Saturday, February 19, 2011

Los libros y el fuego. Variaciones sobre un mismo tema (II), y otros hallazgos

"Los que queman los libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder de indeterminado de los libros es incalculable”. Así inicia un texto de Georges Steiner, fechado en Turín el año 2000, e incluido en la recopilación que lleva por título el de Logócratas. La frase siguiente, sobre “indeterminación”, la suscribiría Umberto Eco, al menos el de Opera aperta. No sé si así lo perseguía Steiner. En cualquier caso tampoco sería éste el tema. Lo es el fuego aplicado a los libros, y sus variantes. Entre las clásicas, es decir, la del punto de ignición directo e irrevocable, puede hallar el lector más noticias en dos capítulos (“Libros en llamas” y “Bibliotecas en llamas”) de La Biblioteca de los libros perdidos, de Alexander Pechmann. Las variaciones alcanzan asimismo a la destrucción de manuscritos, que tampoco se ahorra del fuego como procedimiento. El resto de la obra es también enteramente recomendable.




Alexander PechmannLa Biblioteca de los libros perdidostrad. de Juan José del Solar
Edhasa (Col. Diamante), 2011, 252 pp.
ISBN-13: 978-8435065153


¿Existe una biblioteca de los libros que nunca han sido? ¿Dónde están todas esas obras que nunca llegaremos a leer? Alexander Pechmann rescata en esta fascinante recopilación una serie de obras que, por accidente o por casualidad, a propósito o por descuido, a causa de la locura o de la ira, se perdieron o fueron destruidas. En esta imaginaria Biblioteca de los Libros Perdidos se nos desvelan los secretos y los destinos de obras de muchos grandes autores, desde Dostoyevski hasta Hemingway, de Safo de Lesbos a Flaubert, de Mérimée a Thomas Mann. Con una prosa llena de humor, bien surtida de anécdotas, Pechmann nos guía por el oculto mundo de libros cuya existencia no podíamos ni imaginar.
Alexander Pechmann (1968), escritor, editor y traductor que estudió Sociología y Psicología. Ha escrito las biografías de Herman Melville (Boehlau Verlag, 2003, ISBN-13: 978-3205770916) y Mary Shelley (Artemis & Winkler Verlag, 2006, ISBN-13: 978-3538072398), Tiene igualmente un libro de anécdotas literarias: Das Hans des Bücherdiebes (Achilla-Presse 2010. ISBN-13: 978-3928398732).
A este hallazgo, no obstante han seguido otros, quizá por coincidencia. En realidad, por coincidencia.
Está primero la de títulos (y temática de fuego), entre la obra de Pechmann y la de Stuart Kelly (La bibloteca de los libros perdidos, trad. de Marta Pino Moreno y Miguel Candel, Ediciones Paidós Ibérica, S.A., Barcelona, 2007, 392 pp. ISBN-13: 9788449319853).

La referencia editorial dice de ella lo siguiente: “Peculiar e ingenioso, este libro es una curiosa mezcla de novela policíaca, ensayo histórico e informe, la primera guía sobre lo que pudo haber sido y no fue en la literatura. Con una prosa atractiva y sugerente, el autor nos describe con detalle, desde los tiempos de las pinturas rupestres hasta finales del siglo XX, las fascinantes obras perdidas de grandes autores célebres: Heracles, el escenógrafo de Aristófanes fue una de las comedias perdidas del dramaturgo; Trabajos de amor ganados fue tal vez una continuación de Trabajos de amor perdidos, obra de Shakespeare, ¿o era quizá un título alternativo de La fierecilla domada?; la novela inconclusa de Jane Austen titulada Sandition era una crítica a la hipocondría y los tratamientos médicos recibidos cuando la autora estaba gravemente enferma; Nikolai Gogol quemó la segunda mitad de Almas muertas después de una conversión religiosa que lo convenció de que la literatura era paganismo; algunas de las mil páginas del manuscrito de El almuerzo desnudo de William Burroughs* fueron robadas y vendidas por unos granujas; el viudo de Sylvia Plath, Ted Hughes, aseguró que las 130 páginas de la segunda novela de su esposa, tal vez inspiradas en su matrimonio, se perdieron tras la muerte de la autora. Estos eslabones destruidos (el retrato de Sócrates en las Fábulas de Esopo), extraviados (Ultramarino, de Malcolm Lowry, obra que alguien sustrajo del coche del editor), inconclusos por la muerte del autor (La presa de Hermiston de Robert Louis Stevenson) o nunca iniciados (Habla, América de Vladimir Nabokov, segundo volumen de sus memorias) constituyen sin duda la historia de la literatura en un mundo paralelo. En definitiva, La biblioteca de los libros perdidos es en sí un formidable hallazgo”.
* No tardaré mucho en abordar desde este blog algo relativo a El almuerzo al desnudo, de Burroughs.
Stuart Kelly, que no obstante ha congregado pocos lectores en España, estudió lengua y literatura inglesa en Oxford y trabaja la crítica literaria para el Scotland on Sunday, de Edimburgo. En esa ciudad vive. También en ella las palomas de “rojas patas” de que un día habló Oscar Wilde. Hermosa ciudad Edimburgo. Hermosas asimismo aquéllas palomas, que hoy me represento de buche victoriano. Edimburgo, ciudad emtre las más literarias de Europa. Ecuestre, la domina Walter Schott.

