Sunday, November 30, 2008

Tawfiq Al-Hakim, Diario de un fiscal rural, por José Calvo González






















Desde http://iuspoetica.blogspot.com/ se interesan por una recensión que hace tiempo elaboré y publiqué en el Anuario de Filosofía del Derecho [(Madrid), T. XXI, 2004, pp. 463-468] sobre la novela de Tawfiq Al-Hakim, Diario de un fiscal rural (trad. y pról. de Emilio García Gómez, Ediciones del Viento, La Coruña, 2003, 159 pp. ISBN: 8493300136. ISBN-13: 9788493300135).
La reproduzco aquí con algunas imágenes del libro y su autor.

Acostumbra a ser el juez la figura que ocupa el principal protagonismo en los relatos cuya trama involucra la acción de la Administración de Justicia. Que ello suponga una fortuna o una desventura es ya otra historia. Le sigue luego, a muy corta distancia, el abogado defensor, quien a menudo termina por cosechar mayor popularidad que aquél. En último lugar aparece siempre el fiscal que, además de por uno u otro preterido e incluso a veces en todo postergado, para llegar a abandonar la posición a que -contra toda lógica- le conduce atraerse con gran facilidad la antipatía social, acaso también muy poco suelen ayudar a evitarlo -justo, no obstante, es reconocerlo- los propios méritos. Las tareas de esa magistratura postulante, por lo general presentada como de exclusiva función acusatoria, se convierten en una inconveniencia que a pocos sugiere demasiadas posibilidades literarias. Supo aprovecharlas sin embargo Julian Barnes (n. 1946. Leicester) en El puercoespín (1992)[1], revistiendo metafóricamente de púas los guantes que cubrían las manos del fiscal Peter Solinsky, encargado de dirigir la acusación del Estado en el proceso contra el viejo dictador comunista Stoyo Petkanov, trasunto literario del líder búlgaro Todor Zivkov, en un enjuiciamiento inmerso en la presión mediática, televisiva, y rodeado de la atmósfera de frivolidad poscomunista[2], que asimismo más tarde transfundió de la ficción a la realidad en el del albanés Ramiz Alia (1999). Aunque, bien pensado, antes Ivan Klíma (n. 1931. Praga), en El juez juzgado (1986) [3], se había hecho ya eco de varias contradicciones latentes en la responsabilidad personal y política de un personaje semejante, pero utilizando en su caso al juez praguense Adam Kindi, un juez de escrúpulos imperfectos llamado a administrar una justicia deficiente. También Knight’s Gambit (1949), de William Faulkner (1897-1962) [4], se cuenta entre los reducidos ejemplos que acuden a un representante del Ministerio Público para protagonizar la narración. Gavin Stevens, licenciado en Filosofía por Harvard y Heidelberg, es el fiscal de distrito (District attorney) del imaginario condado de Yoknapatawph, al noroeste del Estado de Mississippi, escenario ético-geográfico que fue igualmente el de ¡Absalón, Absalón! (1936), al sur de la Unión, y sur del Sur, donde en verdad reverbera el condado de Lafayette, y se localiza la ciudad de Oxford, y en ella la Universidad que le vetó para catedrático honorífico tras recibir el Premio Nobel de Literatura, el año de la misma fecha de publicación de Gambito de caballo. No puede afirmarse que esta obra sea realmente una novela, pero tampoco una mera acumulación de relatos independientes. Las cinco historias que lo integran, además de la última que presta el título que las reúne, se organizan en unidad de conjunto y continuidad a través de la voz narrativa de Stevens, quien nos las relata, si bien el narrador de aquélla es parte del tiempo su sobrino, Charles Weddell, hasta que a partir de determinado momento, ya para el final, de nuevo y directamente Stevens recupera el relato, que en el fondo es una historia de amor, donde el fiscal impide un delito de asesinato, aunque no sólo por razones justicia sino en el afán de recuperar -cuando frisa la cincuentena- a una amada, perdida para veinte años atrás. Fuera de este particular asunto su competencia más regular interesa la investigación, por medio de conjeturas e inferencias, de las conductas criminales cuya autoría corresponde a seres mentalmente retrasados, a individuos primitivos y desclasados, a blancos pobres y a negros sometidos, resultando en la comisión de los violentos hechos una rompedora mezcla, entre acción y reacción, de amor y odio que necesariamente abocan la condición humana de todos los personajes a la autodestrucción y el desastre. Sólo el juez Dunkinfield, “con un porte digno y erguido que los negros llamaban ‘echado para atrás’”, camina lento y señorial por encima de esos destinos miserables y devastadores. No menos ruin es el ambiente que circunda el caso que más recientemente nos presentó la historia de El río Sabbathday, de la norteamericana Jean Hanff Korelitz [5], alegoría de la vida civil en pequeñas poblaciones de los EEUU, cuya acción arranca con el descubrimiento en el río, a las afueras de Godbard, New Hampshire, por Naomi Roth, judía y fundadora de una cooperativa de mujeres, del cadáver de un recién nacido, imputando el fiscal Robert Charter de infanticido a una madre soltera, Heather Pratt, que habría mantenido relaciones con un hombre casado [6]. Logra aquél una primera declaración de culpabilidad obtenida de manera ilegal, guiado por las sospechas y perjuicios sociales que infunden las habladurías y el doble rasero moral de una comunidad presidida por la falta de tolerancia y el resentimiento. Construida según las reglas del suspense que nutren el género mystery & thriller, ofrece su mejor pulso narrativo durante el episodio procesal, en la cross-examination que retrata, a través de las ligerezas en los informes de médicos y psicólogos, las debilidades de la acusación, finalmente laminada bajo el formidable peso de una demoledora defensa, encomendada a la newyorkina Judith Friedman. Lo aparentemente inverosímil, de tan antimoderno (pero como dice Aristóteles, “es verosimil que a veces las cosas ocurran en contra de la verosimilitud” [7]) y, al propio tiempo, naturalmente, tan cargado de machismo (mas si “por un lado era inverosímil; por otro, era natural”, pudo escribir Camus [8]), no obsta poder identificar la realidad de un caso sucedido en Irlanda el año 1984.
En algo similar, y distinta a las anteriores para casi todo lo demás, es el Diario de un fiscal rural publicado en 1937 por el egipcio Hussein Tawfiq Al-Hakim (1899-1987), que el prof. García Gómez tradujo para el Instituto Hispano-Árabe de Cultura en 1955. Trasluce en efecto, como alguna de las arriba citadas, ciertos rastros de la biografía de su autor e igualmente registra parecidos con la realidad que no son mero producto de la coincidencia. Hijo de un magistrado de carrera, Al-Hakim -comprometido con la Revolución de 1919- fue enviado a Paris en 1925 para proseguir los estudios jurídicos, que allí concluyó. No sería el Derecho, sin embargo, aquello que ya entonces más profundo interés le despertaba, atraído principalmente por la cultura literaria francesa de la época y, en especial, por el estudio de su teatro contemporáneo. Con todo, de regreso a su país en 1929 ejerce durante cuatro años labores jurisdiccionales, nombrado representante de los tribunales civiles del Estado en ciudades como Tanta, Darmanhour y Dessouk, enclavadas en zonas rurales de Egipto. De esa experiencia arracima vivencias directas sobre el funcionamiento de la Justicia en las áreas campesinas y más tradicionales, que luego aprovechará al armar en su nouvelle de 1937 una mordaz crítica de los procedimientos judiciales egipcios vigentes. Cierto que a la fecha de su publicación parecería hallarse muy alejado de empeñar la insistencia en semejante propósito, al menos por abandonada ya toda dedicación jurídica y su ocupado su esfuerzo, desde 1934, al frente de la Dirección General de Investigación del Ministerio de Educación. Esa circunstancia, y el sucesivo acceso a otros cargos -Director en 1939 del Consejo Social del Ministerio Asuntos Sociales, más adelante académico de la Lengua (1954), Director de la Biblioteca Nacional (1951-58), y por último miembro permanente en París de la delegación egipcia para la UNESCO (1959-60)- así como las temáticas más conocidas en el posterior rumbo de su narrativa, de su creación teatral y en el intelectual como ensayista han llevado a considerar el Diario de un fiscal rural desembarazado de inquietud por la denuncia, al menos seria, dado el tono supuestamente humorístico de algunos de los pasajes que integran la confesión diarista del Sr. Fiscal, cuyo nombre nos omite acudiendo sólo a tratamientos de respeto. No comparto esta interpretación. Lo que esencialmente