra historia política reciente. El caso Ollero y por desgracia otros muchos más fueron también, paradójicamente, una oportunidad para progresar, para construir en nuestro país una cultura pública decente, esa en la que, como destaca últimamente Michael P. Lynch, la verdad sigue teniendo mucha importancia. Y sobre todo esa en la que no todo está confiado al Derecho y a los jueces y en la que la moral y la ética desenvuelven un papel fundamental.
Publicado en el diario Málaga Hoy (Málaga), ed. de 28 de agosto de 2006, p. 5
(César Hornero Méndez es Dr. en Derecho y Profesor Asociado del Departamento de Derecho Privado. Área de Derecho Civil. Universidad Pablo de Olavide)

Monday, August 21, 2006

Las luces y las sombras, por Gregorio Peces-Barba Martínez

La posición de la Iglesia institucional española, sobre todo de algunos cardenales y obispos, no tiene precedente comparado con la postura y el comportamiento de las demás iglesias cristianas, incluidas las católicas en el resto de Europa. Quieren seguir teniendo el monopolio de las luces y de la verdad, no sólo en el campo religioso, sino también en el científico, en el educativo, en el cultural y en el político. Esas pretensiones acabaron en Occidente con el Siglo de las Luces. La extensión a todos los campos del principio evangélico "la verdad nos hará libres" es el impulso y la justificación intelectual de esas posiciones. Sin embargo, es un error histórico esa extensión a un mundo antropocéntrico y secularizado donde el hombre es el centro y está centrado en el mundo. Quizá, lo cierto es que se ajusta a esas condiciones culturales que arrancan de la Ilustración y que tienen como centro la libertad y aseguran su implantación como el cauce para construir verdades en la ciencia, en la educación, en la cultura y en la política. Es la libertad, pues, la que nos ayuda a ser más verdaderos.
Naturalmente, estas posturas de la jerarquía, con la aparición de la democracia, del Estado liberal y de los derechos fundamentales, quedan en Occidente un poco en el vacío. No sé si algún eclesiástico añorará la situación de otras religiones monoteístas, donde los jefes religiosos están por encima y controlan a los políticos elegidos por sufragio universal. Si fuese así, aunque no lo confesasen, deberíamos concluir que están infectados de una grave enfermedad de imposición de la ética privada sobre la ética pública.
Quizá, el último ejemplo de ese delirio es la oposición a la asignatura Educación para la ciudadanía por parte de esos sectores católicos, que ha culminado con la afirmación incomprensible del cardenal Rouco de que puede ser contraria a la Constitución, que puede ser inconstitucional.
Son tesis que recuerdan a la reacción antiilustrada del siglo XIX, donde De Bonald y De Maistre, y Juan Donoso Cortés en España, defienden una sociedad teocéntrica basada en el orden divino expresado a través del pensamiento de la Iglesia Católica. Sus tesis son las mismas de los años cuarenta, un poco moderadas y enmascaradas a través no sólo de apelaciones a la verdadera democracia, que ellos representan mejor que nadie, y de afirmaciones sobre su defensa permanente de los derechos humanos con una inocencia histórica que olvida el "Syllabus" y toda la restante doctrina pontificia desde la "Mirari Vos" a la "Libertas". En realidad, siguen muy influidos por el segundo Donoso Cortés del Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo (1851), del Discurso sobre la Dictadura (1849, en el Congreso de los Diputados), de la "Carta al Director de la Revue des Deux Mondes", de su discurso Sobre la situación general de Europa (1851), de la Carta al Cardenal Fornani (1852) o de "Los sucesos de Roma" (El Heraldo, noviembre de 1848), entre otros. Releyendo la excelente edición del Ensayo del profesor Monereo en Comares aparecen muchas ideas que nuestros señores cardenales y obispos repiten hoy: "El orden pasó del mundo religioso al mundo moral y del mundo moral al político. El Dios católico, creador y sustentador de todas las cosas, las sujetó al gobierno de su providencia y las gobernó con sus vicarios. La idea de autoridad es de origen católico" (Ensayo, página 15); o "No hay verdad que la Iglesia no haya proclamado, ni error al que no haya dicho anatema. La libertad en la verdad ha sido para ella santa; y en el error, como el error mismo, abominable: a sus ojos el error nace sin derechos y vive sin derechos" (Ensayo, página 24). Repudiará a la "democracia insensata y feroz, sin Dios y sin ley que oprime a la unidad y conturba al mundo" ("Los sucesos de Roma", Obras completas, Tomo II, página 183). Un examen de las obras que acabamos de reseñar permite encontrar en todas ellas restos de ese pensamiento. Se unen también otras ideas muy arraigadas en la cultura eclesiástica, que no evangélica, como la miseria humana que desprecia al hombre en el mundo o la de los dos reinos, el de los justos y el de los pecadores, que divide e impide el desarrollo de la igual dignidad de todas las personas. La distinción muy arraigada entre jerarquía y fieles, los pastores y el rebaño de que habla Pío X, o el diferente trato a la mujer en el interior de la Iglesia, son también rasgos que impiden la igual dignidad. La idea kantiana de que somos seres de fines, que no podemos ser utilizados como medios y que no tenemos precio se aplica con dificultad a esa cultura. Controlar y monopolizar, negando la autonomía a la ciencia, a la filosofía y a la política, para estos eclesiásticos no son ideas medievales y superadas, sino ideas vivas y actuantes en su tarea.