Otra coincidencia sigue. Procede esta vez de las portadas. La del libro de Pechmann por edición de Edhasa, en tela editorial, se ilustra con una cuadrícula en libros torreados. Sobria. Más torreada, a modo de verneano faro de fin del mundo, se presenta la alemana original: Die Bibliothek der verlorenen Bücher (Aufbau Verlag, Berlin, 2007, 228 pp. ISBN 978-3-351-02650-9),

que a su vez hallo coincidente -plus ultra asuntos de librescas devociones- con la estadounidense, y barcelonesa, de Lewis Buzbee en The Yellow-Lighted Bookshop. A Memoir, a History (Grayfoll Press, Saint Paul. Minn., 2006, 216 pp. ISBN-13: 9781555975104) o Una vida entre libros. Memorias de un amante de la palabra escrita (trad. de Santiago del Rey, Tempus Editorial Grupo Roca, Barcelona, 2008, 192 pp. ISBN-13: 9788493618148), plenamente recomendable.


Copio aquí la referencia editorial:
Lewis Buzbee (1957), ex librero y comercial de ventas en el sector, "comparte en esta narración -se dice en la presentación edorial- su pasión por el libro en todos sus aspectos: desde el placer de recorrer las librerías sin prisa, atentos a los cientos de promesas que esconden en cada uno de sus estantes y expositores, pasando por el gusto de abrir un ejemplar nuevo y sentir sus páginas olorosas y crujientes, a la felicidad de pasar una tarde en una butaca dejándonos llevar por la magia de las palabras. Asimismo, Una vida entre libros es un recorrido por la historia del objeto y por los lugares emblemáticos que han contenido libros: la biblioteca de Alejandría, la tienda parisiense Shakespeare & Co, y la misma ciudad de París, paraíso de las librerías; sin olvidar la importancia de los cafés, lugares literarios por antonomasia. Un recorrido sentimental por la historia del libro y por la vida de un amante de las palabras, que no olvida una profunda reflexión acerca del futuro de un objeto sencillo pero fundamental en el avance de la humanidad".

Personalmente, se me hace más farero Buzbee que Pechmann. El oficio de este último es más común, el otro es de los que están al borde del mundo; y, además, yo siempre ha imaginado la luz de un (buen) librero como el salvador haz luminoso en mitad del mar nocturno de tantos días. Vivo en una ciudad que tiene faro femenino, La Farola de Málaga, y pienso en el especial agradecimiento que debo a varias libreras: Luisa, Mónica…



Pero ya termino, acaso muy poco alejado de donde inicié, esto es, nuevamente con Pechmann. Lo hago desde la oportunidad que me presta Enrique Vila-Matas, la luciérnaga de esta hora de las letras españolas, con tan apagadas candelarias de otros tiempos. Y reproduzo su escrito a propósito de La Biblioteca de los libros perdidos, que me enganchó de mis entretelas borgeanas.
J. C. G.

