Friday, February 29, 2008

Vida secreta de las plantas, o certeza de mí, por José Calvo González


Elizabeth von Arnim
Elizabeth y su jardín alemán
Trad. de Cristobal Pera
Lumen, Barcelona, 2008, 149 pp.





Mary Annette Beauchamps (Sydney, Australia, 1866- Charleston, Carolina del Sur, USA, 1941) adoptó en el estreno de su identidad literaria el título nobiliario de su primer marido, Hennin August von Arnim-Schlagenthin, barón. Luego también continuó firmando el resto de su obra igualmente como Elizabeth von Arnim. La decisión fue recomendada por los editores a la vista del impensado éxito de una novela, ésta de la que aquí me ocuparé, Elizabeth y su jardín alemán, publicada en 1898 y reimpresa ese mismo año hasta en veintiuna ocasiones. Hubo más adelante otro enlace, con el segundo conde de Russell, Francis, hermano de Bertrand, en 1916, que no invitó a mudar aquel previo consorcio de autoría sino más bien, al cabo, aconsejó deshacer mediante divorcio esa misma unión matrimonial, sobrevenida al desastre.
Pero en absoluto fue Elizabeth mujer de dolimientos; diré que al contrario. Aquello, claro es, tampoco lo hubiera consentido su esmerada educación inglesa, y así probablemente colaboró en buena medida. Creo, no obstante, que prevalecían otras razones, más profundos en su índole, propias y comunes a quienes por su naturaleza afrontan la contingencia de sus vidas desde la fineza de una ironía resueltamente elegante y la inteligente conciencia de que alcanzar la felicidad puede resultar un suceso natural, cotidiano, acaso incluso frecuente, en nada milagroso. La decisión que inclina a ese modo de vida, esto es, la voluntad de vivirla en esa vivencia, se capta con nitidez en esta deliciosa narración que, además, pone al descubierto el carácter fingido, representado de casi todo código social cuando sólo sirva a entorpecerla o vedarla; trance de dificultades también extensible al estorbo no menos postizo en tanto reglamentado de inverso, actualmente, como political corretness.
Estructurada a través del diario compuesto durante el período de estancia en una casa de campo en la región germana de Pomerania El jardín alemán de Elizabeth, de Elizabeth Arnim, es una fábula autobiográfica. La autora asume, por tanto, las posibilidades del único recurso disponible, seguramente, antes que “the French feminists” nos revelara que desde una perspectiva femenina es imposible hoy (y de cuánto antes) escribir sin el psicoanálisis. La manera femenina de escritura de creación como un “estar en el mundo” que este movement (Hélène Cixous, Luce Irigaray, Julia Kristeva) articula y elabora con base en sugestivas teorizaciones poststructuralistas de género, espacio y poder, encuentra una avant-garde (o avant la lettre) definitiva en Arnim. Pero mucho más espontánea -o desenfadada- y de menor virulencia, sin que ello reste agudeza ni estreche el mérito por ninguna de ambas partes. Cómo, si no, calificar el hallazgo (en género) de tan sutil perspicacia al captar el alcance de la masculinity hegemony denominando siempre la prusiana figura del marido como irrupción de “el Hombre Airado”. Dónde otra alternativa más idónea (en espacio) a la elección del cultivo del jardín alemán, privado vergel, como la vida secreta de las plantas o escenario reservado a la certeza de mí: “El jardín es donde busco refugio y protección, no la casa. En la casa me esperan deberes y disgustos, sirvientes a los que aconsejar y amonestar (...), mientras que fuera me veo rodeada de bendiciones por todas parte”. Cuándo una oportunidad mejor, una ocasión más propicia (en poder, empowerment) que en la discusión -aliada con Irais, entrañable amiga- de 1º de enero sobre “lo que pueden hacer las mujeres” y la clasificación legal de éstas (“en el mismo saco que los niños y los idiotas”) tan al uso (y ¿desuso?).
El jardín alemán de Elizabeht es, en efecto, un recreo cuya elucidación última está en la doble y cruzada perspectiva de significados que ese mismo término permite; recreo o distracción sin demasiado sentido, según “el Hombre Airado”, que Elizabeth (Arnim) transforma en feliz (rebelde) re-creación del edénico jardín, en jardín de (Elizabeth) Arnim –a guisa de camusiana femme révoltée- ya paraíso portátil antes de la expulsión.
Y todo en una gozosa epifanía botánica que hará el deleite de cuantos aficionados a la jardinería saben del experto cuidado exigido en el cultivo de la flor entre todas la más delicada, de atenciones más pacientes, de primorosos arreglos, de extremado celo, rara en los tratados de esa ciencia y premiada siempre en certámenes: la que etiqueta a su tallo una designación donde se lee: Nunca arrepentirse de aquello que te haya hecho feliz.
En terminando, y debió ser encabezado, mi reconocimiento y gratitud hacia la exquisitez Lumen al revivir del fondo editorial de Mondadori, algo más una década atrás (1997), esta obra forma no caduca de belleza.