caracteriza a esta obra y la distingue de otras a las que he ido refiriéndome es el atrevimiento que su crítica supone respecto de la situación gubernativa de la justicia y la aplicación de la ley al ciudadano. Reprobación de hábitos y rutinas, desaprobación de la formalidad procedimental que desampara al justiciable, censura del distanciamiento entre ley y realidad, con una falta relación tal que es en ocasiones del todo enajenante. La indolencia, el descuido, la desatención, el abandono, la incuria que todo ello origina son el objeto de su incisivo reproche. Diferente es que la forma de mostrarlo no se entorpezca con un humor inteligente, siempre el más difícil de soportar por la indiferencia. Pero reducir esa intencionalidad, ocultarla y hasta hacerla desaparecer, postulando la obra como un ejercicio de costumbrismo social y pintura de la vida rural de Egipto a comienzos del s. XX es un error completo. Mi punto de vista se acerca al del prologuista allí donde señala: “Lo satírico tiene un fondo amargo. Lo terrorífico se disuelve en un humor sarcástico. Como en una buena limonada, el ácido y el azúcar se contrarrestan sin desfigurarse. Es un poco, avant la lettre, la solución del estilo llamado neorrealista en el cine italiano. Su receta es fácil, pero su realización resulta muy difícil” (p. 17). Es así, en efecto, como se resume, en elocuente tono de acibarada confesión, la amontonada sabiduría por más de veinte años de experiencia del hayy Jamis, ordenanza del Tribunal: “no aprovecha en los Tribunales más que el té amargo, con el gusto del Fernet”, a lo que el fiscal únicamente puede reponer: “El té de los Tribunales y el trabajo de los Tribunales, todo es amargo” (p. 67). Y es así también que la comicidad de escenas como la del cadí lento (cap. II) o del galopante (cap. VI), ésta de tanta analogía con algunos “juicios rápidos” actuales, no provoca la hilaridad sino el bochorno y sonrojo. Tampoco resulta divertido comprobar ciertas corruptelas de la oficina judicial y fiscal (visita a los calabozos, intervención y arqueo de la caja de depósitos, estado e inventario del almacén de pruebas). Nada jocosas acaban por ser las diligencias de reconocimiento judicial, inspección ocular, autopsias o exhumaciones. En añadido, ante los intentos de inmisión del poder político que en trance de elecciones locales amenaza la imparcialidad en ejercicio y vigilancia del orden público, no es precisamente obligarse a contener desatadas carcajadas la actitud que ese asunto puede producir.
En España, dos novelas han presentado el tema; una, con las objeciones de estilo y fuerza narrativa que se quieran [9], pertenece a Manuel Ciges Aparicio (1873-1936), novelista social todavía en la órbita generacional del 98 [10], que con el esclarecedor título El juez que perdió la conciencia (1925) [11] expone las maniobras electorales propias de la “vieja política” con fondo de dilatado pleito sobre una herencia de tierras y las mandas que de sus rentas habrían debido aplicarse en fundaciones pías y sostenimiento de pobres, y explica las ataduras con que los caciques amordazan y dominan la independencia de Ernesto Marsán, juez del imaginario distrito de Neblino, que luego ascenderá a magistrado, nombrándosele más tarde Teniente Fiscal de la Audiencia que promoverá la acusación de las víctimas cuya misma parcialidad ocasionó; la otra es El Juez de Tinieblas [12], de Rafael Pérez Escobar, donde se cuenta de un juez de talante liberal, titular del Juzgado de Instrucción de Tinieblas, población en la comarca burgalesa de Demanda, aportando una idea bastante fiel de las dificultades en la imparcialidad e independencia judiciales durante la década de los 50, el tramo más duro de la dictadura franquista.
Finalmente, volviendo de nuevo a la de Al-Hakim, creo que ni al espasmo muscular ni al hacer saltar lágrimas de risa convocan las notificaciones y despachos de la Fiscalía, a cuya burocracia orgánica sólo preocupa del buen curso de la política judicial la regular remesa de minuciosas circulares sobre el obligado cumplimiento de determinada sistemática, por encima de sus absurdas exigencias, para proceder a una correcta redacción de los atestados, o el alarde permanente y la puntual respuesta a estadísticas sobre los asuntos resueltos y pendientes, alentando en la demora funcional o el sobreabundante papel a proveer con el remedio de un maquinal archivo de las causas.
Es la trascripción de ese malestar, alimentado por tanta esterilidad y tanto tedio, el que se desvela con privada elocuencia en las confidencias que el anónimo fiscal rural de Al-Hakim hace a su diario personal. Decidirse a ponerlo por escrito y entregarlo a los lectores excede el simple límite de una queja testimonial más o menos lúcida. Se trata de una forma de compromiso buscado y aceptado que trae en su interior un verdadero desafío al desengaño. Tampoco estar circunscrito a un lugar y momento concretos le resta posibilidades simbólicas y extrapolables. Para algunos problemas no ha pasado el tiempo ni su percepción depende de la tópica espacial. Quiero dar un ejemplo de esto último refiriéndome a una cuestión cuyo planteamiento alcanza más allá del genius loci y el preciso dibujo de las fronteras geográficas. Atañe al tema de la lógica de la motivación y la argumentación justificatoria de las decisiones. En el diario de nuestro fiscal rural se asienta el apunte del diálogo con un joven auxiliar de la Fiscalía, que mueve al siguiente comentario:
“Los magistrados comienzan por pronunciar la sentencia, y es luego cuando proceden a escribir los fundamentos, siendo así que a él le parecía más lógico que fuera al revés. Esta observación es muy valiosa. De hecho, un magistrado sincero me contó que, cierto día, después de haber dictado sentencia en una causa importante, al volver por la noche a su despacho, con los papeles y legajos del pleito, para escribir su informe, reparó en dichos y expresiones que aparecían en el sumario de la vista de aquel día y en los anteriores, así como en la instrucción de la fiscalía, de los cuales su mente, ahora serena y reposada en medio de la tranquilidad de la noche, dedujo cosas que, de haberlas conocido antes de dictar sentencia, habrían alterado en gran medida los términos de ésta. Pero ¿qué podía hacer ahora, una vez que la sentencia estaba definitivamente dictada y no había modo posible de cambiarla? No cabía hacer nada, y dedicó aquella noche su esfuerzo a extraer del sumario todos los fundamentos que podían justificar la sentencia dictada. Y, en definitiva, ¡cuántos largos informes se escriben así, para justificar y fundamentar una sentencia rápida ya dictada, y no para poner en claro la justicia ni para hacer resplandecer la verdad!” (p. 126).
Pues bien, en las antípodas de Oriente Medio, en lugar tan distante como pueda ser una pequeña aldea del oriente andino chileno, Esteban Solaguren, nombrado juez de la subdelegación rural 13 y 14 del departamento de Santiago y protagonista de la novela que Pedro Prado (Santiago. Chile, 1886-1952) tituló Un juez rural (1924) [13], cavila la siguiente meditación: “Pensar, derivar, obtener una conclusión ¡oh! Sócrates... -murmuraba para sí Solaguren-. El pensamiento es como el agua: dame un ligero desnivel, y llevo el pensamiento donde tú quieras. Creemos juzgar por riguroso razonamiento lógico, y no hacemos sino rellenar a posteriori el espacio que media entre el caso que se nos presenta a examen y nuestra intuición inmediata sobre él. Se engaña o miente quien cree construir razonamientos como algo ajeno a la conclusión espontánea que entrevió desde el primer instante. No por quedar oculta a los que no saben observarse, desde el primer momento, ella deja de estar menos presente. Después, para fingir una aparente continuidad que de vigor a los que decimos, o que nos libre de culpa por las conclusiones al parecer deducidas, rellenamos el espacio en blanco con huecas trabazones lógicas”[14].
Creo que la comunidad en inquietudes de estas dos novelas, una chilena y la otra egipcia, ambas escritas en el mismo siglo y a escasos años entre sí, es poco borrosa en este punto. Pero existen también ciertas diferencias imborrables. Solaguren dimitió del cargo para el que había sido nombrado, tal vez en un ejercicio de coherencia, tal vez en una generosa concesión a su desconcierto y personal consternación. En cuanto al fiscal rural de Al-Hakim, nada hay que incline a figurarse su renuncia, a pesar del desconsuelo y las contrariedades. Es claro que la perplejidad nunca puede servir de evasiva plausible.
Referencias bibliográficas:

