Thursday, September 28, 2006

La ventaja a medias de la selección genética, por Peter Singer


El avance del conocimiento, muchas veces, es una ventaja a medias. En los últimos 60 años, la física nuclear ha sido un ejemplo obvio de esta verdad. En los próximos 60 años, la genética puede ser otro.
Hoy, compañías emprendedoras ofrecen, a cambio de un honorario, brindarnos información sobre nuestros genes. Dicen que este conocimiento nos ayudará a vivir más y mejor. Podríamos, por ejemplo, hacernos chequeos adicionales para detectar señales tempranas de las enfermedades que más riesgo tenemos de contraer o alterar nuestra dieta para reducir ese riesgo. Si nuestras probabilidades de una vida prolongada no son buenas, podríamos comprar más seguro de vida o incluso jubilarnos antes y así tener suficiente tiempo para hacer lo que siempre quisimos hacer.
Los defensores de la privacidad se esforzaron, con cierto éxito, para impedir que las compañías de seguro exigieran pruebas genéticas antes de emitir un seguro de vida. Pero si los individuos pueden llevar a cabo las pruebas que se les prohíben a las compañías de seguro, y si quienes reciben información genética adversa entonces compran seguro de vida adicional sin revelar las pruebas que se realizaron, están engañando a otros tenedores de seguros de vida. Las primas tendrán que aumentar para cubrir las pérdidas y quienes tengan una buena prognosis genética pueden rescindir su seguro de vida para evitar subsidiar los engaños, haciendo que las primas suban aún más.
Todavía no hace falta que nos alarmemos demasiado. La Oficina de Responsabilidad Gubernamental de Estados Unidos (GAO) envió muestras genéticas idénticas a varias compañías que realizan estas pruebas y obtuvo una respuesta muy variada y básicamente inútil. Pero, a medida que la ciencia mejore, habrá que enfrentar el problema del seguro.
Elegir a nuestros hijos plantea problemas éticos más profundos. Esto no es nuevo. En los países desarrollados, las pruebas de rutina que se les practican a las mujeres embarazadas de más edad, combinadas con la disponibilidad del aborto, redujeron significativamente la incidencia de patologías como el síndrome de Down. En algunas regiones de la India y de China donde las parejas están ansiosas por tener un hijo, el aborto selectivo ha sido la máxima expresión de sexismo y se lo ha practicado a tal extremo que está alcanzando la mayoría de edad una generación en la que los representantes masculinos enfrentan una escasez de parejas femeninas.
La selección de los hijos no necesariamente tiene que ver con el aborto. Desde hace varios años, algunas parejas en riesgo de transmitir una enfermedad genética a sus hijos utilizaron la fertilización in vitro. Mediante este mecanismo, se producen varios embriones, se los somete a una prueba para detectar en ellos el gen defectuoso y se implantan en el útero de la mujer sólo aquellos que no lo tienen. Ahora las parejas están utilizando esta técnica para no transmitir genes que impliquen un riesgo significativamente elevado de desarrollar ciertas formas de cáncer.
Como todos acarreamos algunos genes adversos, no hay una línea definida entre seleccionar en contra de un chico con riesgos por encima de lo normal de contraer una enfermedad y seleccionar a favor de un chico con perspectivas de salud inusualmente promisorias. Por lo tanto, la selección genética inevitablemente avanzará hacia el mejoramiento genético.
Para muchos padres, nada es más importante que ofrecerle a su hijo el mejor arranque posible en la vida. Compran juguetes costosos para maximizar el potencial de aprendizaje de su hijo y gastan mucho más en escuelas privadas o profesores particulares después de clase con la esperanza de que él o ella obtengan buenas calificaciones en los exámenes que determinan el ingreso a universidades de elite. Tal vez no pase mucho tiempo hasta que podamos identificar los genes que mejoran las posibilidades de éxito en esta búsqueda.
Muchos condenarán esto como un resurgimiento de la “eugenesia”, la visión, particularmente popular a principios del siglo XX, de que se deberían mejorar los rasgos hereditarios a través de la intervención activa. De modo que, de alguna manera, y en manos de regímenes autoritarios, la selección genética podría asemejarse a los males de las formas anteriores de eugenesia, con su defensa de políticas oficiales odiosas y seudo-científicas, particularmente las referidas a la “higiene racial”.
En las sociedades liberales regidas por el mercado, en cambio, la eugenesia no será impuesta coercitivamente por el Estado para el bien colectivo. Más bien, será el resultado de la elección paterna y el accionar del mercado libre. Si esto deriva en que la gente sea más sana y más inteligente, con mejores capacidades para resolver problemas, será algo positivo. Pero incluso si los padres toman decisiones que son buenas para sus hijos, podría haber peligros además de bendiciones.
En el caso de la selección del sexo, es fácil ver que las parejas que eligen independientemente lo mejor para sus hijos pueden producir un resultado que deja peor parados a sus hijos que si nadie pudiera elegir su sexo. Algo similar podría pasar con otras formas de selección genética. Como la altura superior al promedio tiene correlación con el ingreso superior al promedio, y en la altura, claramente, hay un componente genético, no es irrisorio imaginar que las parejas elijan tener hijos más altos. El resultado podría ser una “carrera armamenticia” genética que derive en chicos cada vez más altos, con costos ambientales significativos generados por el consumo adicional requerido para alimentar a seres humanos más grandes.
Sin embargo, la implicancia más alarmante de este modo de selección genética es que sólo los ricos pueden permitírselo. La brecha entre ricos y pobres, que ya es un desafío para nuestras ideas de justicia social, se volverá un abismo que la simple igualdad de oportunidades no podrá achicar. Ese no es un futuro que cualquiera de nosotros aprobaría.
Pero evitar este resultado no será fácil, ya que requerirá que la selección para el mejoramiento genético no esté disponible para nadie o esté al alcance de todos. La primera opción requeriría coerción y, dado que los países no aceptarán que otros cuenten con una veta competitiva, un acuerdo internacional para renunciar a los beneficios que pueda aportar el mejoramiento genético. La segunda opción, el acceso universal, exigiría un nivel sin precedentes de asistencia social para los pobres y decisiones extraordinariamente difíciles sobre qué subsidiar.
(trad. de Claudia Martínez)
Peter Singer es profesor de bioética en la Universidad de Princeton
Copyright: Project Syndicate, 2006

