Sunday, April 08, 2007

Biblia, Corán y jueces, por José Calvo González

La eficacia y homogeneidad del espacio judicial europeo presenta zonas de penumbra y lugares tenebrosos. Unas y otros están, sobre todo, en el derecho de familia. En fecha aún reciente (23.03.07) publicaban varios periódicos nacionales dos noticias servidas por la Agencia EFE, que no por menos habían de causar estupor a sus lectores. Una daba cuenta del acuerdo adoptado por unanimidad en el seno de la comisión disciplinaria del CGPJ resolviendo sancionar como falta grave -apoyaba la decisión en el apartado sexto del art. 418 de la LOPJ- e imponiendo multa de 600 euros a don Esteban Campelo Iglesias, juez-magistrado de la Sección Tercera de la Audiencia Provincial de Cantabria. Concluía así el expediente disciplinario que fuera incoado el 13 de septiembre pasado a instancias del Servicio de Inspección, después de que, en marzo de ese año, la Sala de Gobierno del Tribunal Superior de Justicia de Cantabria remitiera al CGPJ determinadas actuaciones. Se derivaron éstas de dos sentencias dictadas en ocasión de procedimientos matrimoniales. En una, fechada a 29 de noviembre de 2005, el magistrado recomendó a un matrimonio separado acudir a la Iglesia católica para reconciliarse “poniendo en medio la fuerza de Jesucristo Resucitado” y, porque –según arguyó- en aquella ruptura matrimonial apreciábase la “intervención del maligno”, se extendía en consejos al matrimonio separado, acompañados de citas del Génesis, además comparando a la nueva pareja del hombre con el “fruto prohibido” del que habla este libro bíblico. La otra había sido dictada el 16 de enero de 2006 en ocasión de resolver un recurso de apelación, que fue confirmatorio de la absolución de un hombre al que su ex mujer acusó de amenazas y vejaciones por reclamar en un escrito depositado en su buzón el derecho a tener a los hijos de la pareja en las vacaciones de Navidad. En este caso, se invitaba a los contendientes, “en beneficio propio y de sus hijos a que intenten la reconciliación, mediante el perdón mutuo, objetivo sólo alcanzable si ponen en medio la fuerza de Jesucristo Resucitado”. La comisión disciplinaria consideró que tales expresiones y admoniciones eran “de todo punto innecesarias, improcedentes y extravagantes, así como manifiestamente irrespetuosas desde el punto de vista del razonamiento jurídico”.
Asimismo, los maquetadores de la página de ´Sociedad´ incluían referencia a otra resolución dictada esta vez por una jueza alemana, denegatoria de la vía rápida de divorcio, procedimiento de urgencia previsto en casos de malos tratos, a una musulmana de origen marroquí, de 26 años, madre de dos hijos con pasaporte alemán, separada desde mayo de 2006, que había manifestado sentirse acosada por su marido, sobre quien por causa de maltrato habitual pesaba ya orden de alejamiento. El argumento del que se asistía la magistrado al adoptar tal decisión tomaba base en el tenor de la sura 4,34 del Corán, que a su entender fundamentaba el derecho del marido a emplear la violencia contra las esposas rebeldes, y en la circunstancia de que la mujer, que había contraído matrimonio por el rito musulmán, debía conocer bien tal costumbre. Y así, en consecuencia, no podrá la demanda de divorcio plantearse antes de transcurrido un año de la separación. Desde luego, ignoro con qué arduas razones pueda haber querido avalar la titular de aquel juzgado de la Corte Regional de Frankfurt su tan singular analogía de las normas de evicción y vicio oculto del contrato (matrimonial) en una causa de divorcio, de toda índole y grado poco celosa de ortodoxia, y más si relacionadas con error in persona vel obiecto/ error in quiatilate personae [aparte, como es natural, consideraciones juridico-canónicas sobre efecto irritante del matrimonio o capítulo de nulidad; can. 1097 & 1. Error in persona invalidum reddit matrimonium. & 2. Error in qualitate personae, etsi det causam contractui, matrimonium irritum non reddit, nisi haec qualitas directe et principaliter intendatur]. Desconozco igualmente qué complaciente interpretación del supuesto “derecho de corrección” coránico haya servido de fundamento aquí, ya que ocasionalmente los tribunales germanos han tratado con mayor benignidad el maltrato en “delitos de honor” que otras conductas de violencia de género. Un dato puede resultar no obstante esclarecedor; la medida cautelar de alejamiento impuesta prohibía al marido acercarse a menos de 50 m., lo que evidentemente permite que permanezcan en todo operativas prevenciones “inspectoras” sobre la “honestidad” de la conducta de la esposa, como la observación, seguimiento, expectación e inquietación, que es fácil inferir son precisamente las denunciadas por ésta como acoso, siquiera en su manifestación ambiental. Luego, recuérdese el infame caso de Hatin Sürücü, de origen turco-kurdo, quien con 23 años resultó asesinada a manos de uno de sus hermanos por “honor” y “dignidad familiar” (Berlín, febrero 2005).