[1] Julian Barnes, El puercoespín (1992), trad. de Francisco Javier Calzada, Anagrama, Barcelona, 1993, 174 pp.
[2] Representada en el joven cínico Atanas que defiende la “libertad de no ponernos serios”, del “derecho a ser frívolo el resto de mi vida”, que en la época anterior fue “comportamiento antisocial. Gamberrismo” y ahora, con el nuevo estado de cosas, su “derecho constitucional” (p. 169).
[3] Ivan Klíma, El juez juzgado (1986), trad. del checo de Frantisek Bakes y rev. de René Palacios More, Edit. Debate, Madrid, 1993, 521 pp.
4 William Faulkner, Gambito de caballo (1949), trad. de Lucrecia Mereno de Sáenz (1964), Alianza, Madrid, 1972, 231 pp.
5 Jean Hanff Korelitz, El río Sabbathday (1999), trad. de Susana Bertuzzi Argüello, Siglo XXI, Madrid, 2000, 544 pp.
6 Condicionantes religiosos y legales propios del rigorismo calvinista francés y del puritanismo holandés reflejados desde el pasado literario estadounidense por la clásica The Scarlett Letter (1850) de Nathaniel Hawthorne (1804-1864).
7 Aristóteles, Poética, 1461a-1461b.
8 Albert Camus, El extranjero (1947), trad. de Bonifacio del Carril, Alianza Edit., Madrid, 1971, p. 92.
9 Vid. Pablo Gil Casado, La novela social española (1920-1971), Seix Barral, Barcelona, 1973 (1ª ed. 1968). Cita por la 2ª ed. y reimp. de 1975, pp. 88-89.
10 Vid. José Esteban- Gonzalo Santonja, Los novelistas españoles (1929-1936). Antología, Ayuso, Madrid, 1977, p. 11.
11 Manuel Ciges Aparicio, El juez que perdió la conciencia, Edit. Mundo Latino, Madrid, 1925, 300 pp.
13 Pedro Prado, Un juez rural (1924), Nascimento, Santiago de Chile, 1968 (6ª ed.), 200 pp.
14 Ibidem, p. 36. Vid. acerca del autor, en la estirpe modernista de Rubén Darío, y de su novela. Guillermo Gotschlich Reyes, “Un juez rural de Pedro Prado. Del documento a la creación artística”, en Revista Signos, XXVII, 37, 1995, pp. 19-32.