Publicado en "Papeles de la ciudad del Paraíso", núm. 18, ed. 29 de febrero de 2008, p. 6, suplumento cultural del diario El Mundo Málaga.

Thursday, February 21, 2008

Sobre Teoría Narrativista del Derecho


José Calvo González, Octroi de sens. Exercices d’interprétation juridique-narratif
Presses de l'Université Laval (Collection Dikè), Québec, 2007, 158 pp. ISBN : 978-2-7637-8591-2

TABLE DES MATIÈRES
Palimpseste et remerciements

Hors-livre
De l'expérience interprétative dans l'interprétation juridique, ou d'une danse immobile
Première Partie
De l'interprétation juridique

Que va devenir l'interprétation juridique? Six propositions pour le troisième millénaire
Partie II.
Vérité et Narration

1. La vérité de la vérité judiciaire. Construction et régime narratif2. Vérités difficiles: Contrôle judiciaire de faits et jugement de vraisemblance
Partie III
Fait et Narration

1. Modèle narratif du jugement de fait: inventio y ratiocinatio
2. Faits difficiles et raisonnement probatoire. (À propos de la preuve des faits dissipés)
Partie VI
Metanarratif

Jurisdictio comme traduction
Sigles

En adoptant une analyse narrative du droit, l’œuvre apporte une contribution doctrinale et pratique sur divers problèmes dans la théorie de l’interprétation (« danse immobile ») et de l’argumentation juridique en matière de faits, preuve et vérité judiciaire, et s’étend aussi à la sphère de l’activité juridictionnelle conçue elle-même comme un exercice métanarratif par sa dimension traductrice.
Une provocatrice invitation à repenser d’importants aspects des fondements des décisions judiciaires depuis le compromis qui postule la moderne théorie critique du droit.

José Calvo González est docteur en droit de l’Université de Malaga (Espagne) et professeur de théorie et philosophie du droit à la faculté de droit. Il est également magistrat suppléant à l’Audiencia Provincial de Malaga, appartenant au Tribunal supérieur d’Andalousie, et professeur invité aux cours de postgraduat (spécialité en matière de rédaction de sentences) à l’Université d’Amérique centrale de Managua (Nicaragua). Ses champs de recherche sont la théorie de l’interprétation et de l’argumentation juridique, la théorie narrative du droit et le droit et la littérature. Il a publié L´institution juridique (1986), Communauté juridique et expérience interprétative (1992), Le discours des faits (1993 et 1998), Droit et Narration (1996), La justice comme récit (1996 et 2002), Le chantez par droit (2003), et coordonné l’édition de Vérité, Narration, Justice (1998), Philosophie juridique et siècle XXI. Huit panoramas thématiques (2005), Le Droit écrit (2005) et Liberté et Sécurité. La fragilité des droits (Actes des XXIe Journées de l’Association espagnole de philosophie juridique et politique) (2006)