Todo ello me hace reiterar las dos frases con que abrí estas líneas.
La organización feminista Terre des Femmes ha considerado el caso beyond the pale, instando la apertura de un expediente disciplinario a la jueza, iniciativa que también apoyan los representantes de los dos partidos, democristiano y conservador, que gobiernan en Alemania. Por su parte, la asistencia letrada instante del denegado procedimiento de urgencia ya ha interpuesto el correspondiente recurso, que otro juez habrá de resolver, aunque seguramente no conoceremos el resultado, que ya no será noticiable.
Pero, en cualquier caso, hay contenida en lo anterior una invitación a reflexionar que no puede ni debe rehusarse. La “catecumenización” del magistrado español en el matrimonio católico y la intercesión de la gracia divina, o el reenvío de la jueza alemana a la Sharia o ley islámica que no prohíbe al hombre “pulsar” a la esposa rebelde, me trae a la memoria –tal vez porque no hay peor astilla (que es aquí sin embargo la mejor) que la del mismo palo- el cap. 1, 1-22 del Libro de Ester, que ahora les refresco.
Acontecido en los días de Asuero que, afirmado sobre el trono de su reino, dilatado desde India hasta Etiopía en más de veintisiete provincias, hallándose en Susa, capital de su monarquía, en el tercer año de su reinado, hizo banquete a sus cortesanos, para brillo y magnificencia de su majestad, el cual duró ciento ochenta días. Y aún después de éste hizo otro, por siete días, en el huerto del palacio real, abierto a todo el pueblo, con gran lujo y obsequio de mucho vino real, conforme a lo poderoso de aquel rey y la largueza de su esplendidez. Asimismo, la reina Vasti hizo banquete para las mujeres. El séptimo día, estando el corazón del rey alegre de vino, mandó a siete eunucos que trajeran a ésta a su presencia, tocada de corona regia, para mostrarla, porque era hermosa. Mas la reina Vasti no quiso comparecer, y el rey se enojó mucho, y se encendió en ira. Preguntó entonces Asuero a los sabios de su consejo, siete príncipes de Persia y de Media que alcanzaban a ver el rostro del rey, interrogándoles sobre qué se habría de hacer con la reina Vasti según la ley, por cuanto no había cumplido su orden. Porque si este hecho de la reina llegara a oídos de todas las mujeres, tendrían en poca estima a sus maridos, diciendo: El rey Asuero mandó traer delante de sí a la reina Vasti, y ella no vino; y habrá mucho menosprecio y enojo. Y sus ministros le exhortaron de este modo: Si parece bien al rey, salga un decreto real de vuestra majestad y se escriba entre las leyes de Persia y de Media, para que no sea quebrantado: Que Vasti no venga más delante del rey Asuero; y el rey haga reina a otra que sea mejor que ella. Y el decreto que dicte el rey será publicado en todo su reino, por inmenso que fuere, y todas las mujeres darán honra a sus maridos, desde el mayor hasta el menor. Agradaron estas palabras al rey, e hizo de acuerdo al consejo, pues envió cartas a todas las provincias, a cada provincia conforme a su escritura, y a cada pueblo conforme a su lenguaje, diciendo que todo hombre afirmase su autoridad en su casa, y que se publicase esto en la lengua de su pueblo.
Atender al sagrado verbo de este relato abrirá enormes posibilidades a la prosa jurídica de quienes imaginan el destino civilizador del derecho desde la letra de libros como el Corán o la Biblia. Acaso el repudio, con abandono total de la aborrecida, sea pronto una briosa institución jurídica entre los cristianos, desde la que bien buscada alguien encuentre aprobación para el incumplimiento de pensiones, y hasta en no lejano día tal vez sea legalizada la bigamia en ordenamientos como el nuestro. Muchas sorprendentes contingencias nos deparará el destino que, como en casi todo, es sólo cuestión de tiempo.
El de la rebelde Vasti, aclararé, sucedió que también lo sería. Pronto recuperó Vasti su dignidad real. La de persona, realmente, me es difícil creer que la perdiera nunca.
(Publicado en diario El Mundo Málaga (Málaga), ed. de 8 de abril de 2007, p. M4)

