Monday, February 28, 2011

Sobre laberintos, libros en llamas, y Parma en el recuerdo


Enis Batur
Las bibliotecas de Dédalo
Prólogo de Alberto Manguel
Trad. de Rafael Carpintero
Errata naturae, Madrid, 2009, 96 pp.


En la obra de Borges figuran espejos, laberintos y tambien incendios. Las llamas de éstos, como en Las ruinas circulares, devoran sueños, o libros, si la lectura es Los teólogos. Las bibliotecas -en realidad La Biblioteca elevada a categoría- se encuentran en sus cuentos, mezcladas con espejos, laberintos y también quemas alguna vez purificadoras. Viene al caso la memoración por motivo del gemelar prólogo borgiano de Alberto Manguel, donde aparecen librerías y arquetipos, y asimismo de saber que anaqueles y libros que formaron la biblioteca de Batur perecieron en una ávida combustión. El fuego es insaciable. El fuego es otra forma del incesante laberinto; no su evasiva. El fuego es pesadilla, como la maraña de un lugar pensado para el extravío. Sólo “el libro de arena” –intuyó Borges en su luminosa ceguera- es verdaderamente incombustible.
Batur publicó este pequeño libro en la editorial Sel Yayıncılık/Deneme de Istambul el año 2005. Lo tradujo del turco el 2008 François Skor, y fue impreso en Saint-Pourçain-sur-Sioule editándolo Bleu Autour. Mantuvo esta edición el prólogo de Manguel, aunque cambió en parte el título original (Kütüphane. 'bir Başka Labirent Öyküsü'; La biblioteca. Historia de otro laberinto) llevando a la cubierta D'une bibliothèque l'autre, en apariencia menos laberíntico, más sucesivo.


La línea recta, no obstante, también puede convertirse en un laberinto; “Yo sé de un laberinto griego que es una línea recta”, previno Erik Lönnrot en La muerte y la brújula. Si en esa línea se habían perdido filósofos y detectives, con cuánto más mérito bibliófilos.
Al laberinto, a Dédalo, regresamos desde el título de la edición española. En verdad, de una a otra biblioteca, sí, para recorrer la línea que hace tránsito de la biblioteca de Alejandría a la de Sarajevo; de la biblioteca personal Batur, consumida en fuego, a la luego recreada con minuciosidad forense y a veces con pusiones casi delirantes; de los 80.000 volúmenes de la asombrosa (y magnética) biblioteca Warburg a la de un hotel cualquiera en la árida costa del norte de Turquía; de la especular (o conjetural) borgeana a la biblioteca formada en un piso alquilado por un desconocido, que aquí es como el sinónimo más recóndito de la palabra infinito, o de nada.
En esos viajes -geografía libresca- hay testimonio de amor a los libros y a no pocos de sus hacedores; a clasicos como Petrarca, al islamólogo Louis Massignon, a Octavio Paz, de quien vale ahora citar El fuego de cada día y, en especial, su poema “La centella”, y a otros.
También de esos viajes he recuperado algo personal, que ahora me permito; un exceso, con seguridad. La Biblioteca Palatina de Parma, en el Palazzo della Pilotta, que visité una tarde de enero del 2000. Había sido fundada por un Borbón, y dilatada y engrandecida por María Luisa de Borbón-Parma.


No se me ha disipado aún la admiración de aquella tarde farmesiana. Los anaqueles, dorados por encuadernaciones cuajadas, disminuyendo en tamaño hasta lo más alto, allí abarotados de volúmenes en 8º. Todo para favorecer la perspectiva vertical ad infinitum.


Esa distancia, pero en horizontal, creo que la recorrí en una de las galerías a las que por entonces aún no se permitía el acceso. Fue habilidad del cicerone permitirlo. A lo largo de un corredor que a tramos iban iluminando, y donde emergían de la oscuridad y en continuum frisos con libros y más libros, y más frisos con más libros y más libros, recibí la impresión del infinito como laberinto rectilíneo. Al fondo reposaba férrea, estática y sólida, una enorme prensa; quizá la transfiguración del Minotauro. Algunos relieves develaban adornos de dragones.