Friday, February 01, 2008

El Árbol de cada día, por José Calvo González



Jean Giono
El hombre que plantaba árboles
Francesc Borja Folch trad.
Michael McCurdy ilustr.
José J. de Oñaleta editor
Col. El Barquero, Serie MayorPalma de Mallorca, 2007, 74 pp.
Escribir un libro, plantar un árbol, tener un hijo. Quehaceres fundamentales a los que la vida nos convoca. El orden de cumplimiento ha sido siempre alterable. Y, verdad, en el correr de los tiempos mudan las prioridades. Hoy, un malthusianismo muy sui generis aplaza la natalidad. La autoedición, por el contrario, muestra una incontinencia casi lasciva. Lo que sin embargo menos aventaja es, pese a todo, la cuota parte forestal. Aquí la tarea se acumula.
Jean Giono (Manosque. Alpes-de-Haute-Provence, 1895-1970) escribió el texto en 1953. Aparecería al año siguiente en la revista Vogue con título distinto al actual. Se llamó entonces El hombre que sembró esperanza y cosechó felicidad. Una fábula en realidad. Su asunto, breve y sencillo, contiene un optimista mensaje, moralmente vigoroso, frente a la destrucción de la vida: “Los hombres –leemos- pueden ser tan capaces como Dios en otros reinos ajenos al de la destrucción”. Ya esto solo bastaría.
Pero, como sucede con toda fábula, El hombre que plantaba árboles es mucho más. Un programa universal de transformación. Es la metáfora del árbol de cada día presentada como el compromiso de amor a la naturaleza y su poder para transfigurar el mundo. Elzéard Bouffíer, un pastor de la Provenza a quien Giono nos cuenta que conoció en 1913, había decidido con metódica y sobria resolución reforestar los páramos de la comarca. Plantar árboles vino siendo desde años atrás, y así fue también en lo sucesivo, una silenciosa ocupación individual ignorada de todos y de la que tampoco nadie tuvo jamás noticia. En esa desinteresada dedicación arraiga lo más conmovedor del relato. La perseverante voluntad y el callado esfuerzo de un solo hombre fecundando el puro yermo. Plantío de esperanza como expectativa que el almanaque, sin otra visicitud que su propio devenir de fechas, en efecto revalida. Al segundo encuentro, tras una década, el panorama se esparce en brotes de hermosos árboles que ahora sobrepasan la mediana altura. Son jóvenes robles que aún apenas conjeturan la oportunidad de un bosque. Bouffíer, invariable, continúa plantando nuevos árboles; hayas, abedules y otras especies. Él mismo ignora la abundancia de su diseminación, que dilata y abarca tan lejos como pueda alcanzar la vista. La desolación, pues, desanda y retrocede. La fronda se ensancha y acrece. Para 1935 los científicos, arrebatados de extrañeza, toman el fenómeno por capricho de la naturaleza. Giono conoce la simplicidad del misterio; prodigio de Elzéard, “uno de los atletas de Dios”, sumergido en el anonimato. “La transformación –escribe el narrador- se llevó a cabo tan gradualmente que se volvió parte del modelo sin causar ningún asombro”. Seguidamente, los políticos definieron medidas de protección: la foresta habría de ser un parque natural. El tercer y último encuentro se data a 1945, ante un enorme tapiz boscoso encendido de esplendor feraz. Todo ha cambiado, también alrededor. Fluyen ocultos manantiales. En las praderas limítrofes instalan su habitación nuevas gentes. Arruinadas aldeas de antaño se reconstruyen. Reverdece la vida, que engendra vida innovada.
Giono mantuvo un fervor profundo acerca esa confiable metamorfosis, simbolizada aquí en El hombre que plantaba árboles. Otros cuentos preceden la ideología de éste -Sur un galet de la mer, de 1923, Manosque-des-Plateaux, en 1930, o Que ma joie demeure, publicado cuando mediaba 1935- que igualmente impregna muchas de las páginas del ensayo Les Vraies Richesses (1936). Elzéard Bouffíer, un personaje enteramente imaginario, interpreta por tanto la propia constancia de su creador. Con ello Giono, asimismo, también entierra una singular semilla en el apasionado surco ya antes abierto por Henry David Thoreau y William Blake.
Me queda únicamente felicitar al editor, asiduo del precioso y mágico texto, compuesto a partir de la versión americana de 1985 ilustrada por Michael McCurdy, que lleva en generoso añadido un epílogo –clave- a cargo de Norma L. Goodrich. La recurrencia editora de Oñaleta suma esta impresión a alguna anterior en otra de sus varias colecciones. La original lo fue por la parisina Gallimard Jeunesse (1980), que Willi Glasauer ilustró, y entre nosotros tuvimos en primera traducción de Eloy Fuente Herrero (1986) por Altea. Desde hace poco existe, además, una edición bilingüe asturianu-español, que puso en bable Juan Carlos Martínez con ilustraciones de Juan Hernaz, por iniciativa del Ayuntamiento de Gijón.
En fin, árboles y libros; al cabo, qué si no la misma consonancia etimológica, e igualmente con libertad. Me permitirán por eso una de este género: no sólo aconsejar leer el libro, sino hacerlo en plena naturaleza y, a ser posible –le hurto una línea al Adolfo de Benjamín Constant- bajo la “sombra riente de los árboles”. La ecología, el respeto al medio ambiente y la biodiversidad también se educan mediante lectura, como casi todo lo demás.
Publicado en El Mundo. El Mundo Málaga (Málaga), Suplemento de Cultura ´Papeles de la Ciudad del Paraiso´, núm. 17, ed. de 1 de febrero de 2008, p. 6.