Sunday, September 24, 2006

América Latina: pensamiento y realidad, por Alejandro Serrano Caldera


En los días comprendidos entre el 13 y el 16 de septiembre se realizó en Buenos Aires, en la Universidad Nacional Tres de Febrero, el VIII Congreso Internacional de Estudios Latinoamericanos, en el que un grupo de filósofos, sociólogos, antropólogos, juristas, economistas y lingüistas, convocados a la reflexión y debate y provenientes de diferentes países de América Latina, se dieron a la tarea de pensar nuevamente la región a partir de temas como la interculturalidad, la educación, la política, la integración, la historia de las ideas, todo ello a partir de un enfoque filosófico a través del cual reconstruir conceptualmente la realidad latinoamericana, el desarrollo de su pensamiento y las perspectivas que a ambos se ofrecen en el presente y en el futuro inmediato.
Como parte de las actividades del Congreso se realizó en el Centro Cultural Borges la presentación de libros, enciclopedias y revistas entre los que cabe mencionar, Semillas en el Tiempo, el latinoamericanismo filosófico contemporáneo y la edición conmemorativa del 40 aniversario del Anuario de Filosofía Argentina y Americana del Instituto de Filosofía del mismo nombre, ambos de la Universidad de Cuyo, Mendoza, Argentina; fueron presentados, además, los tres volúmenes de Pensamiento Crítico Latinoamericano, que contiene estudios sobre ontología, metafísica, política, ética, positivismo, postmodernidad, postcolonialismo, praxeología, psicología latinoamericana, racionalidad, simbolismo y teoría crítica, entre otros temas. Se presentó también la Revista de Filosofía, de la Universidad Nacional de Costa Rica, y en esa tarde de libros, presentaciones y comentarios, tuve el agrado de presentar mi libro, Los Filósofos y sus Caminos, aparecido recientemente en Nicaragua.
En el encuentro se pudo apreciar de manera directa el inmenso trabajo intelectual que se realiza en América Latina, y el debate constante en la región en relación con temas fundamentales de su historia, identidad, cultura y posibilidades de desarrollo. Sin embargo, cabe preguntarse, ¿hasta qué punto el pensamiento latinoamericano incide o ha incidido significativamente en el desarrollo histórico de la región? ¿Hasta dónde las reflexiones y propuestas de sus pensadores tienen el peso y la influencia que sería de desear en el acontecer político, económico, social y cultural de los países de Latinoamérica?
Podría pensarse que en el momento actual y pese a la calidad de sus pensadores y a su vasta producción intelectual, la incidencia del pensamiento en la formación de la realidad latinoamericana es insuficiente. Quizás habría que poner el mismo énfasis en el pensamiento crítico, en la reconstrucción racional de la realidad y en la teoría política, que el puesto en el extraordinario esfuerzo referido a la historia de las ideas.
Sin perjuicio de las características particulares de cada país y de las diferencias que entre cada uno de ellos existe, hay rasgos comunes que se repiten negativamente: la dificultad de consolidar la democracia y el Estado de Derecho, el déficit de legalidad y de legitimidad, la conciencia crepuscular acerca de las instituciones, el caudillismo que llena, de mala manera, el vacío que deja el tejido legal, el círculo vicioso de la violencia recurrente y la concepción de la historia más como guerra civil que como diálogo, para usar las palabras de José Coronel Urtecho.
Pienso que la historia política de América Latina debe estudiarse a través de tres hipótesis o aproximaciones de interpretación:
Primera, la separación entre el derecho y la realidad. Sobre este punto se han expresado en numerosos ensayos los escritores mexicanos Carlos Fuentes y Octavio Paz, este último señalando la existencia de un universo jurídico separado del universo real; Fuentes, haciendo ver en su ensayo, Tiempo Mexicano, la separación esquizoide entre el derecho y la realidad.
Segunda, en el texto jurídico está expresada deliberadamente una intención contraria a lo que realmente quiere hacerse. En este sentido, se establecen en la Constitución declaraciones de principios que no piensan cumplirse. Se dice lo que no se hace para hacer lo que no se dice. Esta deliberada ambigüedad ha constituido la clave del ejercicio político latinoamericano.
Tercera, esta estrategia está en el origen mismo de la fundación de las repúblicas latinoamericanas. El poder en las nuevas naciones no fue para los capitanes ilustrados de la Independencia, Bolívar, San Martín, Sucre... sino para las oligarquías criollas que llenaron el vacío dejado por la Corona española en lo que al poder político se refiere, quedando, por otra parte, intactos los privilegios y la mentalidad dominante de la Colonia. El caso de Centroamérica y el de Nicaragua específicamente, no fueron una excepción a esta regla general.
Por ello el drama político latinoamericano consiste no sólo en el hecho de la debilidad de sus instituciones, sino sobre todo en la circunstancia de que los Estados naciones y las repúblicas que surgieron de la Independencia fueron fundadas sobre la mentira construida deliberadamente para mantener las cosas en la misma situación, creando así la tradición del engaño, mientras se anunciaban los cambios en las constituciones, leyes y discursos.
El vacío que dejó el poder autoritario y confesional de la Colonia fue sustituido por la retórica constitucional del liberalismo ilustrado y de las tendencias conservadoras que se diferenciaban de la anterior en el laicismo del Estado y la educación, el matrimonio civil y el divorcio. La Constitución Política ocultaba el escenario de una realidad en el que los bandos de la vieja y nueva oligarquía luchaban por el poder en las interminables guerras civiles que han llenado de dolor y sangre las páginas de nuestras historias republicanas. Al autoritarismo vertical de cruz y espada sucedió la anarquía.
Ésta ha sido nuestra historia. A pesar de ello no se puede negar que, en medio de todo, hay un esfuerzo constante de la teoría y la práctica para superar ese estado de cosas, y que a pesar de las caídas y retrocesos, de los cantos de sirenas y de toda suerte de demagogia algo se ha avanzado, en un lento y difícil caminar que va abriendo poco a poco los senderos de la democracia y del Estado de Derecho.
La filosofía de la historia y la filosofía política deberían hacerse cargo de que la globalización neoliberal ha distorsionado el camino, sumido a los pueblos en una miseria mayor a la vez que ha hecho posible que la demagogia populista y la autocracia de los poderes personales vuelvan a ser una posibilidad, y en algunos casos una realidad, en el horizonte de los pueblos latinoamericanos.
La globalización ha globalizado el capital financiero especulativo y fragmentado la precaria unidad de las sociedades y los pueblos. Se fragmenta lo jurídico de lo político, (el poder político utiliza el derecho como instrumento), la economía de la sociedad y el Estado de la sociedad civil.
Esto produce como consecuencia una crisis múltiple: de representatividad (los representantes no representan a los representados); de legalidad (la ley deviene en instrumento del poder y no en sistema de límites al poder); de legitimidad (la ley no representa la voluntad general sino los intereses dominantes del poder político, económico y financiero); de la conciencia de la institucionalidad (la sociedad no percibe a la institución como la causa y el cauce del poder, sino como un instrumento en manos del poder para legitimar y legalizar sus acciones de facto).
Además, se debilita la soberanía y el Estado pasa a ser parte de un tejido transnacional y se separa cada vez más de la propia sociedad de la que proviene en tanto se integra como vigilante y guardián de los intereses de las redes de poder mundial.
Para poder pensar en una democracia estable y en la consolidación de un verdadero Estado Social de Derecho deben tenerse en cuenta las causas internas y externas que han creado esa realidad concreta y difícil. A pesar de la globalización neoliberal y diría, precisamente por eso, es imprescindible una acción conjunta y consciente de reestructuración de las rupturas entre el Estado, la sociedad y el mercado; la construcción de una ética de los valores que constituya, como dice Joan Prats Catalá, un criterio moral para la acción colectiva; orientar el esfuerzo conjunto a establecer las bases que hagan posible la gobernabilidad democrática; integrar en objetivos comunes los esfuerzos múltiples y dispersos que ejercitan cotidianamente los nuevos sujetos y movimientos sociales.
Todo ello para procurar una verdadera concertación, un diálogo real entre los sectores políticos, económicos y sociales, que sea diálogo y no monólogo por turnos, que permita construir un nuevo contrato social que siente las bases racionales, morales y legales de las nuevas sociedades nacionales y de la sociedad latinoamericana.

Alejandro Serrano Caldera es filósofo y jurista nicaragüense

Publicado en diario La Prensa (Managua. Nicaragua), 24 de septiembre de 2006. Sección Opinión

Suiza e inmigración. Sobre la creación de dos categorías de seres humanos


Suiza aprueba una de las leyes más restrictivas de Europa para frenar la inmigración
La nueva norma abre las puertas de par en par a los europeos y las cierra definitivamente a los extracomunitarios

AGENCIAS/ELPAIS.es - Ginebra
Suiza ha aprobado hoy en referéndum y por una abrumadora mayoría del 70% el endurecimiento de sus leyes de Asilo y Extranjería, que básicamente abren las puertas del país helvético a los extranjeros europeos y la sellan la entrada a los extracomunitarios, salvo a aquellos que posean un alto nivel de estudios o formación profesional. El último recuento dice que aproximadamente el 70% de los votantes de los 26 cantones que integran la Confederación Helvética han dicho sí a esta ley, cuya dureza ha suscitado una de las mayores polémicas de los últimos años en Suiza.
La nueva ley sobre refugiados prevé penas de hasta cinco años de prisión y más de 300.000 euros de multa para quienes dieran albergue a extranjeros con una orden de expulsión en firme. Igualmente, pretende eliminar todas las ayudas sociales, incluidas las de emergencia, a todos los extranjeros cuya demanda de asilo sea considerada improcedente. Entre otras medidas de fuerza, la ley propone también penas de hasta dos años de cárcel para los recalcitrantes y los extranjeros que se nieguen a abandonar el territorio de propia voluntad. La ley exige además que todo demandante de asilo pueda presentar una identificación válida (pasaporte o DNI) dentro de las 48 horas posteriores a su demanda.
En cuanto a los extranjeros, la nueva ley, que reemplaza a la actual de 1931, ha optado por abrir sus puertas a la libre circulación dentro del Espacio Schengen y restringirlo de manera radical a los extranjeros extracomunitarios. La postura que mantienen los partidarios de la ley es que la UE y Europa del Este deberían ser más que suficientes para proporcionar a Suiza la mano de obra necesaria en los empleos de baja cualificación.
La reunificación familiar para los no comunitarios será posible para los niños de hasta 12 años, a fin de permitir "la plena integración de los menores en la sociedad suiza". Pasada esa edad, en principio, las demandas de reunificación pueden ser rechazadas, aunque no así para los europeos, que pueden pedir la reunificación familiar hasta los 21 años. Esto hace que numerosos críticos hablen de "un doble rasero inmoral y una discriminación rayana en la ilegalidad".
Con más de un 20% de extranjeros, Suiza ha sido tradicionalmente un país de inmigración, en el que existen hoy más de 100.000 trabajadores clandestinos de los que más del 30% estarían ocupados en negro en el servicio doméstico. En Suiza viven unos 100.000 españoles a los que las nuevas leyes no van a afectar.
Los detractores
Los detractores, entre los que se encuentran la izquierda, las iglesias y numerosos movimientos sindicales y sociales, ven en estas leyes "un endurecimiento innecesario de una ley que ya es muy dura" y "la creación de dos categorías de seres humanos: los europeos y los no europeos".
"La cuestión no es si las leyes serán aprobadas o no", comentó a EL PAIS Alain Rebetez, antes de conocer el resultado del referéndum, "sino por cuánto margen. Una victoria cercana al 70% [lo que finalmente ha sucedido]provocaría que estas leyes sean aplicadas con un rigor sin precedentes".
Similar es la postura del Partido Socialista, que ha hecho campaña contra estas leyes y acepta resignado a la derrota. Claudine Godat, portavoz del PS, considera que "estas leyes no solucionan nada y crean la posibilidad de que sean pasadas por muchas peticiones de asilo legítimas". La aplicación de la ley sobre los refugiados "puede dejar literalmente en la calle y sin recursos a más de 9.000 personas", ha agregado Godat.
Lucienne Girardier-Serex, pastora de la Iglesia protestante, considera que "en tanto que creyente, ayudar al necesitado forma parte de mi cultura y de mis raíces bíblicas". La religiosa afirma que "si por proteger a alguien en situación desesperada arriesgo una pena de cárcel o multa, bienvenida sea".
El analista Rebetez concluye: "Desde hace décadas, la cuestión de la inmigración y los refugiados es central en la política suiza y ha creado las bases del movimiento populista del caudillo de derechas Christophe Blocher, líder de la UDC".