Friday, November 28, 2008

Pavura del inquietador, por José Calvo González






Gonçalo G. Tavares,
Breves notas sobre o medo
Relógio D'Água Editores,
Lisboa, 2007, 66 pp.

No sobre el miedo del encogido, del pusilánime, o referente al miedo púdico del timorato. Como tampoco del mórbido miedo en el receloso. Se escribe aquí de la turbación, incluso ansiedad, que producen algunas certidumbres estancas, certezas reciamente incontrovertibles, roqueñas convicciones; de esas obstinadas infalibilidades tenaces como doctrinas inconcusas. Y más aún, entorno a la disciplinada insensibilidad, o también el laxo abandono, en la distraída, rutinaria costumbre, de quien ya no recuerda el día que dejó de inquietarse, de pensar a filo cortante, en radical. Es así que aquí se escribe del miedo que no nubla ni paraliza sino, por el contrario, permite observar y distinguir mejor, que redime de la inmóvil quietud, para abandonar lo inerte. Lo inquietante como remedio frente a la apatía, como acceso hacia a la claridad, como cancelación de la dependencia.
Leer a Tavares (Lunada. Angola, 1970), emergido en la literatura portuguesa de pronto, el año 2001, como una revelación, y ya traducido a diez idiomas -editado aquí por Mondadori en nueve títulos, más otros dos en Xordica- es un hallazgo genuino. Le ha venido publicando poesía, novela, teatro, relato, libro infantil la lisboeta Caminhno, donde también Saramago, su bendecidor, en la doble designación de la palabra. Mi complacencia de lector hacia Tavares se inclina del lado de la Short prose; mejor cuanto más concisa y breve. Tavares es ahí excelente y mágico. Sus textos son un prodigio de inteligencia cuando de descubrir la lógica oculta de la vida se trata. Brillante en una ironía que condensa en frases surreales, que abrevia derredores, Tavares es capaz de volatines inesperados y vertiginosos para proyectar la lectura al punto de fuga; esto es, desde donde aquélla comienza a vibrar a pequeños y crecientes intervalos hasta producir la sacudida moral a la desidia y la indolencia. Y siempre con la fineza del inquietador que tantea y calcula de modo preciso y calmoso la dosis necesaria, y sobre todo racional, de pavura.
Nada medroso, y menos espantable, contiene esta sumaria colección de apuntes sobre el miedo, que sin embargo impresiona hasta el estremecimiento. Tavares prorrumpe en la saciedad de la inapetencia de entendimiento, en la gula mental de los no pensantes, pero sin violencias doctrinarias cualesquiera puedan ser, sin tremolar banderas espirituales de clase alguna. Su talento estriba en trastornar con la pavura del inquietador. Y, claro, sus bosquejos, a veces apenas sólo esquemas, conmueven, perturban y alarman, y emocionan también. Traeré algunos ejemplos.
De paladar estoico éste: “Al borde de un precipicio, cabeza abajo, cogido por más ilustre profesor sólo de los pies, el discípulo repite, asustado, la lección de la mañana” (Aprendizaje). A relumbre irónico, como en el fulgor oriente de una perla natural, otro más: “En esas ceremonias y rituales que repiten, con pequeños intervalos de tiempo y con minucia extrema, un conjunto de movimientos y fórmulas verbales, te sientes como en una farsa - alguien te promete, a la semana, lo que ningún humano puede dar en una vida” (Milagro y repetición). Para modelo de dilema, el siguiente: “Guiada, a la vez, por un animal lento y otro rápido, la carroza, desequilibrada, acabará finalmente por inclinarse a uno de ambos lados - y el criado, que asía el látigo, culpará del accidente al animal más lento, mientras la noble dama, allá atrás, en el carruaje, no vacilará en culpar al más rápido” (¿Cómo vivir?). Y todavía, de elegancia ática, donde hallo esta sabiduría: “Como si de la boca de un loco, hace muchos años privado de razón, brotase de súbito una palabra al fin capaz de explicar el mundo, ciertos golpes de azar reúnen, definitivamente, y después de muchos años de desesperación y desencuentros, a un hombre y una mujer” (Acasos).
Tavares, con la imperturbabilidad del vigía, escudriña el horizonte que raya los desafíos ulteriores. Al confín de esa linde, sin posible atajo de escapatoria, se agazapan nuestros miedos, aguardando su oportunidad a muelle de un brinco. La mirada Tavares, armada del catalejo, ahonda e interna ese límite. A partir de él abre la reflexión que cada cual descifra a su manera. El miedo es una emulsión muy personal; el miedo es de gelatina. De la parte segura, el término de esa inquietante zona lo demarcan estándares de acción que aconsejan una prudente inmudanza. Pero, bien sabemos, no existen las éticas indoloras. De la otra, la insegura, la paradójica, la perpleja, es donde tal vez encontraremos las razones para la acción. Porque, como escribe Tavares (Una razón para el actuar): “Si no acudes al lugar, nunca podrás saber si quien grita pidiendo socorro quiere recibir o dar”.
Publicado en diario El Mundo. El Mundo Málaga (Málaga), Suplemento de Cultura ´Papeles de la Ciudad del Paraiso´, núm. 25, ed. de 28 de noviembre de 2008, p. 6.