Por eso no pueden admitir que la enseñanza de un Estado democrático pueda transmitir los valores de libertad, de igualdad, de pluralismo y de justicia que están en el artículo primero de la Constitución. Tampoco otros complementarios como la tolerancia, la solidaridad y la seguridad. Ni las reglas y los procedimientos que aseguran la convivencia desde el Estado de Derecho. Los valores son monopolio de la Iglesia y de su enseñanza religiosa. De nuevo De Bonald, De Maistre o Donoso Cortés suministran los razonamientos. Ninguna de las verdades históricas, de las conquistas intelectuales, médicas o científicas, les conmueven. Con su inocencia histórica se niegan a reconocer que desde el siglo XVIII han perdido el monopolio educativo y la enseñanza en valores. Sus valores son válidos para los creyentes y no se admite que haya valores secularizados para todos los ciudadanos, creyentes y no creyentes.
La crítica y la progresiva sustitución de la educación clásica criticada ya en siglos anteriores por Rabelais o Montaigne, especialmente por su concepción pesimista sobre las capacidades del niño, no es aceptable para ellos. Es ya la tesis de la miseria humana desde la infancia. Las posiciones de Condillac, D'Alambert, Rousseau, Filangieri o Condorcet modificaron el escenario. Aparecerá la idea de la educación universal como derecho y como deber desde el desarrollo democrático de la sociedad. La Chalotais, en su Essai sur l'Education Nationale de 1763, planteará la responsabilidad del Estado en la educación nacional. Se propugnará la unificación de los programas, se diseñarán las diversas etapas educativas según las edades de los niños y se impulsarán las lenguas nacionales para sustituir al latín. Condorcet defenderá la igualdad de sexos y de oportunidades educativas para las mujeres, pero será un diagnóstico aún solitario.
En España, Carlos III asumirá las posiciones ilustradas y creará los Reales Estudios de San Isidro en Madrid, proclamando a la enseñanza primaria y secundaria como servicio público. El Conde de Floridablanca creará el Real Seminario patriótico vascongado, que Menéndez Pelayo considerará la primera escuela laica en España. Otros autores, como Jovellanos, Cabarrús o Meléndez Valdés, defienden una enseñanza laica, común para todos los ciudadanos y en diversas etapas desde la primaria a la superior. El Emilio español, el Eusebio, una novela pedagógica del ex jesuita Pedro Montegón, difundirá la nueva pedagogía y sostendrá que la moral puede enseñarse prescindiendo de la religión.
Esta corriente en España se consolidará en el siglo XIX con la obligación pública de una enseñanza única y gratuita bajo la supervisión del Estado. La enseñanza laica, pública y gratuita se generalizará en Francia a partir de la Tercera República, y en Italia a partir de 1870, después de la unidad. En Inglaterra empezó la intervención del Estado con la Ley Gladstone de 1870, y la gratuidad se estableció en 1891. En todos los países en que avanza en el siglo XIX y se completa en el siglo XX la educación nacional obligatoria, gratuita y laica, la escuela se reconvierte en un núcleo de igualdad social y de liberación intelectual, dos objetivos centrales del mundo moderno.
En esa línea, la Constitución de 1978 establece el derecho a la educación, pero permite la enseñanza privada e incluso la puede subvencionar si cumple el objetivo general de la educación, señalado en el artículo 27.2: "La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales".
La enseñanza privada, concertada o no, está sometida a estas reglas, aunque además podrá explicitar su carácter propio. Desconocer esta obligación general y esta competencia plena de los poderes públicos en materia educativa es un signo más de la desmesura de la verdad que nos hace libres. Ya dijeron los obispos en 1988 que ellos eran depositarios de verdades que están por encima de las coyunturales mayorías, con el peso de la superioridad de la teología sobre el pensamiento.
Así, se atreven a decir que la Educación para la ciudadanía es incluso inconstitucional. Desgraciadamente para ellos la sociedad no les va a seguir en ese intento teocrático de control. Es una forma más de rechazo real a la modernidad.
Reproducido de El País (Madrid), ed. de 22 de agosto de 2006. Opinión)
(Gregorio Peces-Barba Martínez es catedrático de Filosofía del Derecho y rector de la Universidad Carlos III de Madrid)

Sunday, August 20, 2006

¡Ojo, al ojo!

