Friday, February 23, 2007

Oquendo de Amat y el efecto Bartleby, por José Calvo González

Hace algunos años Enrique Vila-Matas exhumó literariamente a un puñado de “raros”. Bartleby y Compañía (Anagrama, Barcelona, 2000) evocaba a varios individuos de una asombrosa raza compuesta de escritores inéditos, o que interrumpieron su escritura luego de publicar uno o dos libros ejemplares, o que –como en un nuevo paso de tuerca a lo todavía más desconcertante – resguardaron su identidad. En el pasmo de esas extrañezas recordó a Rulfo, Salinger, Rimbaud, Alfau, Gracq, la problemática filiación de B. Traven (¿acaso Ret Marut?), el enigma Pynchon, y también al uruguayo Felisberto Hernández, que nunca concluía sus relatos; fueron todos ellos bartlebys. Tratando de inquirir los poderosos motivos que pudieron alentar tan insólito proceder apuntó la moderna desconfianza en las palabras. Les serviría de nexo común el que luego de alcanzar un estado de superior clarividencia, donde atinaron razón de haber sido ya todo dicho, concluyeron que únicamente era dable aspirar a la redundancia, la glosa o el furtivismo. De ahí sus irrevocables decisiones: mudez, parvedad, veladura.
Me he interrogado acerca de ese efecto Bartlebly poniendo énfasis de rastreador de continencias, abandonos y embozos. Creí hallar un afectado más para añadir a ese colectivo. Podía tratarse, pensé, de Carlos Oquendo de Amat (Puno. Perú, 1906- Navacerrada. España, 1936). No obstante, explicaré antes de proseguir, mi vacilación persistió durante mucho. Porque si de una parte me inclinaba su extrema moderación editorial, me erguía de otra que sin embargo en absoluto propendiera a una obstinada negativa a la acción. En efecto, su única obra, un poemario escrito entre 1923 y 1925, que tituló 5 metros de poemas, publicado el año 1927 en Lima por Editorial Minerva a instancia de Carlos José Mariátegui, su descubridor, consolida en el tiempo una atracción cercana a la nada barrtlebyana. Pero, también, su biografía, surgente entre nieblas de la mano del peruano Carlos Meneses (Tránsito de Carlos Oquendo de Amat, Inventarios Provisionales, Las Palmas de Gran Canaria, 1973) y hoy ya muy nítida con Roberto Milla (Oquendo, Hipocampo Editores, Lima, 2006, T. I.), rechazaba la terca pasiva inocuidad –el “preferiría no acerlo”- del personaje de Melville (Bartleby, el escribiente, 1856). Por el contrario, Oquendo de Amat, de avance comunista, fue inquietado en Lima por la represión del dictador Augusto B. Leguía, que le encarceló, tuvo luego experiencia del exilio en la ciudad de boliviana de La Paz, donde asimismo conocería la tortura, y llegando a Panamá resultó retenido, y peregrinó por Costa Rica hasta su expulsión a México, hasta que al fin y a través de Francia vino a recalar en la España republicana. Su peripecia de agitprop le mantuvo hasta entonces en un andar sin sombra. Enfermado de tuberculosis en Madrid, murió con la Sierra del Guadarrama en los abiertos ojos cuando era 6 de marzo en el calendario de 1936.
Estuvo el primero en mencionarlo Mario Vargas Llosa, al recibir el Premio Rómulo Gallegos allá en Caracas por 1967 (La literatura es fuego). Más acá y adelante, igualmente Juan Manuel Bonet en su Diccionario de las vanguardias en España. 1907-1936 (Alianza, Madrid, 1995), de las que formó inventario completo con atención minuciosa y detalle especialista. Lo nombro yo ahora al recibo, por un obsequioso amigo arequipeño, de la obra que se bastó impar y unánime en la entera poética de Oquendo. Un lujo de amistad y un esplendor bibliográfico. Fortuna por cuenta doble.