Friday, April 06, 2007

La legge & il nulla, por Claudio Magris


DIALOGHI Claudio Magris e Natalino Irti a confronto sul rapporto tra gli istituti giuridici e il divenire storico

Caduti i valori di Dio e della natura il diritto si basa sulla volontà umana

«Dimmi, Pericle - chiedeva Alcibiade duemilacinquecento anni fa - che cos’è la legge?». Forse solo un’efficace costruzione, fondata (almeno oggi) sul nulla, dice un maestro di diritto come Natalino Irti, ordinario nell’Università di Roma «La Sapienza» e accademico dei Lincei, autore di testi fondamentali della sua disciplina - una quindicina di studi strettamente specialistici - e divenuto un punto di riferimento culturale in senso più ampio in alcuni libri di vasto respiro, quali L’ordine giuridico del mercato, Norma e luoghi. Problemi di geo-diritto, Nichilismo giuridico e Dialogo su diritto e tecnica (con Emanuele Severino). Il suo recentissimo volume, Il salvagente della forma, si impernia su un tema fondamentale, analizzato con accanita passione e con classica distanza in una vasta gamma di aspetti giuridici, filosofici, morali, scientifici, politici, letterari: il nichilismo puro e assoluto che oggi caratterizza secondo l’autore il diritto, il quale non può più richiamarsi, come un tempo, a valori universali che lo trascendono né alla tradizione, né a Dio né alla natura; non può reclamare «verità», ma si fonda soltanto sulla volontà più forte, capace di imporre l’ordinamento giuridico e l’ordine del mondo ad essa congeniali, e si risolve dunque nella politica. Come aveva visto Nietzsche, pure il diritto è volontà di potenza, è «tecnica» - destino dell’Occidente, secondo Severino, con il quale Irti intrattiene un intenso dialogo. Dinanzi a questa realtà, Irti non indulge né alle deprecazioni moralistiche né alle garrule apologie cui siamo abituati: ne prende atto con fermezza intellettuale, rigore logico (che distingue i giudizi di fatto dalle proprie convinzioni personali e spesso spiazza il lettore con inattese posizioni politiche) e un senso di fraterna partecipazione alle vicende degli uomini abbandonati dagli dei. Il ritratto della nostra realtà offerto da questo libro ne fa uno dei testi più forti, insieme a quelli di Severino, sul nichilismo in generale. Quest’ultimo, gli chiedo, ha pervaso la filosofia e la letteratura sin dalla fine dell’Ottocento; perché il diritto - se non sbaglio - ne è stato coinvolto più tardi?
- Irti: Non sbagli. Il nichilismo è giunto tardi al diritto. La «morte di Dio», cioè il declino dei fondamenti religiosi e metafisici, fu a lungo nascosta dietro surrogati terreni: Stati nazionali, secolare tradizione del diritto romano, energia unificatrice dei codici. Ma, nel giro di un secolo o poco più, anche questi surrogati, che sembravano garantire totalità e unità di senso, sono scesi al tramonto o hanno perduto forza di guida. Rimangono le forme, le procedure capaci di generare norme in ogni ora del giorno e in ogni luogo della terra. I contenuti sono determinati, di volta in volta, dalla volontà più forte ed efficace, che è in grado di possedere e dominare i congegni produttivi. Se nessuna norma è presidiata da verità, da un vincolo assoluto e oggettivo, allora tutte vengono dal nulla e nel nulla possono essere risospinte. Nichilismo è questo abbraccio del nulla, quest’assenza di un «da dove» e di un «verso dove». Né provenienza né destinazione.
- Magris: Kant diceva che la domanda «cos’è il diritto?» pone il giurista nello stesso imbarazzo in cui si trova il filosofo quando gli chiedono «cos’è la verità?». Nel tuo libro la verità è bandita dal diritto; le leggi non sono più vere o più giuste di altre, bensì più valide, più adatte ad organizzare il mondo secondo la volontà del legislatore, che in quel momento è la volontà politica più forte. Non è certo la natura che può offrire dei valori assoluti: per l’universo, con le sue stelle che collassano e le sue specie che distruggono altre specie, le leggi razziali di Norimberga non sono né giuste né ingiuste. Nei valori - compresi i comandamenti di Dio per il credente, come sa la grande teologia moderna - si può credere, ma non si possono dimostrare. Ma noi viviamo - e non potremmo vivere altrimenti - tracciando una netta distinzione tra valori che consideriamo transeunti e comunque discutibili (per esempio certe norme di comportamento sessuale, la preferenza per un’economia dirigista o liberista) e altri che consideriamo - per noi - degli assoluti: non siamo disposti a discutere se sia lecito torturare un bambino o organizzare Auschwitz. Naturalmente anche le leggi razziali di Norimberga sono cadute perché chi vi si opponeva è stato più forte, ma possiamo dire che esse erano