Wednesday, November 26, 2008

Law and Literature in Celtic studies. Ireland (Vol. 7 of the Celtic Studies Association of North America's Yearbook)






Joseph F. Eska (ed.)
Law, literature and society,
Four Courts Press Ltd, Dublin - Portland, OR, 2008, 133 pp.

Introduction
Joseph F. Eska
Poets, Power and Possessions in Medieval Ireland: Some Stories from Sanas Cormaic
Paul Russell
The Assassination of Diarmait mac Cerbaill
Michael Meckler
Emerging from the Bushes: The Welsh Law of Women in the Legal Triads
Sara Elin Roberts
Derbforgaill's Literary Heritage: Can You Blame Her?
Lahney Preston-Matto
Female Trouble: Ambivalence and Anxiety
at the Nuns' Church
Karen Eileen Overbey
Names and Naming Conventions Concerning Celtic Peoples in Some Early Ancient Greek Authors
Timothy P. Bridgman


This edition of the Celtic Studies Association of North America's Yearbook explores the relationship between law and literature and discuss what each can do for the study of the other in medieval Celtic studies. The volume's six papers discuss literary narratives found in the early Irish encyclopedic glossary, the Sanas Cormaic; the composition of legal triads of medieval Wales that focus on the law of women; exonerating Derbforgaill, the 12th century woman blamed by many Irish writers of bearing responsibility for the Norman invasion, through study of Irish marriage law and the politics of the time; the mythologizing of Derbforgaill as a marker of the transition from Gaelic to Norman Ireland; the law of kinship and the assassination of Diarmatt mac Cerbaill, King of Uisnech, in 565; and the origins of the ethnic designations of the Celts used by early Greek writers.


Joseph F. Eska teaches linguistics, Celtic studies, and American Indian studies at Virginia Polytechnic Institute & State U. He also published “Grammars in conflict. Phonological aspects of the Bergin's Rule construction”, in Keltische Forschungen 3 (2008): 45-62.

Law & Literature. Novedades bibliográficas. England




















Shakespeare and the Law
Paul Raffield - Gary Watt (ed.),
Hart Publishing,
Oxford, 2008, 312 pp.
ISBN: 1841138258 /9781841138251


Synopsis

In July 2007, the School of Law at the University of Warwick hosted an international conference on Shakespeare and the Law. This was a truly interdisciplinary event, which included contributions from eminent speakers in the fields of English, history, theatre and law. The intention was to provide a congenial forum for the exploration, dissemination and discussion of Shakespeare's evident fascination with and knowledge of law, and its manifestation in his works. The papers included in this volume reflect the diverse academic interests of participants at the conference. The eclectic themes of the edited collection range from analyses of the juristic content of specific plays, as in 'Consideration, Contract and the End of The Comedy of Errors', 'Judging Isabella: Justice, Care and Relationships in Measure for Measure', 'Law and its Subversion in Romeo and Juliet', 'Inheritance in the Legal and Ideological Debate of Shakespeare's King Lear' and 'The Law of Dramatic Properties in The Merchant of Venice', to more general explorations of Shakespearean jurisprudence, including 'Shakespeare and Specific Performance', 'Shakespeare and the Marriage Contract', 'The Tragedy of Law in Shakespearean Romance' and 'Punishment Theory in the Renaissance: the Law and the Drama'.


Paul Raffield is an Associate Professor in Law at Warwick University.
Gary Watt is Reader and Associate Professor in Law at Warwick University.


TABLE OF CONTENTS

I. Shakespeare, Money and the Law of Contract
1. Mark Fortier, ‘Shakespeare and Specific Performance’2. Andrew Zurcher, ‘Consideration, Contract and the End of The Comedy of Errors’
II. Shakespeare, Women and the Law
3. Jonathan Bate, ‘The Bawdy Court’
4. Germaine Greer, ‘Shakespeare and the Marriage Contract’
5. Erika Rackley, ‘Judging Isabella: Justice, Care and Relationships in Measure for Measure’
III. Shakespeare and the Law of Love
6. Bradin Cormack, ‘Shakespeare Possessed: Legal Affect and the Time of Holding’
7. Katrin Trüstedt, ‘The Tragedy of Law in Shakespearean Romance’
8. Daniella Carpi, ‘Law and its Subversion in Romeo and Juliet’
IV. Justice and the Royal Prerogative
9. Carolyn Sale, ‘The King is a Thing’: the King’s Prerogative and the Treasure of the Realm in Plowden’s Report of the Case of Mines and Shakespeare’s Hamlet’
10. Giuseppina Restivo, ‘Inheritance in the Legal and Ideological Debate of Shakespeare’s King Lear’
V. Violence, the State and the Citizen
11. Harry Keyishian, ‘Punishment Theory in the Renaissance: the Law and the Drama’
12. Ian Ward, ‘Terrorists and Equivocators’
13. Paul Raffield, ‘Terras Astraea reliquit’: Titus Andronicus and the Loss of Justice’
14. Christian Biet, ‘Titus Andronicus vs Le More Cruel and Les Portugais Infortunés: Humiliation, Punishment and Violence in the Shakespearean and French Theatre of the Late Sixteenth and Early Seventeenth Century’
VI. The Merchant of Venice and the Infinite Meanings of ‘Law’
15. Gary Watt, ‘The Law of Dramatic Properties in The Merchant of Venice’
16. Istvan Pogany, ‘Shylock in Transylvania: Anti-Semitism and the Law in East Central Europe’
17. Anton Schütz, ‘Shylock as a Politician’
18. Richard H. Weisberg, ‘The Concept and Performance of ‘The Code’ in The Merchant of Venice’

Tuesday, November 25, 2008

Derecho y Literatura. Novedad bibliográfica en España



Roberto González Echeverría.
Amor y ley en Cervantes (trad. de Isabel Ferrer Marrades).
Editorial Gredos. Col. Biblioteca de la nueva cultura.