Ha corrido mucha agua bajo el Puente de Londres desde que Bentham lo cruzó la última vez. Menos bajo los de París, aunque en cantidad muy abundante, desde que Foucault atravesara por cualquiera de ellos de una a otra ribera del Sena. Los recordaba a ambos estos días con motivo de la sentencia de un juez federal en EEUU declarando ilegales las escuchas telefónicas sin orden judicial que ha venido realizando la maquinaria de la NSA norteamericana. Del británico, en especial, su inquisitivo Panoptico, no menos velado sin embargo. Del galo sus reflexiones sobre "ver sin ser visto", carácterística del omniscente poder estatal.
Ahora la instalación de circuitos televisivos de vigilancia en lugares de trabajo, centros comerciales y vías urbanas se extiende como una mancha de aceite. Mi impresión es que este lubricante es como el santolio para la unción de derechos en situación terminal. Desde luego hay jurisprudencia que sostiene la escrupulosa constitucionalidad de la instalación de esos aparatos de grabación, y el legislador ha procedido a regular la finalidad, tiempo de archivo y destrucción de las filmaciones. Pero nada de eso evita a muchos ser susceptibles, más allá de sentirse incómodos.
Porque, claro, pienso yo que el verdadero problema de esas cámaras no está en la recogida de las imágenes indiscretas, sino precisamente de las discretas.
José Calvo González

Sunday, August 13, 2006

Sobre el Plan Bolonia, y a propósito de(l) Usted

Estoy en el profundo convencimineto de que a la Universidad, no únicamente tal la conocemos, le queda poco más poco menos una década. También, que no será una década prodigiosa. Está contribuyendo a ello de modo muy significativo el llamado "Plan Bolonia", con añadidos específicos originados en los nuevos regímenes legales de la educación media y superior. El primero, para el que no he encontrado un sólo sincero creyente, ni aún con dudas de fe, es seguro fruto del designio de algún ex-alumno rencoroso, empeñado con ferviente voluntad en servirse una venganza heladísima. En cuanto a las "leyes de educación" y sus propiciadores modelos ergonómicos de relación profesor/alumno, ellas se ocuparán de hacer el resto, la faena más dura y enojosa quizás, pero también obtendrán su preciada recompensa, meritadísima.
Y así, mientras consumo el tiempo de espera, que no será mucho, me solazco con la "incorrecta" lectura de la Crónica que Elena Tusquets publica con el título Requém por el usted, aparecida en el núm. 768, de 12 de agosto de 2006, de Babelia. El Pais (http://babelia.elpais.es). Dice:
"Cuando yo era niña, a comienzos del siglo pasado -¿cómo pueden decir algunos que la vida es corta o que pasa en un soplo?, a mí me parece interminable-, el tuteo se utilizaba con los amigos, con la mayoría de familiares, con las personas de confianza, y desde luego con nosotros, los niños. También la gente sencilla solía emplear más el tuteo. El usted quedaba reservado a las personas con las que no existían relaciones estrechas de parentesco o amistad. Marcaba una distancia, un respeto. Por eso me llamaba la atención que algunos niños tuvieran que tratar de usted a sus padres. Era el caso, bien próximo, de mi abuela paterna, a quien todos los hijos, y por supuesto los nietos, tratamos siempre de usted. No me gustaba ni pizca usar un tratamiento tan protocolario con un pariente tan próximo.
Existía otro tratamiento, el vos, que me fascinaba. Quizás porque sólo lo encontraba en el teatro y en los cuentos de hadas, y eso le confería un toque mágico. Era propio de príncipes y princesas, de damas y caballeros de otros tiempos, y carecía del matiz un punto engolado y antipático y oficinesco del usted. Descubrí con envidia que algunos niños voseaban a sus padres en catalán. Pero el réquiem por el vos debió de entonarse hace ya tiempo, porque oigo que mi nieto y sus amigos utilizan también en catalán el tuteo con sus padres.
Quedan, pues, el tú y el usted, enzarzados en una pugna donde el usted va perdiendo inexorablemente terreno. Es una batalla que iniciaron los "progres", que iniciamos los "progres", en los sesenta. Parecía una medida igualitaria, izquierdosa, un modo más de eliminar las diferencias de clase. Pero tenía un fallo irremediable: no existe mayor clasismo que dirigirse de tú a individuos que por su condición se ven forzados a tratarte a ti de usted, no existe peor clasismo que tutear a las criadas, al chófer, al camarero de un buen restaurante. No hay nada que haga tan explícita la diferencia. Mientras no exista, claro, un sistema en que el tuteo sea obligado para todos.
Si no hay una razón ideológica que lo justifique, si no se trata de que sea "políticamente correcto", ¿qué ventajas reporta empobrecer el lenguaje eliminando el usted? ¿No es preferible que haya más alternativas, mayor posibilidad de matices y de juegos? ¿Por qué no marcar en el lenguaje unas diferencias que se dan en la realidad? ¿En qué mejora la relación profesor-alumno que el chaval que ingresa en la Universidad tutee desde el primer día al catedrático? ¿Por qué la dependienta de un supermercado, la empleada de una peluquería, a las que llevo cuarenta años y a las que quizás veo por primera vez, han de tratarme de tú? ¿Es acertado que una compañía aérea -Vueling- muestre lo muy moderna que es y busque granjearse al público más joven mediante el uso generalizado del tuteo, y de tú nos hable el capitán por el altavoz y con el tú se nos dirijan a las ancianas pasajeras las azafatas de veinte años?
Comprendo que es inútil pretender que nadie me trate de vos, como a las princesas de los cuentos y a las damiselas medievales, pero me gustaría que las personas con las que no media confianza ninguna y, sobre todo, si son mucho más jóvenes, me trataran inicialmente de usted, hasta que fuera yo quien les propusiera apear el tratamiento. Porque ésta es otra ventaja de que subsista el usted: la posibilidad de que llegue el momento, a veces de alto valor simbólico, en que la persona de mayor respeto ofrece el paso al tuteo y traslada así la relación a un plano distinto y superior".