soltanto meno valide, espressione di una volontà politica che si è rivelata meno forte, o non dobbiamo invece dire che erano ingiuste e infami e che lo sarebbero anche se il Terzo Reich avesse vinto e dunque se fossero tuttora valide e operanti? Pure il conflitto fra Antigone e Creonte, ha scritto in un bellissimo saggio Gustavo Zagrebelsky, esige una soluzione non solo morale bensì politica, ma questa politica non prescinde dalla morale. Forse i due postulati dell’etica kantiana non si fondano su nulla (certo non sulla natura), ma noi li viviamo come assoluti; li abbiamo elevati a valori universali sottratti al divenire storico - almeno a quello dell’umanità che conosciamo. Quando tu parli di «esemplare onestà» di un tuo critico o di altri valori, non solo li professi come vuole il tuo demone (direbbe Max Weber), ma dai per scontato che siano valori in sé, per la nostra umanità.Irti: Il diritto ha conquistato faticosamente la propria autonomia e laicità. Sciogliendosi da qualsiasi presupposto, si è consegnato per intero alla storia degli uomini, e perciò alle loro volontà, alle loro visioni del mondo, al loro istinto di potenza. Soltanto la fede, ossia la volontà di credere, erige «valori», i quali valgono appunto perché sono creduti e voluti. Questa è grandezza e tragedia dello storicismo. Tu stesso dici che i postulati dell’etica kantiana, noi «li viviamo come assoluti», noi «li abbiamo elevati a valori sottratti al divenire storico»: e, dunque, non li abbiamo accolti come dati oggettivi, vincolanti in sé e per sé, ma li erigiamo e sosteniamo con il nostro volere. La volontà, che li ha istituiti, è anche in grado di destituirli. Antigone è sublime figura della rivolta contro un certo diritto; ma a nessun diritto si può chiedere di prevedere e consentire la ribellione verso se stesso, cioè l’autodistruzione. La volontà contestata e la volontà contestante avanzano, ciascuna per sé, la pretesa di valere in modo esclusivo. Questa scissione segna tutta la storia del diritto. Se Antigone invoca un altro diritto, Creonte incarna il diritto come è, la dolorosa fermezza di chi manovra la barra nella tempesta. Jean Anouilh ha colto potentemente questo profilo.
- Magris: Fra le tante pagine bellissime del libro, c’è l’inoppugnabile demolizione logica dell’attuale pretesa ideologica del mercato di essere, diversamente dall’economia dirigista, un dato «naturale», mentre tu dimostri che esso è il risultato, «artificiale» come ogni altro, di una volontà politica oggi più forte, che lo vuole e lo impone, senza che ciò implichi da parte tua una posizione negativa nei riguardi del mercato stesso. Ma smascherare un’impostura ideologica non significa credere che esista una verità, in questo caso appunto il carattere artificiale del mercato?
- Irti: «Smascherare un’impostura» è soltanto proporre un’interpretazione delle cose, ed anche volere che il diritto sia la potenza regolatrice e l’economia la materia regolata. Verità? È forse un caso che ci troviamo oggi in dialogo un uomo di lettere e un uomo di diritto? Tu mi domandi proprio ciò che io domando a te, ciò che il diritto, chiuso nella gabbia del volere umano, non è capace di svelare. Forse la poesia, interrogando le menti e i cuori, e il cielo e la terra, può guidarci per qualche strada ancora ignota. Accogliamo anche noi l’estremo messaggio di Heidegger.
- Magris: Il tuo libro si intitola Il salvagente della forma. È questo che fonda l’affinità tra diritto e letteratura, la quale ha dato grandi contributi alla fisionomia dell’homo oeconomicus, dal romanzo inglese e francese - per citare solo qualche esempio - a Goethe, uno fra i primi a intuire il nichilismo del consumo. Gottfried Benn, grande poeta di un radicale nichilismo, diceva di scrivere «strofe su catastrofi», strofe perfette, che in qualche modo arginano il caos e la distruzione. Ma quella perfezione della forma dice un senso che la trascende, l’asciutta e struggente malinconia per la vita fuggitiva, il desiderio di salvarla, nella forma ma non solo per amore della forma. Ogni nichilismo autentico è avvolto da questo alone terso e struggente, non detto e indicibile. E forse la forza del nichilismo sta pure nella seduzione di queste parole - nichilismo, nulla - che affascinano come una musica insieme dura e melodiosa, un canto di sirene cui piace abbandonarsi...
- Irti: La salvezza è nella forma redentrice. Le tue parole sono già l’inizio di una strada comune.Natalino Irti, accademico dei Lincei, insegna Diritto civile e Teoria generale del diritto presso l’Università «La Sapienza» di Roma ; il suo libro si intitola Il salvagente della forma, pp. 175, € 18, Laterza.
Corriere della Sera (Roma), 6.4.2007, p. 47