Publicado en el diario EL PAIS, ed. de 24 de septiembre de 2006. Sección Internacional.
Foto: Musulmanes rezando durante del Ramadan en Lucerna

Monday, September 11, 2006

LIBERTAD Y SEGURIDAD. LA FRAGILIDAD DE LOS DERECHOS (IV). El 11 de septiembre y el nuevo autoritarismo, por Ralf Dahrendorf

Cinco años después de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York y al Pentágono en Washington, el “11 de septiembre” ya no es sólo una fecha más. Ha entrado a la historia como el comienzo de algo nuevo, una nueva era tal vez, pero en cualquier caso un tiempo de cambios. También se recordarán los ataques terroristas en Madrid y Londres y otros lugares, pero es el “11 de septiembre” el que se ha convertido en una frase hecha, casi como “agosto de 1914”.
¿Pero es realmente una guerra lo que empezó el 11 de septiembre de 2001? No a todos les satisface esta idea estadounidense. Durante el apogeo del terrorismo irlandés en el Reino Unido sucesivas administraciones británicas hicieron todo lo posible para no concederle al IRA la idea de que se estaba desarrollando una guerra. Una “guerra” hubiera significado aceptar a los terroristas como enemigos legítimos, en cierto sentido como iguales en una lucha sangrienta donde se aceptan ciertas reglas.
Ésta no es ni una descripción correcta ni una terminología útil en el caso de los ataques terroristas que se pueden describir mejor como criminales. Al llamarlos guerra -y señalar un oponente, normalmente Al Qaeda y su líder, Osama Bin Laden- el gobierno de Estados Unidos ha justificado cambios internos que, antes de los ataques del 11 de septiembre, hubieran sido inaceptables en cualquier país libre.
Muchos de estos cambios se plasmaron en la llamada Ley Patriota. Aunque algunos de los cambios sólo afectaron a regulaciones administrativas, el efecto general de la “Ley Patriota” fue erosionar los grandes pilares de la libertad como el Habeas Corpus, el derecho a recurrir a un tribunal independiente cuando el Estado priva a un individuo de su libertad. Desde el principio, la cárcel en la Bahía de Guantánamo en Cuba se convirtió en el símbolo de algo insólito: el encarcelamiento sin juicio de “combatientes ilegales” a quienes se priva de todos sus derechos humanos.
El mundo ahora se pregunta cuántos más de estos humanos no humanos hay y en cuántos lugares. Para todos los demás, se proclamó un tipo de estado de emergencia que ha permitido la interferencia del Estado en los derechos civiles esenciales. Los controles en las fronteras se han convertido en un calvario para muchos y las persecuciones policíacas ahora agobian a un buen número de personas. Un clima de miedo ha hecho la vida difícil para cualquiera que parezca sospechoso, especialmente para los musulmanes. Esas limitaciones a la libertad no tuvieron mucha oposición del público cuando se adoptaron. Al contrario, con mucho, fueron los críticos y no los que apoyaban estas medidas quienes se vieron en problemas. En Gran Bretaña, donde el primer ministro Tony Blair apoyó por completo la actitud estadounidense, el gobierno introdujo medidas similares y hasta ofreció una nueva teoría. Blair fue el primero en argumentar que la seguridad es la primera libertad. En otras palabras, la libertad no es el derecho de las personas a definir sus propias vidas, sino el derecho del Estado a restringir la libertad personal en nombre de una seguridad que sólo él puede definir. Éste es el inicio de un nuevo autoritarismo.
El problema existe en todos los países afectados por la amenaza del terrorismo, aunque en muchos no se ha hecho tan específico. En la mayoría de los países de Europa continental el “11 de septiembre” sigue siendo una fecha estadounidense. Hay incluso un debate -y en efecto algunas pruebas- con relación a la pregunta sobre si el involucrarse en la “guerra en contra del terrorismo” ha aumentado de hecho la amenaza de los ataques terroristas. Los alemanes ciertamente usan este argumento para mantenerse fuera de las acciones siempre que sea posible.
Sin embargo, esta postura no ha impedido que se extienda algo para lo que se ha adoptado una palabra en alemán: Angst. Una ansiedad difusa está ganando terreno. La gente se siente preocupada, especialmente cuando viaja. Ahora de cualquier accidente de tren o de avión se sospecha primero que haya sido un acto de terrorismo. Por lo tanto, el 11 de septiembre ha significado, directa o indirectamente, una gran sacudida, tanto a nivel psicológico como a nuestros sistemas políticos. Si bien la lucha contra el terrorismo se lleva a cabo en nombre de la democracia, la misma ha conducido de hecho a un marcado debilitamiento de la democracia debido a la legislación oficial y a la ansiedad popular. Una de las características preocupantes de los ataques del 11 de septiembre es que es difícil ver su propósito más allá del resentimiento de los perpetradores contra Occidente y sus costumbres. Pero las características claves de Occidente, la democracia y el Estado de Derecho, han recibido un golpe mucho peor a manos de sus defensores que de sus atacantes.
Por encima de todo, se necesitan dos cosas para restaurar la confianza en la libertad dentro de las democracias afectadas por el legado del 11 de septiembre. Debemos asegurarnos de que la legislación pertinente para enfrentar los retos del terrorismo sea estrictamente temporal. Algunas de las limitaciones actuales al Habeas Corpus y las libertades civiles tienen cláusulas de extinción que limitan su validez. Los parlamentos deben reexaminar todas esas reglas con regularidad.
En segundo lugar, y más importante, nuestros dirigentes deben tratar de calmar la ansiedad del público en vez de aprovecharse de ella. Los terroristas con los que actualmente estamos en “guerra” no pueden ganar, porque su visión oscura nunca obtendrá legitimidad popular. Razón de más para que los demócratas se levanten para defender nuestros valores, en primer lugar actuando en concordancia con ellos.
Trad. de Kena Nequiz

Ralf Dahrendorf, ex Comisario Europeo de Alemania, es miembro de la Cámara de los Lores británica, ex Rector de la London School of Economics y ex Decano del St Antony’s College de Oxford.
Copyright: Project Syndicate/Instituto para las Ciencias Humanas, 2006.

LIBERTAD Y SEGURIDAD. LA FRAGILIDAD DE LOS DERECHOS (III). 12 de Setembro, por Joana Amaral Dias

O mundo mudou depois do 11-9-2001. Mudou para pior. Os objectivos a que a Administração Bush se propôs foram gorados. Ben Laden não foi capturado e a invasão do Iraque, para além de ter sido justificada com uma estridente patranha, é um rotundo fracasso. Os EUA enfraqueceram os seus laços e a sua diplomacia. Sobretudo a sua autoridade moral. Embora o núcleo da Al-Qaeda tenha sido lesado, a organização pulverizou-se. Assistimos à sua mimetização, à proliferação de pequenas al-qaedas, capazes de perpetrar mais barbaridades. Mesmo na Europa, que, à excepção do Reino Unido de Blair, se distanciou da inábil estratégia estado-unidense. Cinco anos depois dos medonhos atentados às Torres Gémeas, a causa jihadista conquista cada vez mais poder político e, na "guerra contra o terrorismo", o nosso próprio mundo tornou-se menos livre e menos seguro. O Ocidente trocou uma larga fatia das suas liberdades pela segurança e corre o risco de perder ambas. Entre a videovigilância e o controlo da Internet, chegou-se a um ponto intimidador de muitos dos direitos e garantias fundadores das nossas democracias. Mas os métodos de detenção, interrogatório e tortura utilizados pelos EUA - agora confirmados pelo próprio Bush depois de os ter negado - mostram que o Ocidente se aproxima do fundamentalismo que pretende combater. Prisioneiros em pé e sem dormir durante quarenta horas; enclausuramento em quartos gelados; cabeças embrulhadas em celofane e submersas em água, só podem levar-nos a perguntar: até onde estamos dispostos a ir? Qual o nosso próprio limite? E a lamentar e condenar quem está determinado a defender os valores das nossas democracias, subvertendo e espezinhando esses mesmos valores. A revista Atlantic Montlhy sentenciava, lucidamente, que não são os actos de terrorismo que estão a destruir os EUA. São antes as suas respostas ao terrorismo que o fazem. A "guerra contra o terrorismo" parece corroborar as acusações de Ben Laden - a humilhação dos muçulmanos e apropriação dos seus recursos. Os métodos utilizados em Guantánamo ou no Iraque aproximam-nos do fanatismo. E, ainda assim, há quem insista no "choque de culturas", cavando o fosso e consumando, escrupulosamente, o sonho terrorista. É assim que este 12 de Setembro ameaça tornar o "nosso mundo" numa civilização do passado.

Joana Amaral Dias es psicóloga [genecanhoto@mail.com]

Publicado en Diário de Notícias (Lisbia), ed. de 11 de septiembre de 2006

Homenaje a las Víctimas de todos los "11-S". Zona Cero & Arco Iris

Sunday, September 10, 2006

11-S y ficción literaria. Martin Amis

En la literatura del 11-S destacarán pronto como novedades editoriales en España la novela de John Updike, Terrorist (Alfred A. Knopf, New York, 2006, 310 pp.) y el libro de relatos de Martin Amis The House of Meetings (Jonathan Cape, London), cuya aparición en lengua inglesa está prevista para el próximo 28 de septiembre. En él se incluye el relato que lleva por título "The Last Days Of Muhammad Atta"; una ficción narrativa de lo que ese terrorista hizo, pensó y vivió días antes de subir al avión que luego estrellaría contra las Torres Gemelas. Un auténtico viaje a la mente del criminal.

El diario bonaerense Clarín, en su ed. impresa de 10 de septiembre de 2006 publica en exclusiva para la Argentina la traducción esa impactante y polémica ficción, que aquí reproduzco.