La edición es facsimilar de otras que también lo fueron y se hallan en circulación, si bien con cortesía que las redime de erratas, y el agasajo del prologuista Oscar Aramayo, otorgando la merced de cinco poemas congregados desde la dispersión. Ha sido compuesta por Aquelarre Ediciones (Arequipa, 2006). Entre nosotros, María Manso y Rosa Lozano en la Editorial Ediciones el Taller del Libro (Madrid, 2004) hicieron tirada de 300 ejemplares, en montaje de estuche con ventana y encuadernación artesanal, pero omitiendo el disfrute de la xilografía que va a la carátula, diseño de Emilio Goyburi, esbozando cuatro rostros con telón de fondo. La bondad de su rescate, indultada esa falencia, vale la memoria. De justicia es también recordar otro salvamento anterior, en Editorial Orígenes (Madrid, 1985), con estudios de Carlos Meneses y José Luis Ayala. Pero la que desde hoy está en mi biblioteca se adorna de todas las mayores estimaciones.
5 metros de poemas es un libro-objeto. Postuló Oquendo abrir el libro “como quien pela una fruta”. En su pulpa están los dieciocho poemas, que impregnan el paladar con sapiencia. Las páginas van impresas en acordeón, al modo de algunos cuadernos de estampas japonesas, y despliegan su lectura con la paciente serenidad de un origami, el antiguo arte nipón de doblar el papel. A mitad de ellas se convoca a un intermedio de diez minutos, como el descanso de las salas de cine en sesión doble. Ese formato y otros arrojos delatan al Oquendo surrealista; así quedó registrado por Mihai G. Grünfeld en la Antología de la Poesía Latinoamericana de Vanguardia 1916-1935 (Hyperión, Madrid, 1995). La libre palabra de su verso, que asimismo licencia la rima, recoge los primeros ecos del ultraísmo en Perú, algo borrosos, y se aclara en las voces de André Breton, Tristan Tzára o Paul Éluard, bien timbradas a su vez en Rimbaud, Mallarmé, Valery y Apollinaire. De éste último hay además una resonancia particular en la ordenación especial de la página, con estructuras formal-visuales que memoran caligramas. Asimismo trafican homenajes al constructivismo soviético y, cómo no, al lenguaje de Philippe Soupault en los Poemas cinematográficos (1917). Del resto, la armonía del modernismo autóctono le pertenece por José María Eguren (Simbólicas y La canción de las figuras, 1911 y 1916, respectivamente) y César Vallejo (Trilce, 1922). Y toda esa fue la irradiación genealógica de fusiones estéticas que encendió su poética personal.
Acabando, orillo mi duda. ¿Se preservó Oquendo de Amat, fue la vanguardia que se guarda, era un bartlebly? Es muy cierto que a este libro no siguió otro. Pero su poesía nunca renegó, nunca descreyó de la palabra. Poema del manicomio es prueba del pavor a la cosificación: “Tuve miedo y me regresé de la locura/ Tuve miedo de ser/ una rueda/ un color/ un paso”. En el Poema del mar y de ella se lee: “y el mar venía lleno en tus palabras”. Y en Poema un “Para ti tengo impresa una sonrisa en papel Japón (…) déjame que bese tu voz/ Tu voz/ que canta en todas las ramas de la mañana”. Además, ninguna desolación verbal traman los poemas, aunque en alguno pueda ser mimbre la nostalgia: “Junto a ti mi deseo es un niño de leche” (Compañera), o “un niño echa el agua de su mirada/ y en un rincón/ la luna crecerá como una planta” (Jardín). Entre los versos-ola de Mar flota un recuadro tipográfico que enuncia: “Se prohíbe estar triste”. De entusiasta convicción es también la gozosa metáfora en la semblanza más personal y biográfica: “Tengo 19 años/ y una mujer parecida a un canto”. En Oquendo ardía la llama viva de la exultación del verbo, que es avidez por la esperanza.
Definitivamente, el efecto Bartleby –la paralización del deseo- no ha sucedido en Oquendo.


Publicado en diario El Mundo. El Mundo Málaga (Málaga), Suplemento de Cultura ´Papeles de la Ciudad del Paraiso´, núm. 10, ed. de 23 de febrero de 2007, p. 14.

2 comments:

Juan said...

"María Manso y Rosa Lozano en la Editorial Ediciones el Taller del Libro [y no Editorial Orígenes] (Madrid, 1986) hicieron tirada de 300 ejemplares, en montaje de estuche con ventana y encuadernación artesanal.."

IURISDITIO said...

Gracias por la puntialización. Bailaron los renglones.
Hago la enmienda en el texto