Madrid, 2008, 363 pp.
ISBN: 978-84-249-0024-3.




Resumen editorial:
La consolidación de la ley y el desarrollo del discurso legal durante el Siglo de Oro español no sólo hicieron que España se convirtiera en el primer Estado moderno, sino que también influyó en su literatura. En este fascinante libro, Roberto González Echevarría estudia las obras de Cervantes y demuestra cómo éste se inspiró en las historias registradas en los archivos legales para escribir los episodios dedicados al amor. González Echevarría describe las nuevas políticas legales de la época, la legislación, las instituciones y explica cómo, al mismo tiempo, la literatura española se llenó de historias procedentes de fuentes clásicas y medievales. A través del estudio de estos dos fenómenos (el impulso del discurso legal y la evolución de la literatura), el autor arroja una nueva luz tanto sobre Don Quijote como sobre otras obras de Miguel de Cervantes. «González Echevarría nos presenta en Amor y ley en Cervantes lecturas muy provocadoras de diversos pasajes de la obra de Cervantes. […] El conjunto es admirable por los conocimientos desplegados, la solidez de las argumentaciones y el atractivo de las interpretaciones.» José Luis Gastañaga, Dissidences. Hispanic Journal of Theory and Criticism.
Roberto González Echevarría es profesor de Literatura Española y de Literatura Comparada en la Universidad de Yale y, desde 1999, es miembro de la American Academy of Arts and Sciences. Asimismo, es autor, entre otras obras, de Crítica práctica/práctica crítica, Miguel de Cervantes’ Don Quixote: A Casebook, Alejo Carpentier: el peregrino en su patria e Historia de la literatura hispanoamericana.

Friday, November 14, 2008

Lettura scenica. Il primo processo di Oscar Wilde al Piccolo Eliseo Roma


Regina contro Queensberry - Il primo processo di Oscar Wilde sarà in scena al Piccolo Eliseo Patroni Griffi, lunedì 17 novembre 2008 ore 20.45 in Via Nazionale 183, Roma. Ingresso libero fino ad esaurimento posti. I verbali del processo per diffamazione intentato da Oscar Wilde contro John Sholto Douglas, marchese di Queensberry, a Londra nel 1895; è questo il materiale che verrà proposto a Roma. Il primo processo di Oscar Wilde “Regina contro Queensberry” provoca strane sensazioni. Solleva curiosità perché l’argomento si presenta insolito e bizzarro, se si considera che il volume pubblicato da Ubulibri* trova posto nello scaffale dei “Libri bianchi” dedicati al teatro e al cinema. La lettura scenica di Regina contro Queensberry - Il primo processo di Oscar Wilde, con il testo e la regia di Paolo Orlandelli e con l’interpretazione di Pino Micol, Luigi Diberti, Pietro Bontempo, Natale Russo e Lorenzo Profita, rientra nell’ambito della rassegna “I lunedì di artisti riuniti”.
Si propone la mise en espace dei verbali del processo per diffamazione intentato da Oscar Wilde contro John Sholto Douglas, Marchese di Queensberry, a Londra nel 1895 (edito quest’anno da Ubulibri).
Il Marchese, padre del giovane amico di Wilde, Lord Alfred Douglas, aveva lasciato presso il circolo di Wilde un biglietto diffamatorio che recava la scritta “A Oscar Wilde che posa a sodomita”. Incitato da Lord Alfred, Wilde querela il marchese e innesca l’ingranaggio che lo porterà alla sciagura. Lord Queensberry, infatti, raccoglierà prove schiaccianti contro Wilde.
Prima che i testimoni vengano chiamati a deporre, l’avvocato di Wilde ritira l’accusa, ma è troppo tardi. Wilde viene arrestato, processato e condannato al massimo della pena per il reato di sodomia, due anni con i lavori forzati.
Pochi anni dopo la scarcerazione, Wilde morirà in miseria a Parigi.
In questo primo processo Wilde dà prova del suo famigerato acume. Molti dei suoi scritti vengono chiamati in causa e letti alla giuria.
I due lati del genio vengono portati in superficie: la brillantezza del letterato e la debolezza dell’uomo dedito al vizio.


* Vid. en este Blog entrada de 14 abril 2008

Regina contro Queensberry, il primo processo di Oscar Wilde
Trascrizione dei verbali del processo per diffamazione intentato da Oscar Wilde contro John Sholto Douglas, Marchese di Queensberry
Paolo Orlandelli e Paolo Iorio (a cura di)
Trad. di Paolo Orlandelli, consulenza giuridica di Paolo Iorio
Ubulibri, Milano, 2008, 173 pp.
Collana: I libri bianchi
ISBN: 8877482869
ISBN-13: 9788877482860

Sunday, November 02, 2008

Droit et littérature. Novedades bibliográficas. Canadá



Gilles Lhuilier, La loi, roman. Presses de l'Université Laval, Québec, 2008, ix, 220 pp. (Collection Dikè). ISBN : 978-2-7637-8558-5
Une théorie de la loi comme roman devient peu à peu le mainstream de la pensée du droit et du politique sur les deux rives de l’océan Atlantique.