Monday, April 02, 2007

Dinesen y la parábola del banquete, por José Calvo González




Isak Dinesen
El festín de Babette
Nórdica Libros,
Madrid, 2006. - 80 pp.

Karen Christence Blixen-Finecke (Rungsted, Dina-marca 1885-1962), Isak Dinesen en su pseudónimo literario más frecuentado, escribió en 1952 un cuento al que tituló El banquete de Babette, luego compendia-do junto a otros dentro de Anécdotas del destino (1958). Alfaguara lo publicaría en España por primera vez el año 1983. Lo hace ahora la editorial Nórdica Libros, recogiendo la traducción original de Francisco Torres Oliver, refrescada en la luminosa palabra festín, y al texto añade también la imaginación ilustradora Noemí Villamuza. Estrena así una novedad llena de belleza verbal, disfrutada además en la fantasía del dibujo. Dinesen se agrega a la colección que abrió con Lenz de Georg Büchner, al que fue propenso Kafka, ilustrado por Alfred Hrdlicka. En esa línea nos aguardan para esta temporada más lecturas maravillosas e imaginaria mágica.
La historia de Babette se data hacia 1885, en Berlevaag, poblado de la Jutlandia noruega, provincia del noroeste, establecido por un pastor luterano en comunidad piadosa. A la muerte de éste allí prosiguen sus hijas, Filippa y Martine, ya “lejos ambas de la primera juventud”, perseverando el testimonio paterno. Allí también acogieron Babette, sospechosa de communard, cuando el vientre balzaquiano de París se hallaba en plena digestión revolucionaria. Era cocinera y la tomaron de sirvienta por carta de recomendación de Achille Papin, cantante de ópera, antiguo pretendiente de Philippa. Tuvo asimismo en aquel tiempo Martine su enamorado, el apuesto teniente Lorenz Loewenhielm. Han transcurrido quince años y entre ellas tres la vida ha ido sucediendo en una sobria y hermética existencia. A tan enflaquecidas biografías correspondió la no menos lacónica dieta, rutinariamente parca, de una cocina sin ambiciones; frugal sopa de cerveza y enjuto guiso de bacalao por única sumaria complacencia. Y los calendarios siguieron adelgazando, a igual ritmo que sus desnutridas almas. Mas Babette juega un día la lotería, y el sorteo le premia. Diez mil francos le ha de traer esa suerte, que decide aplicar a la preparación de una cena que conmemore el centenario del nacimiento del venerable patriarca, reuniendo a la mesa a quienes fueron sus más fieles discípulos, ahora parece que algo distanciados. Tal idea y forma de festejar el aniversario ciertamente inquieta a las timoratas hermanas, dudosas de si el modo de celebración no será inapropiado. Pero, aunque medrosas, al fin acceden, porque nada y nunca antes les pidió Babette. Comienzan, pues, los prolegómenos para el festín. Filippa y Martine, entre apocadas y llenad de pasmo, asisten al recibo de viandas sabrosísimas y manjares deliciosos que Babette hace traer de París. A la suculenta pitanza de alimentos se acompaña la llegada de un surtido en vinos finos y apetitosos para mejorar el goce exquisito del condumio. El menú compuesto quiere regalar a los comensales con la expresión más exquisita de la culinaria francesa; un dominio, en todo desconocido de todos, que antaño estuvo elocuentemente reservado a Babette, meritísima chef de Café Anglais, el más afamado y principal restaurante de los bulevares parisinos. Los invitados, no obstante, han prevenido el paladar contra el contento del deleite; cualquier placer de los sentidos es indecente, y pecaminosa la delectación. Así, no saborean, y resisten el elogio. Sólo Loewenhielm, ya en el generalato, extranjero como Babette, despierta poco a poco a los disfrutes; la evocativa memoria de andanzas en la vida mundana le permitirá reconocer e identificar plato a plato delicadezas, suavidades, refinamientos, elegancias. Papin colaborará igualmente. Va el resto siendo despaciosamente atraído y seducido y hechizado. Entonces, una fascinante renovación acaece como epifanía, en festividad que disuelve recelos y aprensiones, que estimula a la dicha, que conmueve al júbilo. A los postres abre paso la alegría de corazón, antes limitada en emociones cohibidas, y van todos –menos Babette que permanece atareada en la cocina- a bailar y cantar bajo la Luna en mitad de la fría noche de aquella nórdica nación. Y la vida renace de lo inerte.
