Friday, March 28, 2008

Voz a ti debida, por José Calvo González




tú y yo, de nosotros mismos
Pedro Salinas, La voz a ti debida

André Gorz,
Carta a D. Historia de amor
Trad. de Jordi Terré
Eds. Paidós Ibérica
Barcelona, 2008, 110 pp.
Col. El Arco de Ulises


André Gorz era Gerard Horst (Viena, 1923- Vosnon, Aube, 2007), y en este libro confiesa que el timbre de su escritura fue siempre la voz debida a la mujer que conoció un 23 de octubre de 1947 y a partir de entonces sería toda su realidad, y más aún, capaz incluso de producir la alteridad de lo real, la mujer con quién –escribe- “podía dar vacaciones a mi realidad”. A través de un comienzo de ternura infinita y en esa mágica convocación se irá escribiendo el relato que en forma de epístola discurre indemne por más de medio siglo, perdurando en cada línea (cada día) con el intacto apasionamiento del ardiente amor de juventud. En todo ese tiempo Gorz nos reveló una voz de subjetividad menos íntima que la que ahora conocemos. Formó aquélla la identidad de una escritura pública vocera de la izquierda socialdemócrata francesa desde las páginas de opinión de l'Express y Le Nouvel Observateur, que entonó luego ensayos filosófico-marxistas como Historia y Enajenación o Crítica de la Razón Económica, y en su última etapa acabó por modularse con calidades de teórico radical de la sociología del trabajo y el ecologismo político, así en Capitalismo, Socialismo, Ecología o Ecología y Libertad, entre otros títulos. Casi nada de ello hallaremos en la voz articulada en este postrer libro, voz natural, espontánea, cuya sencillez arrebata en la lectura de pasajes como: “Recién acabas de cumplir ochenta y dos años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mío”. Ese cuerpo es el de mujer amada, Dorine, herida de una enfermedad degenerativa y fatal. No oiremos aquí la voz pública de Groz, acaso tenues ecos apenas. La que aquí se percibe es antes la voz confidencial que habla a la mujer que amó, que amaba, que volvería amar si por un imposible tuviera una segunda vida.
Pero la carta de amor de Groz no sólo hace audible esa privadísima música, tierna, delicada y codiciable. Rara vez expresiones de un verdadero amor sincero son completamente ajenas al desconsuelo a causa de alguna falta o error que pugna por pagarse con apasionamiento extremo. En la de Groz la carga de una culpa gravita con todo el peso del sentido. Expone el abatimiento de una penitencia infinita; el remordimiento por la ingratitud. Ella es la quebradura de un amor verazmente inquebrantable, y en efecto inquebrantado, lo que no por necesidad implica contradicción. Soldar para siempre esa insoportable fisura le exige a Groz saldar la cuenta de una traición. Su carta de amor es así señalarse traidor a la gratitud, declararse ingrato a un amor del que recibió todo devolviendo una diferencia, nunca reclamada, pero del todo consciente y significativa para quien -él mismo- se reconoce en plena incumbencia de una deuda indisoluble. ¿Cómo, entonces, se liquida la ingratitud gratuita?, ¿se la puede gratificar de algún modo? La respuesta debería ser, razonablemente, no. La gratuita traición es inestimable. Groz la perpetró en El Traidor, y Dorine fue el sacrificial cordero místico. A Groz le impulsa escribir esta carta de amor inmensurable no la imposible satisfacción de un crédito al que, concediendo más amor al principal de amor, Dorine tampoco le hizo devolver. Se siente impelido a escribirla porque asimila su deuda en un remate existencial: mi voz ha sido siempre voz a ti debida. Es el penitente amor de una interrogación; ¿por qué aquella traición?, ¿a razón de qué –ninguna en realidad- la disimulación, la deformación, aún incluso ficcional, o sea, de pura irrealidad, ejercida sobre la mujer amada que era la alteridad de lo real? Esta intensidad interrogativa, que no deja de recordar algún texto camusiano de juicio penitencial, podría haber quedado irrespondida. Groz, sin embargo, alcanzó la respuesta, que formuló con toda la honestidad de su amor por Dorine; sencillamente la terrible estupidez –suya propia- al creer que “haberme enamorado apasionadamente por primera vez, y ser correspondido, era aparentemente demasiado banal, demasiado privado, demasiado común; no era un tema apropiado para permitirme acceder a lo universal. Al contrario, un amor naufragado, imposible, concedía nobleza literaria. Me sentía cómodo en la estética del fracaso y la aniquilación, no en la de la afirmación y el éxito”, consideraba “el amor como un sentimiento pequeño-burgués”.
Al paso de las páginas que avanzan hacia la desembocadura Groz pone una transparente marca de lectura donde la voz de Kathleen Ferrier canta “Die Welt ist leer. Ich will nicht leben mehr” (El mundo está vacío. No deseo vivir más). Pocas más adelante escribiría: “A veces, en la noche, veo la silueta de un hombre caminando detrás de una carroza a lo largo de un camino desierto y un paisaje desierto. Yo soy ese hombre. No quiero asistir a tu cremación, no quiero recibir tus cenizas en un recipiente”. Los cuerpos de André y Dorine aparecierán sin vida, uno al lado del otro, el 22 de septiembre de 2007 en su casa de Vosnon, un pueblecito del Aube, entre Champagne y Bourgogne.
Al cerrar este libro doliente y hermoso he recordado los versos garcilanescos de la Égloga III: “mas con la lengua muerta y fría en la boca/ pienso mover la voz a ti debida”. La memoria de otros, leídos en Salinas, va puesta al emblema de estas líneas.
Publicado en ´Papeles de la Ciudad del Paraiso´, núm. 19, ed. de 28 de marzo de 2008, p. 6, Suplemento de Cultura del diario El Mundo Málaga (Málaga).