Ninguna prueba física, documental o analítica aporta una explicación convincente de por qué (Mohamed) Atta y (Abdulaziz al) Omari viajaron en auto hasta Portland, Maine, desde Boston en la mañana del 10 de septiembre, solo para regresar a Logan en el Vuelo 5930 la mañana del 11 de Septiembre. Informe de la Comisión 11/9.
El 11 de septiembre de 2001, abrió los ojos a las 4:00 h, en Portland, Maine; y comenzó el último día de Mohamed Atta. ¿Cómo era la escena en que despertó? Una habitación en un hotel, del tipo designado como "económico" en su guía -un nivel por encima de "básico". Era un Repose Inn, parte de una cadena. Pero no era como los otros Repose Inns en los que se había alojado: en establecimientos higiénicos, con mucha actividad. Este lugar era pesado y solemne, laberíntico y tan viejo como la mayor parte de su clientela. Y era barato. Bueno. El acolchado de nylon pesado como un chaleco de plomo; un televisor grande cuadradote sobre la cómoda enfrente; y la heladera blanca abollada -donde, como si nada, el motivo por el cual Mohamed Atta estaba en Portland, Maine, estaba enfriándose en un estante... La particular frugalidad de esas últimas semanas era parte de un combate devocional que estaba llevando adelante. Igual que los otros, asistía a sus oraciones, pagaba sus limosnas, se lavaba a menudo, comía poco. (Pero no era como los demás.) Unos días antes, sus fondos operativos adicionales —unos veintiséis mil dólares— habían sido girados sobriamente de vuelta al intermediario en Dubai.Se bajó de la cama y llamó a Abdulaziz, que ya estaba dando vueltas, y ya rezando quizá, en el cuarto de al lado. Después al baño: el trabajo de la ablución, la tortura de la excreción, el tormento de la depilación. Accionó el botón de la ducha y se quitó los calzoncillos. Entró y se sometió a la caricia húmeda y fría de la cortina de plástico sobre la pantorrilla y el muslo. Luego, pasó un tiempo increíblemente largo tratando de sacar un pelo del jabón. La hebra forastera no dejaba de cambiar de forma —signo de interrogación, símbolo de infinito— pero no se movía; y el jabón, no más grande que una caja de fósforos cuando empezó, apenas existía cuando terminó. Después, como sucede a veces en estos hoteles viejos, enormes y esencialmente bienintencionados y generosos, el chorro de agua se entrecortó y pasó, en un instante, de una destilación tibia a un chorro fundido; y mientras luchaba por salir del cuadrado patinó sobre un saché de champú y se cayó pesada y abruptamente sobre su cóccis. Tuvo que incorporarse bañado en vapor y se raspó la cabeza contra el umbral metálico dentado de la ducha. Después de un rato, lentamente se puso de pie y permaneció así, con las manos en las caderas, los ojos solo apenas cerrados, la cabeza gacha, esperando recuperarse. Se secó con una toalla blanca delgada y detectó un padrastro reluciente.Acto seguido, emitiendo un suspiro de una lobreguez sin reserva, se desplomó en el inodoro. Ni siquiera se molestó en hacer sus muecas habituales, y en distenderse y temblar, en pare porque sentía la cabeza peligrosamente embotada. Más conspícuamente, no movía el intestino desde ma yo. En general, la parte superior de su cuerpo era increíblemente esbelta, de todas las horas en el gimnasio con los sauditas "musculosos"; pero ahora había un solemne montículo donde antes estaban sus abdominales, tan orgulloso y tieso como un embarazo de cuatro meses. Tampoco era ésa la única secuela. Sentía un dolor afiebrado y constante, no en las vísceras sino en la parte inferior de la espalda, en la depresión pélvica, y en el escroto. Con un intervalo de pocos minutos tenía que esperar un interludio de náuseas, mientras los jugos gástricos no utilizados burbujeaban en el pozo de su garganta. Su aliento olía a río contaminado. Aún faltaba lo peor: afeitarse. Afeitarse era lo peor porque lo obligaba forzosamente a la contemplación de su cara. Miró para abajo mientras se rasuraba las mejillas pero luego apareció el mentón y allí estaba, revelada por la navaja en franjas verticales: la cara de Mohamed Atta. Un año antes, después de Afganistán, se había despedido de su barba. Hirsuta y oblonga y levemente ladeada, había tenido el efecto de suavizar los rasgos disgustados de su boca, y había ocultado totalmente el ánimo franco de su mandíbula de abajo adelantada. Por dentro estaba controlado, pero su cara era de alguna manera incontinente, o al menos eso pensaba Mohamed Atta. El odio, el odio por todo, estaba esculpido en ella, desde adentro. Le parecía increíble que todavía lo dejaran caminar por las calles, mucho más entrar en un edificio o abordar un avión. Otro día, un día más, y no lo dejarían. ¿Cómo no lo señalaban, cómo no se encogían de miedo, cómo no salían corriendo? Y sin embargo a esa cara, a esa altura ya casi cómicamente malvada, pronto le sonreiría, e incluso le dedicaría una aparente atención (su pasaje era business) la azafata predestinada. Una hipótesis. Si se bajaba de la operación de los aviones, y ésta seguía adelante sin él (o si de alguna manera sobrevivía), nunca podría volver a viajar por aire en Estados Unidos ni en ninguna otra parte —no por aire, no por tren, no por barco, no por autobús. El perfil no tendría por qué ser racial; sería facial simplemente. Ningún hombre, ninguna mujer en su sano juicio aceptarían quedar confinados en su proximidad. Con esa cara, día a día más gangrenosa. Y ese nombre, el nombre con el cual viajaba, también una promesa de venganza: Mohamed Atta.En la última década, solamente un ser humano había experimentado un placer obvio al poner los ojos en él, y ése era el Jeque. Había ocurrido en su encuentro de presentación, en Kandahar, donde, en apenas unos minutos, el Jeque lo había designado jefe de operaciones. Mohamed Atta sabía que lo primero que le preguntaría era si estaba dispuesto a morir. Pero mientras lo decía, el Jeque sonreía, casi con ojos de amor. "La pregunta está de más", comenzó. "Ya veo la respuesta en tu cara".
El horario de salida del vuelo local de Colgan Air a Logan eran las seis. O sea que tenía una hora. Se vistió (la camisa azul marino, los pantalones negros) y se paró frente a la cómoda, torpemente, con las piernas separadas. Tenía delante dos documentos. Bostezó, luego estornudó. Mientras se afeitaba, Mohamed Atta, por primera vez en su vida se había cortado el labio (el inferior); a una velocidad sorprendente el corte se había arreglado como una imitación convincente de una cicatriz fría. Más excepcional todavía, también había cortado levemente la voluta carnosa de su fosa nasal derecha, liberando una reserva de sangre aparentemente inagotable; no podía parar de levantarse para ir a buscar más pañuelos dejando atrás una estela de papeles salpicados. Sentía que los temas de recurrencia y prolongación ya estaban empezando a asociarse con su último día. El Documento Nø. 1 apareció desplegado en su laptop. Era su testamento, redactado en abril de 1996, cuando los pensamientos del grupo habían pasado a concentrarse en Chechenia. Dos amigos marroquíes, Mounir y Abdelghani, ambos devotos, habían sido sus testigos, o sea que había incluido una cantidad considerable de fórmulas santurronas. Cualquier cosa vieja serviría. "Durante mi funeral, quiero que todos mantengan silencio porque Dios dijo que le gusta el silencio en tres ocasiones, al recitar el Corán, durante el funeral y al estar prosternado". ¿Prosternado? ¿Lo había escrito mal? Otra disposición le saltó a los ojos y su entrecejo se frunció aún más: "La persona que lave mi cuerpo cerca de mis genitales debe usar guantes en las manos para no tocarlos." Y esto: "No quiero que ninguna mujer embarazada o persona que no esté limpia venga a decirme adiós porque no lo apruebo". Bueno, esas ansiedades ahora eran académicas. Nadie le diría adiós. Nadie lo lavaría. Nadie tocaría sus genitales.Había otro documento sobre la superficie de la cómoda, una libreta de cuatro páginas en árabe, armada por la oficina de información de Kandahar (y atada con una cinta mugrienta). Les habían dado una a cada uno; los otros pronto sacarían sus ejemplares personales y menearían la cabeza y se balancearían y murmurarían una hora tras otra. Pero Mohamed Atta no era como los otros (y pagaba su precio por eso). Recién empezaba a verlo. "Átese bien los cordones de los zapatos y use medias ajustadas que se adhieran a los zapatos y no sobresalgan". Consideró que era un consejo atinado. "Que cada uno de ustedes afile su cuchillo y mate a su animal y obtenga consuelo y alivio de su matanza". Una referencia, presumiblemente, a lo que pasaría a los pilotos, los primeros oficiales, los asistentes de vuelo. Dicen que algunos de los sauditas habían matado sanguinariamente ovejas y camellos en Khaldan, el campo de adiestramiento cerca de Kabul. Mohamed Atta no esperaba disfrutar esa parte: el uso ejemplar de los cortantes. Se imaginó a las mujeres, con sus uniformes y sus camisas de cuello abierto. No pensaba que le gustaría; no esperaba que le muerte le gustara en esa forma.Entonces volvió a sentarse y sintió la inminencia de las náuseas: se iba acumulando y luego se diseminaba dentro de él. Su mente, en la medida que era separable de su cuerpo, estaba cerca de la "tranquilidad total" ensalzada y recomendada por Kandahar. Un tipo muy diferente de hombre de treinta y tres años tal vez habría sentido la misma seguridad extasiada contemplando una tarde en un departamento prestado con su verdadero amor (y obsesión sexual). Pero la mente de Mohamed Atta y su cuerpo no eran separables: ésa era la dificultad; era el problema mente-cuerpo -en su caso, fantásticamente agudo. Mohamed Atta no era como los otros, porque estaba haciendo lo que estaba haciendo por la razón esencial. Los otros estaban haciendo lo que estaban haciendo por la razón esencial, también, pero habían alcanzado la sublimación, por medio del ardor jihadi; y sus cuerpos habían sido convencidos por esta disposición y se habían sumado. Comían, bebían, fumaban, sonreían, roncaban; subían los escalones de a dos. El cuerpo de Atta no se había sumado. «él estaba haciendo lo que estaba haciendo por la razón esencial y nada más que por la razón esencial."Purifica tu corazón y límpialo de toda mancha. Olvida y sé indiferente a lo que es llamado Mundo". Mohamed Atta no era religioso; no era particularmente político. Se había aliado a los militantes porque la jihad era, en muchas dimensiones, la idea más carismática de su generación. Unir ferocidad y rectitud en una sola palabra: no había nada que pudiera rivalizar con eso. Se conformó a eso e hizo las cosas que impresionaron a sus pares; coleccionó citas, obras de caridad, peregrinaciones, teorías conspirativas y así sucesivamente, como otros coleccionaban autógrafos o latas de cerveza. Y eso se ajustaba a su carácter. Eliminando todas las estupideces sobre la fe, el fundamentalismo