Gabriel Axel hizo con este cuento un ejemplar guión cinematográfico, y la película, que también dirigió, recibió galardón en Cannes, y Oscar en 1988 al mejor film en lengua no inglesa. A Babette la encarnó Stephane Audran. Ya antes, otro más de los contenidos en Anécdotas del destino, “Una historia inmortal”, aprovechó a las pantallas, rodado por Orson Welles, en España, con Jeanne Moreau (1966). Y en medio de ambas la adaptación por Kart Luedke de Out of Africa (1937), dirigida por Sydney Pollac, distribuida aquí como Memorias de África (1985), que cosechó siete oscares, aunque no a la memorable interpretación de Meryl Streep en el papel de Dinesen. A buena literatura, bien cine.
Babette es un relato sencillo, una parábola, donde saciarse de enseñanzas. Porque está llena de auténtica sabiduría, que no consiste en saber más sino saber mejor. En efecto, supo Dinesen que la “anécdota” alimentaria prestaba ocasión perfecta para actualizar una vieja, nunca rancia, metáfora. Es fácil, creo, acudir a los symposia platónicos, o al convivium romano, cuya riqueza etimologica además de guiar hasta banquete conduce a convivir como entenderse y comprenderse. Pero quiero intentar una alternativa diferente, y arriesgo la bíblica. Pasajes del Nuevo Testamento (Mateo 22, 1-10; Lucas 14, 15-24) hablan del convite anunciado a los más humildes y sumisos, que los poderosos excusaron o desatendieron, y del invitado pretencioso que sentó a la mesa en lugar preeminente y fue luego removido. Y en Ap. 19, 9 se llama bienaventurados a los llamados a la cena del Cordero. Hay sin embargo un fragmento del profeta Isaías (25.6) que condimentaría mejor que ningún otro el metarrelato de Dinesen. Es allí donde anuncia esta promesa: “Y Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de gruesos tuétanos y de vinos purificados. Y destruirá en este monte la cubierta con que están cubiertos todos los pueblos, y el velo que envuelve a todas las naciones. Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros”. Los últimos versículos declaran que ese banquete será salvífico, festín de la vida en plenitud, sin amenaza de muerte y dolor. La divinidad, como escribió santa Teresa a sus monjas, “anda entre los pucheros”. Dios metido en faena de perolas, calderos y fogones para la gran cena de la salvación. Dinesen concibe una todopoderosa cocinera Babette, capaz de aderezar con divino arte, de sazonar –sal de la vida- el insípido existir de mortificante austeridad que ha sometido a represión y castigo los cuerpos y espíritus de aquellos lugareños. Festín de comida y bebida reconstituyente y liberalizador. El arte del banquete como salvación total, que además alcanza e incluye también a Babette. Aquella cena espléndida como obsequio a sus invitados, pero también a sí misma. Porque el arte es siempre junto a salvación de otros, asimismo del propio artista. El artista que no convida al banquete de su arte no sólo nos priva de su disfrute, que es la representación más portátil de la eternidad, muere él mismo. La astenia fatalmente lo devorará, engulléndolo en una deletérea finitud.
Y ahora, la lectura ya está servida.




(Publicado en El Mundo. El Mundo Málaga (Málaga), Suplemento de Cultura ´Papeles de la Ciudad del Paraiso´, núm. 11 ed. de 30 de marzo de 2007, p. 14.