Thursday, August 10, 2006

Proyecto "Gran Simio". Juan Luis Arsuaga: los chimpancés «merecen tener derechos». Con alguna recomendación bibliográfica

El paleontólogo y codirector del yacimiento de Atapuerca Juan Luis Arsuaga se mostró ayer favorable al proyecto Gran Simio al afirmar que los chimpancés son tan parecidos a los humanos «que algo nos dice en nuestras tripas y en nuestro corazón que merecen tener derechos». Arsuaga, que participó en los cursos de El Escorial, defendió su postura argumentando que esta sensibilidad «la debería compartir todo el mundo». El paleontólogo dudó de que a alguien le parezca «moralmente aceptable que se torture o experimente produciendo dolor a un chimpancé». Para este científico, los monos «se merecen otro trato y parece que ahora la gente está decidida a dárselo». Luego bromeó al señalar que es «normal que esos sentimientos no nos los despierte un boquerón, o una lechuga, pero en el caso de los primates todo es diferente». Arsuaga finalizó su alegato señalando que «no todo es aceptable» y que todas las especies «deberían poseer unos derechos». En cuanto a sus actuales proyectos, el paleontólogo adelantó que en breve pondrá en marcha en Madrid una excavación en busca de restos de neandertales con una antigüedad superior a los 80.000 años.
Un paso adelante
En los trabajos colaborarán durante un mes expertos paleontólogos y excavadores. Con los restos que se encuentren se espera poder determinar las actividades y las costumbres que tenían los neandertales y la fauna que habitaron el Valle del Alto Lozoya durante el último periodo interglaciar. El codirector de Atapuerca recordó el papel «mundialmente destacado» que tiene España en la investigación prehistórica: «Este año apenas se han encontrado fósiles humanos en toda Europa y en Atapuerca hemos extraído cerca de 300», concluyó.
Fuente: David Junquera. Colpisa. San Lorenzo de El Escorial (Madrid). Publicado en Diario SUR (Málaga), 10 de agosto de 2006.
Y estas recomendaciones bibliográficas:
Los trabajos de Frans De Waal, La política y el sexo entre los simios, trad. de P. Teixidor Maisell, Alianza Editorial, Madrid, 1993, y Bien natural. Los orígenes del bien y del mal en los humanos y otros animales, trad. de I. Ferrer, Editorial Herder, Barcelona, 1997.