se ajustaba a su carácter, y casi con una precisión siniestra. Por ejemplo, la actitud hacia las mujeres: le resultaba sumamente armoniosa la mezcla de hostilidad extrema y de cautela extrema. Además, le gustaba la idea de la hermandad, aunque por supuesto despreciaba absolutamente al contingente actual, particularmente a sus colegas pilotos: Hani (el Pentágono) a quien apenas conocía, pero Marwan (la otra Torre Gemela) lo sacaba de quicio y casi lo fascinaba el nivel de su desprecio por Ziad (el Capitolio)... El adulterio castigado con azotes, la sodomía con sepultura en vida: a Mohamed Atta esto le parecía bien. Y también adhería en el odio por la música. Y el odio por la risa. "¿Por qué nunca se ríen?" solían preguntarles a él y a los otros. Ziad respondía, "¿Cómo puede uno reírse cuando hay gente muriendo en Palestina?" Mohamed Atta nunca se reía, no porque se muriera gente en Palestina sino porque nada le parecía gracioso. "Lo que llaman Mundo". También eso le hablaba a él. El mundo siempre le había parecido una ilusión, una burla irreal. "El tiempo entre tú y tu casamiento en el cielo es muy breve". Ah, sí, las vírgenes: seis docenas, la mitad de una gruesa. Había leído en una revista de noticias que "vírgenes", en el libro sagrado, era una mala traducción del arameo. Debía decir "uvas". Se preguntaba vagamente si el equívoco tendría algo que ver con "sultana", que significaba (a) una uva pequeña sin semilla, y (b) la esposa o concubina de un sultán. Abdulaziz, Marwan, Ziad y los otros: no se sentirían demasiado complacidos si al llegar a Jardín, encontraban un paquetito rojo de Sun-Maid Sulanas (Contenido medio 72). Mohamed Atta, con dos títulos de arquitectura, su excelente Inglés, su excelente Alemán: Mohamed Atta no creía en las vírgenes no creía en el Jardín. (¿Cómo iba a creer en semejante paraíso inverosímil y desalentadoramente fálico? «Él era un apóstata: eso era exactamente. No esperaba el paraíso. Lo que esperaba era el olvido. Y, es extraño decirlo, no encontraría ninguna de las dos cosas. Empacó. Se detuvo un momento y se inclinó sobre la heladera abollada, luego se irguió y caminó hacia la puerta.
En su descenso, el ascensor, en una sucesión de pacientes sufrimientos, paró en el piso undécimo, el décimo, el noveno, el octavo, el séptimo, el sexto, el quinto, el cuarto, el tercero y el segundo. Personas mayores, vacilantes y con expresiones de desconfianza, entraban y salían; cuando lo hacían, uno de los suyos oprimía el botón puerta-abierta con un pulgar marfánico, insolente. Y a esa hora, además: casi no había luz. Mohamed Atta se horrorizó brevemente ante la idea de que todos eran amantes, que volvían temprano a sus camas. Pero no: tenía que ser la falta de sueño, el insomnio de la edad, las vigilias tempranas de la edad. Sus esfuerzos por mantenerse vivos, en cualquier caso, le parecieron esencialmente innobles. Se había sentido igual en el hospital la noche anterior, cuando había ido a ver al imán... Consultando su reloj cada diez o quince segundos, decidió que este viaje hacia abajo era tiempo muerto, todo lo muerto que puede llegar a estar el tiempo, como hacer cola, o una luz roja interminable, o mirar estúpidamente el equipaje en la cinta de un aeropuerto. Allí estaba, de pie, cercado por la palidez y la decadencia, y martirizado por complejas revulsiones. Abdulaziz lo esperaba bajo la débil luz y la música ambiental del hall. Silenciosos, en ayunas, se incorporaron a la fila del checkout. Pasó más tiempo muerto. Mientras ajustaban el paso y avanzaban en lo que quedaba de la noche hasta el estacionamiento, Mohamed Atta, con un espíritu no muy generoso, consideró a su colega. Ese saudita musculoso en particular tenía un aspecto de ternero fláccido como el de Ahmed al Nami —el chico lindo del pelotón de Ziad. Por otro lado, Abdulaziz, con su cara levemente africana, sus ojos infantiles, era fácil de dominar, de una manera casi insultante. Tenía esposa y una hija en el sur de Arabia Saudita. Pero eso influía tan poco en él que era como decir que tenía una camioneta en el sur de Arabia Saudita. También había llevado a cabo, increíblemente, ciertos deberes devotos en su mezquita local. Y sin embargo, era Abdulaziz quien llevaba la navaja, Abdulaziz quien estaba listo para aplicarlo a la carne de la auxiliar de a bordo. Cuando llegaron al auto, Abdulaziz dijo unas pocas palabras en plegaria a Dios, agregando, con cierta intención de desenvoltura.
"Bueno. Empecemos nuestros ´estudios de arquitectura´".
Muhammad Atta sintió que su cuerpo experimentaba un sobresalto involuntario. "¿Quién te lo dijo?", dijo. "Ziad".
Cargaron el auto y se instalaron en los asientos delanteros. Abdulaziz en principio no tenía por qué estar al tanto del código del objetivo. "Derecho", era el Capitolio. "Política", era la Casa Blanca. En las charlas con el Jeque había habido una competencia fuerte por "arquitectura" (el World Trade Center) y "artes" (el Pentágono), pero no se habían puesto de acuerdo respecto de un tipo de objetivo totalmente distinto, a saber "ingeniería eléctrica". Eso era la planta nuclear que Mohamed Atta había visto en uno de los vuelos de entrenamiento cerca de Nueva York. En una actitud desconcertante, el Jeque había retirado su bendición —pese a la posibilidad presumiblemente atractiva de transformar amplias franjas de costa oriental en un cementerio de plutonio para los siguientes setenta milenios (o sea, hasta el año 72001). Pero Mohamed Atta sintió un dilema moral, una silenciosa sugerencia de que ese gesto podía ser considerado exorbitante. Fue el primero y único indicio de que, en su guerra cósmica contra los enemigos de Dios, había algún tipo de límite máximo. Mohamed Atta se preguntaba a sí mismo con frecuencia: ¿El "Jeque" estaba dispuesto a morir? A lo largo de sus conversaciones había aflorado que pese a estar visiblemente reconciliado con el eventual martirio (no lo haría de otra manera, etcétera) el Jeque sentía muy poca atracción personal hacia la muerte; y muy pronto sería además famoso, profetizaba Mohamed Atta, por la obstinación con que la eludía.
Esos encuentros y discusiones —con el Jeque y posteriormente con su emisario yemení Ramzi bin al-Shibh— perdían ahora peso y valor en la mente de Mohamed Atta, opacados por la indisciplina de Ziad, por la promiscuidad de Ziad (y, si Abdulaziz sabía, entonces, todos los sauditas sabían). Volvió a pensar en su histórica conversación con Ramzi, por teléfono, la tercera semana de agosto.
"Nuestros amigos están ansiosos por saber cuándo comienza tu curso".
"Sería más interesante estudiar ´derecho´ cuando se reúna el Congreso."
"Pero no deberíamos postergarlo. Con tantos estudiantes nuestros en Estados Unidos..."
"Está bien. Dos ramas, un trazo oblicuo y una amapola".
Ramzi volvió a llamarlo y dijo, "Para dejar todo claro. ¿El once del nueve?"
"Sí", confirmó Mohamed Atta. Y fue la primera persona en el mundo que lo dijo, que lo dijo de esa forma: "Once de septiembre".
Había guardado el secreto hasta el 9 de septiembre. Ahora, por supuesto todos lo sabían: el día había llegado. Estaba impaciente por su conversación telefónica con Ziad, que estaba prevista para las 7:00 h. Ziad seguía afirmando que no se había decidido entre "derecho" y "política". Parecía "derecho". Como objetivo, la casa del Presidente había perdido gran parte de su atractivo cuando establecieron, hasta donde pudieron, que el Presidente no estaría allí.
Para ese momento, el Presidente se aprestaba a correr, a la mañana temprano, en Sarasota, Florida, donde Mohamed Atta había aprendido a volar, en Jones Aviation, en septiembre de 2000.
El dolor de cabeza empezó durante el viaje al Aeropuerto Internacional de Portland. En los últimos meses se había convertido en una especie de experto en dolores de cabeza. Y sin embargo ahora le parecía que aquellas jaquecas iniciales apenas merecían considerarse tales: "esto" era un dolor de cabeza. Al principio atribuyó su virulencia a su accidente en la ducha; pero después el dolor le subió hasta la coronilla y se estableció, como una anguila eléctrica, de un oído al otro, de un ojo al otro, y después los dos. Tenía dos dolores de cabeza, no uno, y aparentemente estaban en guerra. El auto, un Nissan Altima, era flamante, recién salido de fábrica, y le había parecido una especie de premio el 10 de septiembre, pero ahora su aire cerrado al vacío sabía a mareo y al olor de los barcos por debajo de la línea de flotación. De pronto, su visión se pixeló con pequeños enjambres de puntos ciegos. De modo que tuvo la necesidad de hacerse a un lado y decirle a un sorprendido Abdulaziz que tomara el volante.
El nivel de tránsito parecía desmesurado. Estadounidenses, ya en plena actividad... Más allá de atormentar a su pasajero con miradas regulares de preocupación, Abdulaziz manejaba con su habitual atención supersticiosa, asaltado por pequeños miedos, ese día. Mohamed Atta se esforzaba por no moverse en su asiento; camino al estacionamiento, diez minutos antes, se había esforzado por no correr; en el ascensor, otros diez minutos antes, se había esforzado por no gemir ni gritar. Siempre se estaba esforzando por no hacer algo.
Eran las 5:35. Y en ese momento empezó a reflexionar en el desvío a Portland: una empresa pueril, tal como lo veía ahora. Su grupo era competitivo no solamente en devoción sino también en impulso nihilista, en despreocupación nihilista; y se le había ocurrido que sería decididamente sofisticado pasear de un extremo de Logan al otro con menos de una hora. Por otro lado, también estaba la perspectiva, irritante como nunca para el corazón, de su conversación con Ziad. Pero la razón para ir a Portland había sido fundamentalmente frívola. No lo habría hecho si Internet, el 10 de septiembre, no le hubiera garantizado tantas veces que el 11 de septiembre sería una mañana radiante.
Y no se solazó con la idea de que ya era, después de todo, 11 de septiembre, y que se podía llegar a los aeropuertos sin mucho tiempo de anticipación.
"¿Hiciste las valijas vos mismo?"
La mano de Mohamed Atta trepó hasta su ceño.
"Sí", dijo.
"¿Las has tenido todo el tiempo"
"Sí".
"¿Alguien te pidió que le llevaras algo?"
"No. ¿El vuelo sale a horario?"
"Tendrías que hacer tu conexión."
"¿Y las valijas siguen de largo?"
"No. Tendrá que volver a despacharlas en Logan."
"¿Quiere decir que voy a tener que pasar por todo esto de nuevo?"
Más allá de cualquier otra cosa que haya logrado el terrorismo en estas últimas décadas, es indudable que produjo un claro aumento del aburrimiento mundial. No tomó mucho tiempo hacer y responder esas tres preguntas —unos quince segundos. Pero esas preguntas y respuestas sobre el tiempo muerto eran repetidas, sin ninguna variación, cientos de miles de veces por día. Si la operación con los aviones salía adelante como estaba previsto, Mohamed Atta legaría más, quizá mucho más tiempo libre a nivel planetario. Era adecuada, quizás, y no paradójico, que el terror promocionara también marcadamente su opuesto más obvio. El aburrimiento.