Thursday, March 06, 2008

Droit et littérature. Novedades bibliográficas. Francia


Stephan Geonget et Bruno Méniel, eds., Littérature et Droit, Du Moyen Âge à la Période Baroque. Le procès Exemplaire. Actes de la journée d’études du groupe de recherche Traditions antiques et modernités de Paris VII, 29 mars 2003, Honore Champion, París, 2008, 278 pp. (« Colloques sur la Renaissance européenne » n°58) ISBN: 9782745315311
INDICE: Préface: S. Geonget: Le besoin d’exemplarité, construction littéraire des procès exemplaires— Procédés et procédures: M. Reulos: Jurisprudence au-delà des procès — D. Veillon: La farce de maître Pierre Pathelin: un procès devant une justice seigneuriale au XVe siècle — A. Tournon: «Je n’en croirais pas cent uns...». Montaigne et le statut du témoignage au XVIe siècle — Penser le crime: B. Boudou: Le procès exemplaire de l’adultère chez Henri Estienne — J.-C. Arnould: Les canards criminels, ou le procès escamoté — T. Pech: Exemplarité et publicité des procès — Cas exemplaires, procès mythiques: D. Ménager: Quelques aperçus sur le Jugement de Salomon (du moyen âge au XVIIe siècle) — J.-M. Fritz: Le procès inachevé de Daire le Roux dans le Roman de Thèbes: digression ou miroir de la fiction? — G. Cazals: Des procès humanistes au procès de Toulouse: Toulouse barbare? — Échanges entre droit et littérature: C. Daniel: Les prophéties de Merlin aux procès de Jeanne d’Arc— E. Doudet: Les droits nouveaux de rhétorique. Structures judiciaires et efficacité épidictique dans les oeuvres des grands rhétoriqueurs — J. O’Brien: La tragicomédie d’Artigat — Postface: B. Méniel: Note sur droit et littérature à la Renaissance.