A la salida me mostraron impresos de Bodoni -límpido, esbelto- en la Sala Dante; una sala de lectura frecuentada por los universitarios de la ciudad. La Biblioteca Palatina de Parma es una biblioteca pública que éstos aprovechan. Parma ciudad -elegante, muy chic- es tímida en instalaciones para estudiantes, situadas más bien en el extrarradio. Las carreras técnicas están allí. Giurisprudenza permanece en el caso antiguo.
En la noche asistí a una representación de Wagner en italiano –singular rareza- programada en el Teatro Ducale.
Era el Wagner de Lohengrin, con el Caballero del Cisne, tan jurídico… En el palco me acompañaba el Prof. Gianluigi Palombella, buen entendido; sotto voce ninguno de ambos evitamos algún comentario sobre el intérprete, a quien la "apretura" del atrezzo traicionaba más que la voluntad representativa. Es inútil conjurarse frente libreto; norma di vita.
Al intermezzo hubo champagne helado, y prosciutto local.
Siendo madrugada pasee por Strada della Repubblica hasta la Piazza homónima, para tomar un chiocolatte. Algunos metros más allá una calle desemboca en Duomo (Strada Al Duomo), y de allí a poco… el Baptisterio. Es preferible contemplarlo al amanecer: "un corpo rosa che respira".
Y algo todavía más recomendable. Nunca leer al Sthendal de La Certosa di Parma en un viaje así. En cualquiera otro evitarlo también, si fuera posible. Manías ...

J. C. G.

4 comments:

Francisco said...

El encuentro y el descubrimiento de la Biblioteca Palatina de Parma que describe despierta sana envidia.


Le dejo unos versos de un amante de los libros:

"Mis libros (que no saben que yo existo)
son tan parte de mí como este rostro
de sienes grises y de grises ojos
que vanamente busco en los cristales
y que recorro con mano cóncava.
No sin alguna lógica amargura
pienso que las palabras esenciales
que me expresan están en esas hojas
que no saben quién soy, no en las que he escrito.
Mejor así. Las voces de los muertos
me dirán para siempre."

De La Rosa Profunda.

IURISDITIO said...

Francisco, acabará Vd. siendo más borgeano que yo mismo.
Y si tiene oportunidad, visite Parma alguna vez. Su Teatro Regio es interesantísimo. El Parco Ducale, con la fuente del fondo helada los meses de enero. Un mercadillo de "antiguedades" los miércoles o quizá el jueves, no recuerdo ya. Los barrios que hicieron frente al avance del fascismo en lso años 20. El "trole" tan ecológico ahora. Hermosas italianas subidas a bicicletas, con abrigos de pieles. Juveniles vinotecas, llenas de gente conversadora. Toda la ciudad, una pequeña ciudad, llena de encantos...
Creo que había vuelos directos desde Valencia. Vía Milan suelen ser caros. Aproveche si tiene ocasión.
Y gracias por "postear"

Francisco said...

Acabo de leer "Las bibliotecas de Dédalo" y he disfrutado mucho. Varios temas llaman la atención. La relación entre libros y fuego es uno de ellos, y Batur lo describe muy bien.

En la página 72 hay otro tema que es fascinante. Sobre la naturaleza de la biblioteca.

Dice así el último párrafo:
"Cassier comprendió que la biblioteca Warburg era “un laberinto”. O huyen de él, o serán sus prisioneros durante años. Nunca se me había ocurrido pensar seriamente que una buena biblioteca pudiera ser cualquier otra cosa.”

IURISDITIO said...

Gracias, Francisco, por su nuevo post. En efecto, una biblioteca puede ser un laberinto. Un libro conduce a otro que conduce a otros, en una sucesión lineal o abriendo itinerarios arborecentes.
Don Alonso extravió la razón en el laberinto de novelas de caballerías que reunió por biblioteca. El cura y barbero hicieron escritinio -salvaron el Amadís y también la de Tirante- entregando al fuego la mayor parte de aquel panal de locuras. Pero igualmente el laberinto puede ser exterior, externo, y la entrada a una librería su salida.
Saludos