Resulta que Mohamed Atta era un recluta del Sistema de Inspección Previa de Pasajeros por Computadora (CAPPS su sigla en inglés). Lo cual significaba que su bolso despachado no sería acomodado hasta que él no abordara el avión. Eso era en Portland. En Logan, un aeropuerto "Categoría X" como Newark Liberty y Washington Dulles, y supuestamente más seguro, tres de sus sauditas musculosos serían inspeccionados por CAPPS, con las mismas consecuencias irrelevantes.
Mohamed Atta y Abdulaziz se presentaron en el mostrador del checkpoint. No les revisaron los bolsos; la vara manual no los rayó ni los lastimó. La mochila infantil de Abdulaziz con los cortantes y el aerosol paralizante, pasaron por el túnel del amor. Justo antes de abordar, otra nube de náusea envolvió a Muhammad Atta, como un montón de pequeños secuaces confabulados. Esperó que pasaran, pero no lo hicieron, y en cambio se coagularon en su buche. Mohamed Atta fue al baño de hombres y largó una braza de bilis verdosa. Seguía limpiándose la boca sucia cuando salió a la pista y subió los escalones temblorosos de metal.
El Colgan 5930 no solamente estaba atrasado: era también un avión de propulsión abierta con diecinueve plazas e iba lleno. Penosamente, tuvo que acomodarse al lado de una gorda rubia con una enfermedad en el cuero cabelludo y, encima, un bebé, cuyo increíble llanto ella trataba en vano de aplacar colocándolo reiteradamente sobre el pecho. Entre una pulsación y otra, cuando era capaz, por instantes, de un pensamiento continuo, imaginaba que la rubia era la azafata predestinada.
El avión se elevó con entusiasmo, sin nada de la dificultad tecnológica que caracterizaría el ascenso del American 11.
Había ido a Portland, Maine, para su diálogo con el imán.
El hospital, donde estaba internado moribundo, era un edificio mediano descascarado en el centro: una empresa más entre todas las demás empresas. Adentro también, Mohamed Atta no había tenido la sensación de ingresar en una atmósfera de atención vocacional —simplemente la practicidad estadounidense, sin suavizar la voz, las pisadas, sin la suavidad de las mínimas sonrisas de las recepcionistas... Camino a la guardia, avanzó a través de la calidez húmeda de cenas a medio comer o intactas y el olor sordo más pesado de las drogas. El imán estaba dormido en su cama, formando una especie de hueco, como si hubieran ahuecado un canal del tamaño del imán en el colchón. Mohamed Atta observó que tenía los labios gris oscuro, como los labios de los perros. El tiempo muerto pasaba. En un momento, el imán se despertó y descubrió la mirada sin humor de Mohamed Atta. Suspiró sin contenerse. Los dos retrocedieron: a la mezquita de Falls Church, en Virginia.
"¿Tiene una cita para mí?" preguntó el imán, imprevistamente alerta.
"Es de las tradiciones. El Profeta dijo, ''Aquel que se mate con un cuchillo será atormentado con ese cuchillo en los fuegos del Infierno... Aquel que se arroje de una montaña y se mate se arrojará a sí mismo a los fuegos del Infierno por los siglos de los siglos... Quien se mate de la manera que fuere en este mundo será atormentado de esa manera en el Infierno''.
"Siempre hay excepciones. No debemos olvidar que estamos en la tierra del descreimiento", dijo el imán y siguió enumerando los crímenes de los estadounidenses.
Eran por demás conocidos para su visitante, que consideraba reales los motivos de queja.
Según cómo se contara, Estados Unidos era responsable por una razón u otra de muchas millones de muertes. Pero Mohamed Atta no estaba convencido de una equivalencia moral. Algunos sistemas de armamentos afirmaban ser precisos; el poder no era preciso. El poder era siempre un monstruo. Y nunca había habido un monstruo de la dimensión de Estados Unidos. Cada vez que se daba vuelta mientras dormía arrastraba desastres que aplastaban pueblos. Eran errores y perversidades y crueldades calculadas; y no había ningún reconocimiento, ninguno. No obstante, Estados Unidos no derrochaba ingeniosidad en sus esfuerzos por matar a los inocentes.
"¿Es una instalación enemiga?" preguntaba con agudeza el imán.
Mohamed Atta no respondió. Dijo simplemente, "¿Lo tiene?"
"Sí. Y lo necesitarás".
La mano del imán, para la mirada lejos de comprensiva de Atta, parecía y sonaba como la garra delantera de una langosta resonando contra el laminado de la mesa de noche; se abrió el armario, como un puente rebatible. Lo que había adentro era igual a una botella medio vacía de 16 onzas de Volvic.
"Tómalo, no al despertarte, sino cuando sientas que tu prueba está cerca. Ahora bien. Tuviste la amabilidad de decir que describirías tu iniciación".
Se era el intercambio: quería que le hablara del Jeque. Recién en ese momento, el imán abruptamente se puso de costado, de cara a Mohamed Atta, y por un instante su postura evocó repulsivamente la de un niño que se apresta a escuchar un cuento antes de dormirse. Pero ese abandono no era sino parte de una maniobra más amplia del imán. Se echó hacia atrás e incorporándose de tal manera que algunos pelos, por lo menos, quedaron en la almohada.
Mohamed Atta había supuesto irreflexivamente antes que trazaría para el imán una imagen tranquilizadora, idealizada incluso, del Jeque —el visionario de dedos alargados en la cima de la montaña que sin embargo, en toda su humildad y su apertura, seguía siendo un simple guerrero de Dios. Ahora se recompuso. Nunca en su vida había dicho lo que pensaba. El olor de las drogas era particularmente fuerte junto a la pileta amarilla, a medio metro de su nariz.
"Tuve varios encuentros con él", dijo, "en el campo de Faruq, en Kandahar. Y en las Granjas Tarnak. Es hechizante - eso es. Cuando habla de la derrota de los rusos... Oírselo decir, no fue Occidente el que ganó la Guerra Fría. Fue el Jeque. Pero necesitamos terriblemente ese hechizo, ¿no? La fascinación del éxito."
"Pero los éxitos son reales. Y esto es sólo el comienzo".
"Sus esperanzas de victoria dependen de la participación activa de la superpotencia", dijo Mohamed Atta.
"¿Qué superpotencia?" "Dios. De ahí la crisis actual". "¿Es decir?"
"Viene del dolor religioso, ¿no le parece? Durante siglos, Dios ha castigado a los creyentes y recompensado a los infieles. ¿Cómo explica esa indiferencia?"
O su enemistad, pensó, mientras abandonaba la cabecera del enfermo y la guardia. Consideraba también que podría ser así, subconscientemente, por supuesto: si la oración y la devoción habían fracasado —fracasado tan claramente— tal vez fuera tiempo de cambiar de lealtad y convocar a los otros poderes.
En Logan, él y Abdulaziz eran los únicos pasajeros en el carrusel que supuestamente tomaban el vuelo de conexión desde Portland. Y el carrusel estaba en silencio y detenido. Mirar una cinta con equipaje real dando vueltas de pronto resultaba algo bastante estimulante. Mientras tanto, las anguilas o rayas de aguijón en su cabeza libraban un combate a muerte en la zona ubicada exactamente detrás de sus oídos. A veces, por momentos interminables, podía tomar distancia del dolor y simplemente "escucharlo". Era música en su siguiente fase evolutiva, más allá de la atonal. Y constató por qué siempre había odiado la música; de todo tipo, hasta la melodía más emoliente, había entrado en su mente como dolor. Usando todas las reservas, continuó mirando las tablillas de caucho negro durante otros treinta segundos, otro minuto, luego dio media vuelta, y Abdulaziz lo siguió.
"¿Hizo las valijas solo?"
"¿Qué valijas? Ya me tomé la molestia de explicar..."
"Señor, sus valijas estarán en nuestro próximo vuelo. Tengo que hacer las preguntas sobre seguridad, señor".
Estos estadounidenses esa forma que tienen de decir "señor". Lo mismo podrían decir "hermanito"."¿Empacó usted?"
Oh, la miseria de la recurrencia, como el ascensor del hotel haciendo su antigua reverencia en cada piso, como el pelo extraño en el jabón cambiando de forma a través de una sucesión de alfabetos, como el (necesariamente) monótono gong en el interior de su cabeza. Ya antes había pensado que su mal, si es que se podía llamar así, era simplemente el mal del aburrimiento, un aburrimiento desenfrenado, donde todo el tiempo era tiempo muerto. Como si su vida entera consistiera en responder esas mismas tres preguntas, diciendo "Sí" y "Sí" y "No".
"¿Y alguien le pidió que le llevarla algo?"
"Sí", dijo Mohamed Atta. "Anoche, en el restaurante libanés, un mozo nos pidió que le lleváramos un enorme radio despertador a su primo en Los Angeles".
Su sonrisa fue amplia y breve. "Es gracioso", dijo.
Caminaron hasta la Puerta 32 y después se retiraron para ir al shopping. Con un gesto le dijo a Abdulaziz que fuera a buscar a sus compatriotas. Mohamed Atta se sentó frente a un café y se preparó para la llamada a Ziad. Ziad: el chico de la playa y fantasma de las discos de Beirut el borracho y bohemio, ahora con sus exaltaciones y postraciones, sus cantos y gemidos, su manera de balancearse y hamacarse... Confundir a Ziad, enviarlo a su muerte con un corazón lleno de duda: ésa era la razón de la delegación a Maine.En Alemania, en una oportunidad, Ziad había dicho que las prometidas en el Jardín estarían "hechas de luz". En un fuerte contraste, por lo tanto, con la oscuridad y la pesadez de sus hermanas terrestres, en particular la pesadez y la oscuridad de Aysel Senguen —la turca alemana o la alemana turca de Ziad. Mohamed Atta había visto a Aysel solamente una vez (piernas descubiertas, brazos descubiertos, cabello descubierto) en la librería médica en Hamburgo y no había olvidado su cara. Ziad y Aysel eran su experimento de control para la vida vivida según el amor sexual; y durante muchos meses los dos habían poblado sus insomnios. Sabía que Aysel había venido a Florida en enero (y que había acompañado escandalosamente a Ziad a la escuela de vuelo); también se había sentido oscuramente conmovido por el hecho de que el testamento de Ziad era una carta para ella. Y se preguntaba constantemente cómo se juntaban sus cuerpos, cómo seguramente ella se abría a él, con toda su pesadez y oscuridad... Mohamed Atta había decidido que el ardor romántico y religioso provenían de partes contiguas del ser humano: las partes que él no tenía. No obstante, Ziad, como aniquilador del "derecho" (y aniquilador del vuelo United 93), estaba debidamente equipado para el asesinato en masa. Sólo "aproximadamente" contiguas, entonces: Ziad podía decir que lo hacía por Dios, y muchos le creerían, pero no podía decir que lo hacía por amor. No lo hacía por amor, ni por Dios. Simplemente lo hacía por la razón esencial, igual que Mohamed Atta.
"¿Todo bien en Newark Liberty?"
"Todo bien. Estamos en una zona estéril. ¿Vio a su apreciado imán?"
"Sí. Y me dio el agua".
Trad. de Cristina Sardoy