La vida es seria, por Enrique Vila-Matas
La frase dice: "basta que un libro sea posible para que exista". La encontramos en La Biblioteca de Babel, relato en el que, según algunos, Borges anticipó Internet. Qué pena, por cierto, que nos falte el comentario irónico que habría dado Borges de haberse enterado de que fue un visionario que prefiguró la Red.
La frase borgiana abre La Biblioteca de los libros perdidos, de Alexander Pechmann, que llega ahora a nuestro país en traducción de Juan José del Solar. El divertido libro rescata una serie de obras que por muy diversos motivos, a causa, por ejemplo, de la locura o de la ira (Balzac quemando un manuscrito solo para fastidiar a su mezquino editor), se perdieron o fueron destruidas. Es un libro divertido, quizás porque conecta con el espíritu de "la vida es seria, el arte es alegre", variante que Schiller imaginó para un célebre lema sobre la vida breve y el arte largo.
El libro opta por el arte alegre, y sus páginas huyen de las máscaras de la solemnidad que tanto aterraban a Laurence Sterne, para quien la misma esencia de la seriedad era la maquinación, y en consecuencia, el engaño. El mismo Sterne aparece riendo en el capítulo de los libros falsos que surgen de textos perdidos. Cuando Sterne murió, su mojigato cuñado destruyó sus papeles y solo quedaron unos textos que también se perdieron, pero que reaparecieron años después en forma de memorias. El volumen autobiográfico siempre pareció falso, lo que a un amante del arte alegre como Sterne seguramente le habría divertido. ¿O no le faltan intencionadamente páginas a su Tristram Shandy?
He llegado hasta este discreto libro de Pechmann -puntuado por manuscritos póstumos o destruidos, memorias falsas, autores sin obra y libros que nunca fueron escritos- gracias a Robert Derain, buen amigo de mi amigo Jordi Llovet. Como si de un texto perdido de Sterne se tratara, Derain ha reaparecido después de pasar varios años en paradero desconocido. Me llamó y, tras recomendarme el libro, comentó que nuestro país le parece un camarote abarrotado de narradores que escriben como si toda la literatura desde Madame Bovary hubiese sido abolida. Considera, además, que con la próxima llegada al poder de la extrema derecha estas actitudes conservadoras se agrandarán. Habrá una época de sequía y se perderán muchos libros que, en un clima de más alto espíritu, habrían podido surgir. La vida se volverá más seria, dice. Quizás también por eso ha querido recomendarme esta suma de páginas extraviadas que podrá alegrarme en épocas que se prevén peores.
No es un libro precisamente completo, pero es lógico que así sea porque el material es interminable y el texto es breve. Falta, por ejemplo, en el capítulo de "los autores sin obra" una mención a Artistes sans oeuvres. I would prefer not to, de Jean-Yves Jouannais, libro sobre creadores que optaron por realizar obras para sí mismos en lugar de hacerlas para la lógica industrial y que cuenta entre sus héroes a Félicien Marboeuf. Nombrado "mejor escritor (no habiendo escrito nada)" de Glooscap, la ciudad del arquitecto Bublex, Marboeuf fue una especie de Pepín Bello, que tampoco aparece, por cierto, en el libro de Pechmann. Quien sí está es el empleado bancario Ernst Polak, un vienés que inspiró a Kafka un personaje de El castillo y que no escribió nunca nada propio, pero coleccionaba citas, como si toda su existencia estuviera contenida en esa colección de frases que, según todos los indicios, se ha perdido.
Si un capítulo me ha atraído especialmente, este es el de los manuscritos destruidos. Entre otras escenas, encontramos a Joyce queriendo quemar escritos en una chimenea, cayendo pues en la vulgaridad de tantos. He tomado muchas notas de lectura, pero las he destruido, quizás para poder recomendar con más autoridad este libro sobre páginas que nunca han sido y que, solo a primera vista, parece completo.
Publicado en El País (Madrid), ed. de 15/02/2011
Fuente: http://www.elpais.com/articulo/cultura/vida/seria/elpepucul/20110215elpepicul_7/

2 comments:

Francisco said...

He disfrutado mucho con esta entrada.

Otro libro que cabe citarse podría ser: "Historia universal de la destrucción de libros",de Fernando Báez, que en los próximos meses tendrá una continuación.

Agradece Ud. el trabajo de algunas libreras y las califica como "salvador haz luminoso en mitad del mar nocturno de tantos días".

Yo también quiero agradecerle, en no poca medida, que me haya descubierto muchos autores y libros que me eran del todo desconocidos.

IURISDITIO said...

No hay por qué agradecer. Es para mi un placer compartir conocimientos, y hacerlos crecer con la mutua ayuda. Tendré presente el libro de Báez. Saludos.