Abandonnant les vieilles fables du contrat social, de l’ordre (juridique) et de l’État national, cette nouvelle pensée interroge le droit à l’aide des catégories de sexe et d’interdit, de pourriture et de sacré, de violence faite à l’étranger, de genre, de personnage, de masque, de métaphore et de métonymie, de cohérence narrative et anthropologique…

Une relecture est ainsi en cours de ce qu’est une personne, un corps, un État, et de ce qui fonde et justifie la cohérence du droit. Plus important encore, une réécriture du droit est en cours. Si la loi est un roman, il est possible de réinventer de nouveaux personnages et de nouveaux rôles, c’est-à-dire de réenchanter les vieilles catégories de sujet, parentalité, sexualité, ou même de démocratie. Un roman nouveau pour une nouvelle politique de l’imaginaire.
Table des matières
Introduction. Chapitre 1: La naissance de Personne. Chapitre 2: Le souffle de l’acteur. Chapitre 3: Les frontières du corps. Chapitre 4: La religion de l’art. Chapitre 5: Les passions et l’étranger. Chapitre 6: La jouissance de l’interdit. Chapitre 7: La cité imaginée. Chapitre 8: Le retour des masques. Conclusion. Bibliographie

Gilles Lhuilier est professeur de droit privé à l’Université de Bretagne-Sud (Vannes. Bretagne. France). Il alterne livres de droit – Introduction au droit, Droit social, Droit des sociétés… – et livres de philosophie – Le corps et ses représentation, Le retour des camps : Sangatte, Lampedousa, Guantanamo... Il écrit plus particulièrement sur la fonction anthropologique du droit, c’est-à-dire sur l’énonciation, au cœur même du droit positif, de symboles qui fondent une humanité.

Saturday, November 01, 2008

Droit et littérature. Novedades bibliográficas. Bélgica (I)


François Jongen- Koen Lemmens, Droit et littérature, avec Préface de Francois Ost, Anthemis, Louvain-la-Neuve (Belgique), 2008, 288 pp. ISBN : 978-2-87455-070-6.
Avec les contributions de: Jean-Pierre Buyle, Bruno Dayez, François Glansdorff, Patrick Henry, François Jongen, Pierre Legros, Jacques Malherbe, Paul Martens, Jean-Pol Masson, Christine Matray, Marc Preumont, Foulek Ringelheim, Alain Strowel, René Swennen, Marc Verdussen, Michel Westrade.


Présentation de l'éditeur
Les juristes lisent comme ils respirent. Rien d'étonnant à cela : le droit occidental, comme la culture occidentale en général, est une culture de l'écrit. Mais que lisent-ils ? De la littérature spécialisée le plus souvent, des fragments exsangues, ennuyeux voire assommants d'une prose mal écrite. Toutefois, le juriste n'a pas le choix : s'il veut suivre les dernières évolutions, il doit s'y soumettre. Les lectures des juristes doivent-elles se limiter à cette littérature spécialisée, administrative? Ne doivent-ils pas lire également les grandes œuvres de la littérature? Quelles sont ces œuvres? Que pourraient-elles nous apprendre ?. Nous avons demandé à d'éminents juristes belges d'horizons les plus divers de répondre à une question très simple : "Quel livre tout juriste devrait-il avoir lu et pourquoi?". Vous trouverez la réponse des juristes francophones dans ce livre. Les contributions des auteurs néerlandophones sont regroupées dans Recht &Literatuur paru aux éditions Die Keure. Elles se caractérisent par la grande curiosité et le plaisir de lire de leurs auteurs. Certains citent des œuvres moins connues et incitent le lecteur à découvrir de nouveaux écrivains ; d'autres parlent d'ouvrages extrêmement célèbres en introduisant des perspectives originales qui donnent envie de relire ces classiques. Chaque réponse dévoile évidemment une part de la personnalité de son auteur. Car comme l'a dit un jour la grande dame des lettres néerlandaises, Hella S. Haasse: "La littérature a fait de moi ce que je suis".
Table des matières
Andrea Camilleri, La concession du téléphone
Albert Camus, L'EtrangerGeorges Duhamel, A la recherche du droit dans la chronique de Pasquier
Friedrich Dürrenmatt, Justice
Anatole France, Les dieux ont soif
William Gaddis, Le dernier acte
André Gide, Paludes
Witod Gombrowicz, Yvonne princesse de Bourgogne
Herman Melville, Billy Budd marin
Paul Morand, Fouquet ou le soleil offusqué
Robert Musil, Les plaideurs
Reginald Rose, Douze hommes en colère
Leonardo Sciascia, Comme un parfum de soufre et d'oranger
Georges Simenon -Pierre Mertens, Le discours judiciaire vu par la littérature et le procédé littéraire saisi par le droitTom Wolfe, Le bûcher des vanités


François Jongen (Docteur en Droit, professeur assistant à la Faculté de Droit de l'Université Catholique de Louvain et professeur adjoint à l'Ulg, licencié en journalisme de l'Université Libre de Bruxelles, Candidat présenté au Conseil Supérieur de la Justice par les ordres des avocats ou par les universités et écoles supérieures de la Communauté française et de la Communauté flamande, avocat au barreau de Bruxelles). Koen Lemmens (Docteur en Droit, avocat au barreau de Bruxelles et professeur invité à la Vrije Universiteit Brussel)

Droit et littérature. Novedades bibliográficas. Bélgica (II)



Jean- Pol Masson, Le droit dans la littérature française, Preface de Alain Berenboom, Éditions Bruylant, Bruxelles, 2008, 461 pp. ISBN : 978-2-8027-2455-1