Friday, September 08, 2006

LIBERTAD Y SEGURIDAD: LA FRAGILIDAD DE LOS DERECHOS (II). Más difícil todavía, por Manuel Alcántara

Hacen falta detectives. Lo ideal sería que cada ciudadano normal tuviera a alguien que controlara su vida de día y también de noche, ya que hay mucho sonámbulo que anda suelto. La investigación sobre las comunicaciones es una de las claves para detener a los responsables del mayor atentado de nuestra espasmódica historia. Lástima que no se hubiera hecho con anterioridad al 11-M de 2004, que fue el día en el que cambió todo, no sólo el rumbo de las votaciones. Los terroristas usaron teléfonos móviles, pero el móvil del crimen no fue únicamente la venganza. En vista de eso, una nueva ley obligará a los usuarios anónimos del práctico y malévolo artilugio: lo malo es que son 16 millones. No se sabe cómo podrá lograrse eso, pero se quiere hacer. Las compañías telefónicas estarán obligadas a conservar durante un año los datos de las comunicaciones de sus clientes. Por si fuera poco, el sueño orweliano se complica, en busca de la perfección, y también exigirá a las tiendas que venden tarjetas prepago a identificar a los compradores y llevar un libro de registro, que alcanzará cada semana el tamaño de la guía de teléfonos. El Gobierno hace muy bien en combatir la delincuencia y para eso no hay nada mejor que sospechar de cada uno de nosotros. Claro que la vigilancia masiva tiene un precio, al margen de las dificultades técnicas: unos veinte millones de euros. El enemigo es el número, no porque el infierno sean los otros, que no es verdad, sino porque si «con el número dos nace la pena», qué será con la cifra de 16 millones. Además estas cosas se imitan: el fiscal de la gran trama del dopaje quiere que declaren más de 50 ciclistas, incluidos los extranjeros. Quizá esté próximo el día en el que sea necesario controlar a los controladores. Para que no se pasen.
Publicado en diario SUR (Málaga), ed. de 8 de septiembre de 2006

LIBERTAD Y SEGURIDAD: LA FRAGILIDAD DE LOS DERECHOS (I). Libertad en entredicho, por Camilo José Cela Conde

El debate eterno -en la medida en que quepa considerar eterna la democracia- entre seguridad y libertad parece haberse decantado de manera definitiva en favor de la primera. Son tantos los riesgos, tan crueles las amenazas y tan grandes los miedos que casi cualquier medida en favor de garantizarnos una seguridad -un tanto utópica en los tiempos que corren- queda justificada de antemano. El último episodio, por ahora, de la contraposición llega con la directiva comunitaria para el control de las comunicaciones, promovida, por cierto, por el gobierno español después de la matanza terrorista del 11-M. Se trata de mantener bajo vigilancia lo que parecía ser el último reducto de la libertad hablando de teléfonos: el de los móviles que se compran con tarjeta ya pagada de antemano por una cantidad fija de euros y que pueden recargarse, todo ello de manera anónima hasta el momento. Anulando la referencia del número propio, parecía quedar protegida incluso la identidad de quien llamaba.Esa ilusión de privacidad -porque de una ilusión, en el fondo, se trata cuando el Gran Hermano dispone de medios técnicos ilimitados- desaparecerá con la nueva ley destinada a controlar las llamadas supuestamente anónimas. Las tiendas de teléfonos móviles con tarjeta pagada de antemano deberán tener identificados a sus clientes en un registro a disposición de las autoridades. Y el tráfico de las llamadas también habrá de quedar archivado por todo un año pese a la ingente acumulación de datos que habrá de producirse en tanto tiempo. Dicen las compañías telefónicas que la tecnología para cumplir con tales requisitos existe -faltaría más- pero, ¡ay!, a un alto coste. Ni siquiera hace falta preguntar quién va a asumir cualquier precio a pagar por tenernos más vigilados.El precedente de la detección y arresto fulminante de los autores de la matanza del 11-M en Madrid parece justificar los nuevos controles generalizados. La policía pudo rastrear las comunicaciones entre los teléfonos móviles de los terroristas, algo que la futura ley hará aún más fácil. Pero la seguridad no consiste en la garantía de detener a los autores de los atentados. A quienes tienen voluntad suicida poco habrá de afectarles si les van a localizar con rapidez o no. La seguridad, o bien es prevención, o no es nada. Y en términos preventivos tampoco parece que vaya a servir de mucho la nueva ley de control de las comunicaciones salvo que se espíen, además, las conversaciones -algo en principio ajeno a la voluntad de la ley en proyecto, pero en absoluto inimaginable.La conclusión a sacar, pues, es patente: reducir la libertad modesta que proporcionan los móviles anónimos no nos llevará a estar más seguros, salvo que valoremos la seguridad midiéndola en función del dinero que nos cuesta. Lo que sí que hará la nueva ley es dar la impresión de que las autoridades cumplirán mejor con su deber de esclarecimiento de los delitos cometidos, pero eso pertenece a otro orden de cosas.Paso a paso, la libertad se disuelve por más que la seguridad siga siendo una entelequia después del 11-S, el 11-M, los atentados de Londres, los de la India y las guerras más o menos preventivas que hoy abundan con el terrorismo como paisaje de fondo. A lo que se añade la impresión cada vez más firme de que no serán las leyes las que consigan protegernos. La contraposición entre seguridad y libertad cada vez se acerca más a una triste compaña: vigilancia y amenaza, sin que la primera evite el riesgo en aumento.

Camilo José Cela Conde es Catedrático de Filosofía Moral en la Universitat de les Illes Balears.

Publicado en el diario La Opinión (Málaga), ed. de 8 de septiembre de 2006.

LIBERTAD Y SEGURIDAD: LA FRAGILIDAD DE LOS DERECHOS

Se ha editado el volumen correspondiente a las Actas de Comunicaciones presentadas a las XXª Jornadas Sociedad Española de Filosofía Jurídica y Política, celebradas en Málaga los días 11 y 12 de marzo de 2005 y que con el título de Libertad y seguridad, la fragilidad de los derechos (Málaga, 2006, 144 pp. ISBN: 84-611-0927-9; 978-84-611-0927-2), me he ocupado de coordininar. La publicación de las ponencias fue asumida por el Anuario de Filosofía del Derecho (Madrid. Boletín Oficial del Estado-Ministerio de Justicia) t. XXII, 2005, apareciendo recogidas en la Sección Monográfica (“El conflicto entre los valores jurídicos de libertad y seguridad”).
En próximas entradas ingresarán a este blog trabajos periodísticos relacionados con la actualidad de esta temática.

J.C.G.

Thursday, September 07, 2006

¿Son ellos los únicos culpables?, por Luis Umberto Clavería Gosálbez

Cuando hace años las Fuerzas Armadas interrumpieron el proceso electoral en Argelia, se sabía que iba a ganar el FIS. Si la dictadura militar paquistaní diera paso a unas elecciones democráticas, es fácil adivinar quién vencería. Hamas venció en Palestina en los últimos comicios. Cuando cae Sadam en Iraq y se convocan elecciones no gana el centro izquierda, quedando en segundo lugar los conservadores y en tercer lugar los liberales, sino que el poder se reparte entre chiíes, suníes y kurdos. Es decir, en determinadas sociedades el procedimiento democrático habitualmente no genera un resultado que lo respete y lo perpetúe, sino que abre paso a una situación más opresiva o más convulsa que la que la democracia trataba de superar.
Una explicación inmediata podría ser el punto de partida de nuestra reflexión: nos hallamos ante sociedades en las que no ha calado una tradición que viene de la lenta y fecunda revolución inglesa y de las abruptas y creativas revoluciones francesa y norteamericana y que pasa por Descartes, Kant, Rousseau y Montesquieu. No se debe ello a que su texto religioso fundamental contenga determinadas inconveniencias sobre el concepto de libertad o sobre la relación entre religión y poder político o sobre la mujer, pues el nuestro también las contiene: recuérdense, por ejemplo, los pasajes violentos u homófobos de la Biblia o échese un vistazo a lo que piensa Pablo de Tarso sobre la mujer. El problema reside en que la antes descrita tradición nos permite, afortunadísimamente para nosotros, colocar en su lugar la fe y la política, distanciarnos prudente e inteligentemente de pensamientos que explicamos en su contexto y en su tiempo y relativizar con sentido común las formulaciones. Conste que entre ellos también existen excelsas minorías que miran con ojos cultivados sus textos y conste que entre nosotros hay más indiferencia y frivolidad que sano sentido crítico. Pero entre unas sociedades y otras hay oposición de valores, de modo que lo que en unas se reputa heroico, en otras se considera delictivo, lo que en unas es honesto, en otras se considera indecente: los repugnantes asesinos de la chica paquistaní que vivía en Italia y que se negaba a adoptar la triste vida que pretendían imponerle creían que los decentes eran ellos y ella la descarriada.
Por si no estaba claro, me manifiesto aún más nítidamente: yo estoy encantado de ser occidental, sintiéndome más grecorromano que judío y más judío que árabe, aunque de todo tenemos un poco los andaluces, enorgulleciéndonos de Averroes tanto como de Maimónides o de Séneca. Todo esto viene a cuento de que hoy, a principios del siglo XXI, hay sobrados motivos para avergonzarnos de Occidente. Frente a esas sociedades musulmanas, árabes o no, que nos obsesionan, nos comportamos exactamente del modo opuesto al pertinente, tratándolas sin tacto y sin respeto. La primera potencia militar mundial ha recordado, por ejemplo, estos días, con razón, la necesidad de cumplir la resolución 1599 del Consejo de Seguridad de la ONU, pero olvida que Israel incumple otras resoluciones anteriores mucho más importantes, colaborando a que la vida de los palestinos se haga insoportable. De los sucesos de Iraq, ignorando los gobernantes norteamericanos a la ONU, desautorizando a los inspectores, inventando pretextos para invadir que son ostensiblemente falsos y sentando las bases para una guerra civil y para la creación de un polvorín terrorista que antes no existía, mejor no seguir hablando, como mejor no hablar de la obscenidad descarada de Guantánamo, escenario en el que Occidente se ríe de sus propias normas con fraudes de ley de primer curso de Derecho. Se encuentran, pues, los pueblos musulmanes acosados, humillados, oprimidos y, cuando levantan su voz, físicamente destrozados por fuerzas militares imbatibles. ¿Hay que extrañarse de que, de entre ellos, surjan voluntarios para adosar un explosivo a su ropa y subir a un autobús o para estrellar un avión contra una torre? Llevamos varios años echando gasolina a la hoguera, clavando traviesamente tijeras en las narices del león. ¿Cuál es la diferencia entre la masacre de población civil al estallar un artefacto en un tren y la misma masacre al bombardear desde el aire a sólo población civil?
Tenemos que reflexionar urgente y profundamente. Parar los motores. Este camino no conduce sino a la destrucción; piénsese qué puede suceder si la dictadura de Pakistán, Estado con armamento atómico, salta por los aires y aflora lo que hay debajo. Antes fueron Nueva York, Washington, Madrid, Londres, Bombay, etcétera. Mañana será quién sabe qué. Repárese en que el mundo integrista, consciente de su inferioridad militar, ha decidido atacar de modo indirecto, sin identificarse ni localizarse, siendo inadecuado y contraproducente responder a sus acciones con guerras convencionales que, por rentables que sean para unos pocos, sólo son, militarmente, disparos al aire, teniendo en cuenta que en ese aire hay muchos inocentes que mueren.
La primera prioridad que tiene nuestro planeta es la sustitución de algunos de los más relevantes dirigentes mundiales por otros que sean estadistas conscientes de la singular gravedad del momento histórico en el que nos encontramos. Con estos bomberos no apagaremos el fuego, sino que nos quemaremos todos.
Luis Umberto Cllavería Gosálbez es Catedrático de Derecho civil en la Universidad de Sevilla
Publicado en Diario de Sevilla, ed. de 7 de septiembre de 2006, p. 7

Monday, September 04, 2006

La pequeña simia, por Adela Cortina

Si yo fuera una pequeña simia, estaría francamente molesta. ¿A qué cuento viene defender un "Proyecto Gran Simio", excluyendo a las simias y a los pequeños simios? ¿Por qué esa doble discriminación?
Dejar fuera al sexo femenino ya es habitual, claro, pero no por eso menos inaceptable. Se me dirá: pero es que el rótulo es traducción del inglés (Great Ape Project), y en ese idioma los adjetivos no se modulan con géneros gramaticales. Más a mi favor. Traducir no es copiar de forma servil, y un buen traductor vierte el original al nuevo idioma, haciéndolo accesible a sus hablantes. Así pues, en principio: simio y simia, o viceversa.
Pero después la cosa se complica: ¿por qué grandes y no pequeños y pequeñas? No se entiende. En lo que se me alcanza, una de las razones fundamentales para la defensa de los animales es evitar caer en el "especieísmo" o "especismo", término acuñado por Richard Ryder en un escrito sobre los experimentos con animales, que se utiliza ya habitualmente para criticar la posición de quienes justifican dar preferencia a los seres humanos por pertenecer a la especie Homo sapiens.
Aseguran los críticos del especismo que la naturaleza como tal no privilegia a ninguna especie sobre otra, y en esto llevan razón, como ya decían hace un par de siglos filósofos como Kant. Los terremotos y la erupción de los volcanes -aseguraba Kant con todo acierto- destruyen a todo tipo de seres y no se detienen con respeto ante ninguno de ellos. Son precisamente los hombres quienes aseguran que los miembros de la especie humana tienen derechos a los que corresponden deberes. Y eso -concluye el crítico del especismo, a diferencia de Kant- es una decisión tan arbitraria como podría serlo recurrir a otros límites biológicos, como la raza, y entonces incurriríamos en racismo, o el sexo, lo cual nos llevaría al sexismo. A fin de cuentas -continúa el crítico del especismo-, los seres humanos pertenecen al género "animal" y no se ve por qué es de recibo venerar con mayor entusiasmo a una de las especies que componen ese género, o por qué no se privilegian otras delimitaciones biológicas. Limitarse a la especie es arbitrario y, por tanto, caer en especismo.
Ocurre, sin embargo, que en textos oficiales de nuestro país, en los que se propone adherirse al Proyecto Gran Simio, se alude, como motivos para sumarse al proyecto, a "la cercanía evolutiva y a la vecindad genética que tenemos con nuestros parientes, los grandes simios (secuencia del ADN de los grandes simios)", y al hecho de que compartamos "la inmensa mayoría de nuestro material genético con estos seres", de donde se sigue que son "compañeros genéticos de la humanidad".
Si éstas son las razones, no parece que podamos librarnos del sambenito de especistas, porque lo único que hacemos es seguir privilegiando a nuestra especie y extender el privilegio a aquellos que se nos asemejan, a nuestros parientes. Y sabido es que las gentes no suelen defenderse sólo a sí mismas, sino a ellas y a sus parientes, incluso a sus amigos. Aquellos que demuestren cercanía genética con nosotros, incluidos en el club de los que tienen derechos y son destinatarios de deberes directos. Los demás, ya veremos más adelante. No parece un razonamiento muy contundente, entre otras cosas, porque igual de arbitrario es incluir sólo a la especie humana, que a ésta y a sus allegados. Por eso los animalistas en realidad no deberían estar de acuerdo con este proyecto, ni tampoco los críticos del especismo en general, ni, en particular, los utilitaristas y los que defienden los derechos de los animales por reconocerles un valor interno.
En lo que hace al utilitarismo, verdad es que quien lanzó este proyecto en primera instancia, Peter Singer, es uno de los más destacados defensores de los derechos de los animales. Pero su razón para defen-derlos no puede ser la del parentesco genético, sino una que no privilegia a los grandes simios frente a los demás. Acogiéndose a la bellísima declaración de Jeremy Bentham "la cuestión no es ¿puede razonar?, ¿puede hablar?, sino ¿puede sufrir?", el límite del reconocimiento de derechos se situaría en la capacidad de sufrir.
Ciertamente -asegura el utilitarista-, todos los seres que tienen capacidad de sufrir tienen por lo mismo intereses: el interés en no sufrir y sí disfrutar. Las decisiones deben tomarse, pues, atendiendo a esos intereses, es decir, al mayor bien del mayor número de seres con capacidad de sufrir. Entendiendo por "mayor bien" evitar en el mayor grado posible el sufrimiento y aumentar el placer de dichos seres. Lo cual obliga, claro está, a calcular en cada caso qué puede proporcionar mayor bienestar a la mayoría, qué seres son capaces de sufrimiento mayor y más intenso, y cómo queda la suma del conjunto.
Puede que en ocasiones los simios grandes puedan sufrir más que los pequeñitos. Pero en buen cálculo utilitarista, el sufrimiento de muchos pequeños puede ser superior al de unos pocos grandes, y ésa es una razón contundente para incluirlos en el proyecto. La medida del sufrimiento no es la de la cercanía genética, y cuando se empieza a calcular el número de individuos que sufren y la intensidad relativa de sus sufrimientos, tener en cuenta sólo a unos pocos es absolutamente arbitrario.
En un sentido cercano, un animalista destacado como Tom Regan critica al utilitarismo por entender que los cálculos de mayorías pueden sacrificar a individuos concretos. Por eso propone seguir reconociendo que los seres humanos tienen un valor interno y, por tanto, derechos, pero propone también extender esta consideración a todos aquellos seres que son capaces de experimentar una vida. De ellos habría que decir -piensa Regan- no sólo que tienen intereses, como asegura el utilitarista, sino también que tienen un valor inherente. De donde se sigue que deberían reconocerse derechos a todos ellos, sin necesidad de cálculos del mayor bien que pueden aplastar a los individuos.
Viene a la memoria el discurso de Hermann Daggett The Rights of Animals, pronunciado en 1791 en el Providence College de Yale, asegurando que Dios ha dado a todas las criaturas una esfera en la que desenvolverse y también unos privilegios que pueden llamar suyos, de donde se sigue que hay derechos de los animales tan sagrados como los de los hombres. O más todavía, la figura luminosa de Francisco de Asís reconociendo la fraternidad con la naturaleza toda.
Pero tales recuerdos y el discurso anterior no hacen sino abrir un gran número de preguntas bien difíciles de responder. ¿Dónde poner el límite de los derechos que reclaman justicia? ¿Dónde el de la vulnerabilidad que exige una protección responsable por parte de quien puede ejercerla? ¿En la especie humana? ¿En la capacidad de sufrir? ¿En el género animal? ¿En la naturaleza toda?
Tal vez la solución no consista en extender el discurso de los derechos a todo bicho viviente, sino en potenciar la responsabilidad de quienes pueden proteger a seres que son valiosos y vulnerables y no lo hacen. En este caso, potenciar la responsabilidad de los seres humanos.
Publicado en El País (Madrid), 5 de septiembre de 2006, Opinión

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y directora de la Fundación Étnor.