Résumé : L'auteur a été frappé depuis longtemps par l'importance des allusions au droit chez maints écrivains de langue française.
II a eu dès lors envie de réaliser sur cette question une œuvre de synthèse, forcément incomplète, eu égard à la masse que représente la littérature française, mais se fondant néanmoins sur la lecture de suffisamment d'ouvrages pour donner un échantillon significatif de ce que les auteurs pensent du droit. Son étude porte successivement sur les acteurs du monde juridique (magistrats, avocats, notaires, etc), sur la scène où l'on pratique le droit (la justice, la procédure, etc), enfin sur le répertoire mis à la disposition des acteurs (le droit, la loi, le langage juridique, etc).
Se voulant accessible aux personnes n'ayant pas de formation juridique, l'ouvrage comporte de nombreuses explications sur les termes techniques utilisés, soit dans le corps du texte, soit dans un index figurant en fin de volume.
Table des matières
LES ACTEURS
Les gens de justice en général. Les magistrats en général. Les juges. Les juges d'instruction. Les juges des enfants. Les greffiers. Les avocats. Les avoués. Les notaires. Les huissiers. Les justiciables devenus plaideurs professionnels. Les acteurs non professionnels. Les futurs acteurs professionnels et leurs études.
LA SCENE ET LA MISE EN SCENE
La justice en général. La justice pénale. La justice militaire. La cour d'assises. La justice civile et commerciale. La justice financière. La justice politique. La justice de classe. La procédure en général. La procédure pénale. Le thème du procès important. La mystique de la justice-
LE REPERTOIRE
Le droit en général Le droit naturel. La loi. La doctrine et la jurisprudence. Le droit civil et le droit commercial. Le droit pénal. Le droit public. Le droit fiscal. Evocation d'affaires judiciaires réelles ou de l'actualité législative. Œuvres inspirées par des affaires réelles. Le réalisme. Les farces. Les invraisemblances. Le langage juridique.
Jean- Pol Masson (Chargé de cours honoraire à l’Université Libre de Bruxelles)

Droit et littérature. Novedades bibliográficas. Francia

Antoine Garapon - Denis Salas (sous la direction de), Imaginer la loi. Le droit dans la littérature, Éditions Michalon, Paris. 2008, 304 pp. (collection Le Bien commun) ISBN: 2-84186-425-6
Avec les contributions de: Jean-Denis Bredin, Brigitte Breen, Benoït Chantre, Jean-Noël Dumont, Gérard Gengembre, Gisèle Mathieu-Castellani, Lissa Lincoln, Philippe Malaurie, François Ost, Anne Simonin, Sandra Travers de Faultrier et Richard Weisberg.
[Travaux du colloque organisé à la Cour de Cassation par l’Institut des Hautes Études sur la Justice, l’Association Française pour l’Histoire de la Justice et l’Ecole Nationale de la Magistrature. Paris. 2007]

Extrait de l'introduction d'Antoine Garapon et Denis Salas:
«Droit et Littérature», étrange association. Tout semble en effet séparer ces deux univers : le droit fige le réel, la littérature ouvre les portes de la fiction. D'un côté, le formalisme de la loi et de l'autre la fantaisie de l'imagination. L'une étonne, dérange, surprend ; l'autre rassure et normalise. Comment le «tout est possible» du personnage littéraire pourrait-il donner rendez-vous au «tu ne dois pas» du sujet de droit ? Comment accorder l'abstraction, la règle et l'incarnation du récit ? La généralité du principe et la singularité d'un destin ? La rigidité du prescriptif et la fluidité du descriptif ? Au début du siècle dernier, un juriste américain, John Wigmore, refusa de se résoudre à un tel divorce. Il comprit ce que le caractère austère d'un droit, réduit à une pure technique, avait à gagner à s'allier au tempérament plus gai et plus libre de la littérature. Il dressa alors l'inventaire du trousseau de ce curieux ménage, en recensant les romans susceptibles d'instruire les juristes sur leur propre discipline (legal novels). Une telle audace fut soutenue par certains de ses collègues comme Benjamin Cardozo ou Richard Posner qui cher­chèrent le droit ailleurs que dans les sinistres recueils de jurisprudence. C'est à Richard Weisberg que l'on doit ce nouveau concept de «roman de procédure». Ses controverses avec Posner sur l'interprétation de romans comme Les Frères Karamazov ou Billy Budd sont classiques outre-Atlantique. Pour ces auteurs, le rapprochement entre le droit et la littérature peut s'entendre de trois manières : il peut regrouper tous les domaines du droit qui intéressent la production littéraire (droit d'auteur, délits de presse, liberté d'expression...); c'est le droit de la littérature. Tout autre est l'approche qui considère le droit comme littérature, en analysant la dimension littéraire du texte juridique, point de vue dominant aux Etats-Unis où la common law s'énonce comme un immense récit jurisprudentiel perpétuellement repris, réinterprété et inventé. Il est possible, enfin, de chercher le droit dans la littérature, en se concentrant sur la façon dont la fiction littéraire réfléchit le monde de la justice et du droit. C'est le point de vue adopté dans cet ouvrage qui voudrait apporter son soutien à une voie ouverte depuis peu dans notre pays. Pour ce courant, la littérature recèle sa propre intelligence du droit dont l'intérêt excède la critique littéraire pour concerner également les juristes. La littérature crée des personnages qui donnent au droit figure humaine. La conscience juridique du commun des mortels ne se forge pas dans la consultation des manuels de droit mais dans la lecture d'ouvrages en apparence bien peu juridiques. Comme les contes qu'on lit à un enfant, qui sont tous des récits de justice, ou encore les bandes dessinées et, bien sûr, les romans. C'est aussi dans ces genres non juridiques qu'il faut chercher la vie des normes. Mais, répondra-t-on, quoi de commun entre cette littérature profane et les textes de droit ? Tous deux sont sujets à interprétation. La rencontre entre juristes et littéraires, confrontés à la recherche du sens des textes, se fait sous les auspices de cette discipline commune. Quelle image du monde du droit donnent un Balzac, un Gide voire un Sade ? Le monde de Balzac est héritier du Code civil; La Comédie humaine n'épargne pas les juristes : elle est peuplée de notaires, de juges et d'avocats. On y trouve aussi des figues du sujet de droit comme les héritiers dans Ursule Mirouët, l'absent dans Le Colonel Chabert, le failli dans César Birotteau. Le miroir que tend cette oeuvre nous renvoie les éclats des nouveaux statuts de la société bourgeoise, comme ses ombres. Le roman balzacien dévoile un monde des intérêts et du crime : «Envers de la police, avant d'en être l'endroit, il illustre la symétrie entre deux mondes ténébreux, celui du crime, celui de la police».



Antoine Garapon et Denis Salas sont magistrats. Ils ont publié Les Nouvelles Sorcières de Salem : leçon d'Outreau (Seuil 2006).